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Dichosa desdicha

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23/1/09

¡Joder! La pesada alarma suena ya por quinta vez esta mañana. Será insistente… No hay modo de despertarse; fuera, una suave corriente de aire helado se restriega contra la ventana, haciendo llegar un débil zumbido a mis oídos; es el intenso frío que intenta traspasar mis protectoras paredes. Ni de coña, me digo. Levanto la cabeza para atestiguar lo que ya sé; por entre las cortinas recién estrenadas puedo intuir la oscuridad que inunda la ciudad, que se mantiene calma y silenciosa, aparentemente inamovible. Constato que aún es de noche…no puede ser verdad. Suspiro. La conciencia de la inevitable decisión de levantarme es tremendamente frustrante. Cubro mi cuerpo entero con el edredón -como si con ello fuera a desaparecer la maldita obligación- y cierro los ojos con fuerza, intentando olvidarlo todo. Por mi cabeza la idea de no acudir al trabajo se me antoja una salvación. Hoy no. Les diré que estoy enfermo. Que la lluvia caló en mis huesos y dio paso a un colosal resfriado. Hay una plaga de no se qué. Me lo invento, da igual. Últimamente hay plagas de todo tipo ¿verdad? Será fácil y tampoco es nada grave. Suplicaré si es necesario. Total, de todos modos si termino por ir al trabajo no pienso hacer absolutamente nada. Me limitaré a sentarme delante del ordenador y matar el tiempo en internet hasta las seis… O hasta que el tiempo acabe conmigo. Y otra vez: ¡Joder! Hasta las seis… Eso acaba por ponerme de mala leche. Parece imposible que tenga que pasar por esto. No termino de acostumbrarme; en días como hoy, lo mandaría todo a la mierda.

La imagen del andén abarrotado no mejora las perspectivas. Sorteo un grupo heterogéneo de cabezas protegidas por gorros de lana, ojos soñolientos y miradas perdidas. Siento que soy una bola de billar antinatural, intentando no darme con nadie y evitando que caigan en el supuesto agujero. Si… se me ocurre lo fatal que puede llegar a ser caerse en el agujero de una mesa como ésta. Así que la finalidad del juego es no meter a nadie en ningún lugar, sino meterte tú entre esos lugares, sin tampoco caerte en el agujero.

Con no pocas fintas de hombros, logro sortearles a todos y abrir el libro ya en mi posición habitual: apoyado en uno de los arcos que impidieron hasta el día de hoy que la negra y sucia bóveda se viniera abajo. Esperando el tren, como cada mañana, a pesar de intuir algo distinto en el ambiente, convencido de abstraerme en la lectura.

No puedo más que leer un par de frases de Fante subsistiendo a base de naranjas guardadas debajo de la cama, lo que hace que tome un poco de distancia ante mi aparente desdicha y empiece a sentirme mejor, cuando oigo el inconfundible zumbido del tren al aproximarse, mucho más penetrante e intenso que el viento intentando entrar a través de mis paredes. Todo se sucede despacio, preciso y diáfano al mismo tiempo; los cristales y las caras incrustadas a ellos escenifican la tragedia de este lunes. Ojos tristes y fatigados por un sufrimiento cruel e injusto ¡a las ocho de la mañana! O precisamente por ello. Da igual, parece que me lo dejan claro: ¿no pretenderás entrar? ¿No querrás entrar? Ya ves como vamos, no merece la pena pasar por esto. Momentáneamente percibo un grito ahogado de suplica, puede que incluso se arrodillaran…si pudiesen. Pero es imposible insistir más: el vagón se detiene. Entonces, como si de hordas de orcos tolkianos se tratara, empeñados en alcanzar como sea el objetivo por el que fueron creados, una avalancha de seres adormecidos se amontona exasperada ante las puertas de los vagones, con el único propósito de meterse dentro ¡De meterse ahí! Ya no hay esperanza, me digo incrédulo. La frustración me lleva a pensar en una alternativa. Las puertas se abren y lenta pero inexorablemente empiezan a moverse. Como representante singular de esta calaña, descarto cualquier otro modo de llegar al trabajo. Soy de los primeros en asaltar la fortaleza. Consigo entrar, más por la presión que siento detrás de mi que no por el espacio en el interior, muy por encima del límite de lo soportable. Mi voluntad deja de pertenecerme en este preciso instante, pero una extraña sensación de éxito me seduce. En cambio, la idea de seguir leyendo abandona súbitamente mi razón. Ni por asomo me atrevería. ¡Loco! parece que dice. Podríamos levantar los brazos y mirar hacia arriba, le propongo tímidamente…, pero como casi siempre, la razón acaba venciendo, así que olvido la idea y decido dejarme llevar por la voluntad colectiva que me guía hasta el interior de la máquina diabólica, calefactor humano, gimnasio matinal y forzoso, territorio de sufridos trabajadores trajeados, mártires del engranaje mundial, abandonándome al pensamiento de la desdicha en que nos vemos atrapados en este maldito mundo surreal… mientras por detrás siguen empujándome con fuerza y desdén.

Me dedico a hacer lo único que soy capaz de hacer: pensar. Pienso en lo extraños y desvirtuados de interacción que son los viajes en metro. En el fondo, no llegar a comprenderlo del todo despierta mi interés, así que sigo destrozado por la situación que me envuelve, poéticamente destrozado, y dándole vueltas al asunto. La conclusión a medio recorrido deriva en un par de hits comunicativos ahí abajo: las abuelas pretendiendo quitarme el sitio y los niños llorones. Poco más. Por las noches, en esas etílicas madrugadas, a la gente no le importa tanto mirarse ni examinarse; arman lío, gritan y escupen en el suelo. Entonces si se interactúa. De día eso solo sucede en estados de ánimo alterados o en situaciones extremas. Puedes ver la diferencia un sábado a las siete de la mañana: los borrachos mezclados con los soñolientos y madrugadores currantes. Lo he vivido como ambos y puedo asegurar que los que se ríen es porqué lo pasan bien y los que no, esos están deseando estrangular a los otros. A pesar de todo ello, mirando por encima del mar de cabezas anónimas soy consciente que encontrarse circulando a ochenta por hora a veinte metros de profundidad bajo ríos, cloacas u restos de especies extinguidas, ante esas enormes ventanas con excelentes vistas a la nada no ayuda mucho a fomentar las relaciones humanas, que digamos. La mayoría de veces, como hoy, se trata de una experiencia frustrante, en la cual la mejor parte consiste en toparse de nuevo con el tráfico y sus asfixiantes gases. Por otra parte, el contacto físico con los demás es una constante, incluso desagradable; gente maloliente, esos barrotes sudados… Pero hay días en que puede que delante de tí –por divino capricho de la voluntad colectiva-, topes con alguna bella mujer, la mujer de tus sueños incluso. Y puede que llegues a intercambiarte miradas, fantasear un rato con ella, aumentando a cada momento la sensación de que realmente si: es la mujer de tus sueños ¡es ella! La que todos andamos buscando. De paso el trayecto puede que se te haga más llevadero. Sin embargo, muy a pesar de la infinidad de ocasiones en que eso me ocurrió, eso es, reconozcámoslo, nada menos que poco probable. Más si tenemos en cuenta un lunes por la mañana como éste, en el que los astros montaron tal cristo encima del cielo nublado de la puta ciudad que ni un congreso de maestros del vudú practicando la última versión del hechizo especial sería capaz de arreglarlo. Lo más probable es tener que tragarte, literalmente, el abrigo del tipo casposo de aquí delante, de calva en avanzadilla, con todo su poco amor propio y desprestigiada responsabilidad higiénica.

En esas que, con la vista pegada en el sucio abrigo, llegamos a la siguiente estación, Hostafrancs, y curiosamente las caras de los que esperan en el andén, atónitas, me resultan familiares. Sería estúpido preguntarme cuál es la mía ¿verdad? La incredulidad crece exponencialmente: Dios, si existes, gracias por ponerme en todas las situaciones posibles para de ese modo aprender a odiar a todos en su justa medida. El tren no puede absorber a nadie más, estoy convencido de ello; lo siento chicos, deberéis esperar al siguiente, creo que hubo algún problema con el anterior. Sé que tenéis prisa por llegar pero ya veis como está esto… Sorprendentemente tal evidencia no lo es para todos y la otra voluntad consigue sobreponerse a la nuestra, que no pretendía ceder ni un milímetro. A base de empujones y actitudes que buscan de nuestra compasión, terminan por conseguirlo. No fue buena idea. A los pocos segundos, una voz femenina sin ojos ni nariz ni orejas rompe ese silencio que impera en esos momentos de dolor y sufrimiento y que ahora nos hace más soportable la tortura: Muévete para dentro, niño, que no me dejas espacio. Ordena ella. Señora ¿de qué espacio me habla? ¿No ve que estamos todos aquí apretados? Le replica resignado el chaval, al que si puedo dibujar una cara de mierda resignada ¡¡Ay!! por favor, y ¿qué pretendes? ¿Que me quede atrapada en la puerta? si no te gusta esto cógete un taxi. Joder con la vieja… ya la tuvo que soltar. Como si tuviéramos tantas alternativas. Eso me molesta y también me hace pensar. La idea de un taxi en la puerta de mi casa aguardándome con la calefacción en marcha dulcifica por un instante la asfixiante realidad, desapareciendo súbitamente al encontrarme de nuevo esos hombros cubiertos de motitas blancas ¡Qué horror! No puedo leer y ahora no puedo ni ir en taxi al trabajo. Menuda manera de empezar la semana. Los astros ahora si parece que acordaron en joderme la mañana. En jodérnosla a todos.

Ya en la oficina nada parece mejorar. Era de esperar. Esa agenda que no tiene más uso que el de bloc de notas lleva unos días atrasada. La observo en su esquina, al lado de la pantalla, pulcra, sin anotación alguna. Un lugar destacado. Aunque recuerde la mayoría de citas y por tanto no es para nada necesaria, siempre quise tener una. Contemplo las impolutas hojas. Miro el reloj en la esquina inferior de la pantalla. Vuelvo la vista de nuevo hacia la agenda, resignado por el lento transcurrir del tiempo. Entonces me fijo en un detalle de la agenda, y es que en una de sus esquinas hay un dibujo del sol amaneciendo y otro atardeciendo. Justo al lado, la hora en que sale el sol este día: las ocho y diecisiete. Y en que se pone: las cinco cuarenta y siete. Muchas gracias por la información, agenda. Ya fuiste útil hoy. Una suave pero helada brisa me resopla en el cogote. La piel se tensa y los pelos se me erizan. Alguien abrió la puerta del patio y dejó entrar el tan poco valorado frío invernal, lo que suma un poco más de odio a todo lo acumulado. Apoyo los codos en la mesa apoyándome encima de mis manos y cierro por un momento los ojos. Entonces pienso que entro a trabajar cuando el sol apenas hizo acto de presencia y me largo unos minutos después de que el gran Astro nos abandone a nuestra suerte. Opto por ser práctico y conservar un poco de amor propio; tomo una real pero al mismo tiempo angustiante conciencia de la importancia de la electricidad. Intento recuperar el calor tapándome el cuello y abrochándome el jersey, pero al voltear la cabeza en busca de algo de luz natural recuerdo que no, que en esta minúscula y mal ventilada sala, con sus retratos nigrománticos y pequeños mausoleos retóricos no entra un ápice de luz solar. Si, la electricidad permite la desnaturalización, la pérdida continua del contacto con el mundo exterior, de los hechos naturales, y permite cosas extrañas, increíblemente sutiles, como aterrarnos ante la leve insinuación de oscuridad. Todo va a peor. No hay escapatoria.

En mis últimos minutos postrado en esta silla soy como un vampiro que, ansioso ya por salir a por una ración de fresca y sedante recompensa, aguarda impaciente la hora en que el sol se retire. Metido en mi ataúd, las horas pasan despacio, cual conjura del Tiempo privándome de la redención. Hay días realmente prescindibles. Los lunes directamente no deberían existir. Más bien la obligación de que existan debería ser opcional; levantarnos sin apetito, ducharnos para combatir el sueño, meternos en latas rodantes para sentarnos un tercio o más de ese repugnante día a esperar que las horas simplemente pasen lo más rápido posible. Qué mal te lo montas.

Con la convicción que las seis de la tarde ayudaran a evitar el desastre anunciado, soy capaz de enfrascarme en la misión de intentar ver a un amigo, muy a pesar que los dos sabemos que no queremos vernos. Es esa contradictoria obligación de tener que hacerlo que nos empuja a ello. Quizá la falta de coordinación de los últimos días influyera inconscientemente en mi fantástico día. Nada más lejos que la realidad: que si quiero ir a cenar con él y algunos de sus amigos, que si quiere venirse al cine… No nos veremos ya, quizá en mucho tiempo. Así que me meto en el cine.

Brillante idea ¿aún esperanzado por salvar algo? Pues una buena dosis de surrealismo e inconexión literaria te convencerán de lo contrario. Los primeros diez minutos versan sobre la necesidad de mantenerse despierto o sucumbir al agotamiento y desalentador inicio del filme. Después, todo lo que me llega son mensajes confusos sobre ¡curioso! el competitivo mundo de las relaciones empresariales, la selección de personal y el supuesto pasado de unos oligarcas de multinacionales con el nazismo. Demasiado para hoy ¡Demasiado para nunca! Solo unas seis personas me acompañan en la sala. Me doy definitivamente por vencido, así que la vuelta a casa es silenciosa, a paso lento y con una profunda melancolía envolviendo todos y cada uno de mis pensamientos. Entonces una fina lluvia empieza por humedecer mi pelo, lo que añade un punto de dramatismo a la escena. Pronto se convierte en un diluvio despiadado.

Llego a casa jadeando por la carrera. Chorreando por los cuatro costados ¡Oh, por fin! Refugio de tristezas y baúl de las más profundas penas: gracias por encontrarte aquí, sin sobresaltos, sin sorpresas, en tu lugar. Gracias por ofrecerme la más sublime protección, la del ciego y gran redentor, tu que sabes guardar mis mayores secretos, cobijarme y secarme las lágrimas de dolor en un día como hoy.

Me dejo caer en la cama. Sin embargo, soy incapaz de conciliar el sueño; mi mente repasa todo lo que aconteció durante un buen rato hasta llegar a la ambigua conclusión que nada ocurre en vano.

Lo descubro al día siguiente mientras me levanto sobresaltado por culpa de los destellos del sol penetrando por la ventana. Es una luz blanca y potente gracias a las nuevas cortinas. Llegaré tarde al trabajo y no me importa; solo entonces puedo entenderlo. Irremediablemente me abalanzo a escribirlo todo. Es martes. El día después. El ciclo empieza de nuevo. Para mí: martes de resurrección. Y para que así sea, toda esa mierda debe de ocurrir un lunes. Eso es.

Semlali Ahmed

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10/12/08

Entro por la puerta y la tenue luz del comedor me susurra que alguien ya está allí. Por lo menos la estufa estará ya encendida, pienso. Es una suerte cuando alguien lo hizo por mí y ya no tengo que calentar el comedor. Otras veces, un firme deseo de ser el primero en entrar y que la casa esté vacía se apodera de mi justo en el momento de hacer girar la llave, sentir el gruñir de la puerta al abrirse y dar el primer paso. Si luego no es así, una pequeña contracción de desasosiego cerebral me hace odiar a esa o esas personas durante un instante, para dar paso inmediatamente a un sentimiento de desprecio hacia mi persona por desear aquello, o encerrarme en mi habitación durante un tiempo prudencial –unos minutos, unos días-, incapaz de otorgarles el perdón por ello. La sensación siempre me ha resultado extraña, intuyo que lo que ocurre los otros días, en los que voy despertando el lugar de su paciente sueño; enciendo algunas luces, caliento el comedor, hago sonar un poco de Mehldau… y la sensación que a ello asocio: hacerme dueño de la casa, el único que mande sus servicios (consciente de sus limitaciones), estar disfrutando sus ternuras ni que sea por un espacio finito de tiempo, tiene gran parte de culpa en que me sienta así. El caso, sin embargo, no es que a pesar de la leve contracción de mi cerebro hoy el comedor ya está subyugado a los designios de otro, más bien viene luego, después de sacar el teléfono de la cazadora y colgarla -con las llaves en el bolsillo (rutina recientemente adquirida)-, y fijarme en un par de cartas encima la barra en la que me gusta desayunar y prácticamente nada más. La otra quiere que active no sé qué tarjeta de crédito (bueno sí sé, pero eso otro día). La contracción aún no desaparece. Entonces el marrón del sobre y la irregularidad de mi nombre y dirección escrito en él me están diciendo que es una carta diferente, cuando resulta que esta trae consigo todo un mundo mágico incrustado.

Ahmed me escribe desde Marruecos. En el sobre hay una postal de Asilah envuelta en una cuartilla pautada que empieza con “único dios”, firmada del diecisiete de noviembre. Entre otras cosas me habla de usted en un español rudimentario, que se entremezcla con el francés. También sus hermanas, Amina y Touria, me mandan saludos. Termina con el deseo de que cuando vuelva a Marruecos le llame. Formalmente tiene poco contenido. En realidad dice mucho más...contiene toda una eternidad de razones.

Hablo de cartas a puño y letra. Hablo de cartas que recibes, estas noches pasadas, y las otras también. Del acto de afecto más digno y humilde que existe y que nos permite soñar, salvar cualquier distancia. La sucesión de voluntades que permiten que tu, Ahmed, allí sentado con tu chilaba puesta, tu blanco bigote cubriéndote las arrugas que el tiempo y el ejército dibujó, aunque con ese aire juvenil, elástico, selles el sobre bajo la atenta mirada de tus hermanas, que nunca permiten que el frío se apodere de ese comedor, y en siete, catorce o veintiún días da igual, ésta entre por el espacio que la puerta deja entre ella y el suelo, para quedarse ahí, en el recibidor, inmutable pero ansiosa por ser finalmente abierta. Es la noción de que tuvo que pasar por un número insospechado de manos con un único propósito, metiéndose en sacos repletos de otras miles de cartas que cruzándose y entrelazandose para ser separadas de nuevo, cruzar desiertos y volar por encima de nubes y tormentas, pasar el frenético test del olfato de perros drogadictos y hasta permanecer olvidada en oxidados y fríos estantes (solo un par de días) consigan alcanzar su destino sin que por todo ello su propósito se vea alterado lo más mínimo. Que a pesar de sospechosos ojos fisgones que traslucen e incluso abren y leen y esfuman las cartas y cualquier posibilidad de crear magia (en algunos países aún sucede, en éste la magia ya no tiene ninguna importancia), y a pesar de por ello traicionar el único propósito al que las cartas se deben, que sean abiertas por su destinatario, aún incluso hoy es posible recibirlas y tomar consciencia de que aquello te pertenece exclusivamente a ti, que las palabras fueron escritas para ti, en algún momento y algún lugar quizá fascinante, pensando en ti, y que nadie más conoce ni puede siquiera imaginar el valor que traen consigo, ni nada de lo que contienen más que tu mismo, por qué son para ti, o porque las escribiste tu.

Dicen que lo que realmente nos importa pasa inadvertido. Algunas veces soy incapaz de darme cuenta de lo que me hace feliz. Sé que hay cierto tipo de cosas que van a producirme bienestar, y puede que por ello me considere alguien moderadamente satisfecho. Incluso puede que tenga mayor capacidad que la media para relativizar los hechos, o sea para no tomarme demasiado mal lo que me decepciona de entrada ni mostrar una euforia irreal con lo que me alegra. Soy más bien del pensar que nada puede ser ni tan malo ni tan bueno, y que a menudo juzgamos sin conocer, lo que nos lleva a sentirnos defraudados, ya sea por uno u otro motivo. O sea que mejor tomárselo con calma y de la mejor de las maneras, que por otro lado nunca es en negativo. En otras ocasiones soy demasiado vulgar y débil como para no sentirme seducido por lo banal y dejarme caer en las fauces del hedonismo que nos rodea. Desprecio la mente y me tiró al cuerpo. Desnudo y practico sexo con la mirada, en el metro. Me como un enorme hamburgesón grasiento y clónico o me trago la mierda de los que salen en la tele para ver como se escupen y retuercen las entrañas, para luego sentirme vulgar y desgraciado. Sin embargo, en otras ocasiones, mis ojos son capaces de abstraerse y disipar esa nieblina apestosa, el humo de la contaminación que se esparce por las cloacas de la sociedad, por todas partes, vomitándonos egoísmo y vanidad, placeres efímeros y valores que esconden mezquinas repercusiones.

Leo y releo la carta en busca de detalles inadvertidos. Repaso la caligrafía de un árabe que se expresa en caracteres latinos. Entonces esa carta me transporta a las cartas que he recibido y que envié, de esta que leí y la otra que escribí, a lo largo de mi vida. Recuerdo conversaciones recientes que me hacen sentir feliz, de esas en que estamos solos los dos en ese local abarrotado. Y me siento feliz por haber hecho feliz al escribir desde allí, desde aquí. Soy feliz por que ellas me hicieron también feliz, me hicieron afortunado. Por qué mi puño y mi letra es lo último que me queda, lo último de lo que nos queda que nos pertenece y que nos permite vivir el mismo tiempo a pesar de la distancia. Y es solo tuyo y mío.

Día a día me alejo más del cariño y me acerco más al dolor, al amor

Muros transparentes

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22/11/08

No soy aquél de allí
no soy ni estoy aquí,
estoy confundido,
inducido por
los infinitos túneles del metro,
las oscuras intenciones de los seres que
sorben
fisgonean mi cuenta de ahorros
ordenan mis propósitos
relamen los restos de mis sueños
y luego escupen.

Por favor lavado espiritual; La Central
Comelade y el xolófono,
cine en el Institut Française,
lo que sea.
necesito sentir algo propio y olvidar,

Paseando por el raval
es imposible evitar,

El drama invisible de los desechos,
partículas de polvo que se retuercen
en esquinas inyectándose bimbos de carrefures
aspirando el imposible vaho de la nouvelle cuisine
que se muere en el cristal
desde el cual

Los amargos caprichos de esta ambigüedad
que llamamos ciudad
de este destino fugaz
totalmente incapaz
aparecen incoloros, ubicuos,
[despreciables, estupiduos...

Yo aquí y no allí
balanceándome en lo alto de la cuerda
persistiendo en negar la inevitable resolución
de tener que escoger
entre tirarme y caer
por el falso
destino de la hipocresía,
o por la infeliz
dicha del dolor.

New Order

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6/11/08

Te rondan por la cabeza estructuras mundiales que dominan por completo mentes ilusas. Esos que llaman del grupo Bildelberg; líderes de gobiernos y de las finanzas que se reúnen cada año y mientras beben y fuman -y no quieras saber qué cosas más- deciden las sucesivas acciones que les permitan alcanzar su único y verdadero objetivo: el poder absoluto.

Pienso eso hablando de otros tiempos, unos que parecen ya muy lejanos y más que nada ajenos. De las universidades y de compañeros de piso psicomaníacos, a los que te encuentras por el camino y desaparecen, conoces y quieres (u odias).

Así llegamos a Zeitgeist, ese increíble documento que nunca verás en los periódicos, rechazado e ignorado por los medios. Claro, los medios que ellos mismos controlan, los que si se aceptan y tienen alcance. Pero ya no importa más... ¿a quién le importa? ¿Nuevo Orden mundial? Pues bien, mientras no desordenen demasiado el mío, que hagan lo que quieran con el suyo. Total, mejor el FMI que no el Parlamento Chino. Mejor Disneylandia que Dubai, el Vaticano a la Meca! No merece nuestros mayores esfuerzos luchar contra lo que ni siquiera sabemos qué es exactamente, qué forma toma o en quien se plasma. De acuerdo: Capitalismo multinacionales intereses deuda especulación. Quizá incluso merezca nuestra vida. Pero ¿en qué forma se nos aparece todo eso? No voy a hacerme asceta. Por otro lado: Privilegios. Estoy aquí, sentado frente un ordenador que vale lo que para aproximadamente la mitad de la humanidad significa un año de su sueldo ¡y todo lo demás! Ya sabéis...¡todos sabéis! Pero nadie está dispuesto a hacer. En el fondo tenemos conciencia de grupo y aquél más extenso en el que te identificas es en la civilización, puto occidental. No vas a permitir que te quiten derechos en beneficio de otros ¡maldito egoísta! Desde Jesús a la Reserva Federal que te la están metiendo doblada y tu sigues creyendo que vas a salir bien parado, aceptas que te metan solo la puntita, con tal no te la metan entera. Pero lo cierto es que por tu cortísima memoria -ellos llevan anotando todo desde siempre- no te das cuenta que algún día, como les sucedió a tus abuelos y antepasados, incrédulos y fieles, patriotas y rebeldes, cuando menos te lo esperes vendrán y te dirán: ves lo que hay ahí fuera, lo que ves cada día, pues olvídate de todo porqué a partir de hoy todo eso ya no existe. Y por cierto: mientras te agachas sujétate fuerte por qué te va a doler.

Y entonces me pregunto qué cojones de absurdidad monumental es esto... Nada tiene ningún sentido. Elegimos algo por qué debemos elegir, lo que sea. Nos montamos toda una estructura mental para justificar las decisiones que tomamos y después, un día cualquiera, percibimos lo que es el principio del fin. Al siguiente día ya no crees nada de lo que creíste por la noche y todo se ha desvanecido. Múltiples fuerzas te absorben y succionan, primero la piel, luego los órganos, los huesos y por último lo que te queda del alma. Y ya eres aquél que siempre quisiste ser. Completamente aquél Insatisfecho, rechazas a Zeitgeist y las teorías de la conspiración por un nuevo orden mundial, te asomas a la ventana y quieres primero, antes que nada, encontrar la respuesta a tu propia locura, la que irremediablemente crece junto a la ajena. Entonces decides que hoy vas a ser un revolucionario pero que el resto del año vas a intentar apañarte con lo que hay, que no es mucho.

Así que piensas que es estúpido ser idealista teniendo un trabajo estable y facturas. Bodas, partos, encerronas del banco y escapadas sanatorias de fin de semana y congestión a la vuelta no perciben siquiera el significado de esa palabra. Es rematadamente fácil ser estudiante y salir a la calle a gritar y no beber la chispa de la vida. Cuando te agarras a la enorme rueda en que a fuego hay gravado “Sociedad global”el único deseo que asoma por tu angustia es no morir aplastado por ella. Pero eso no es lo que venía a decir: Quiero que alguien del futuro, con su nave intertemporal, aterrice a mi lado y me susurre la Verdad al oído. Que después de hacerlo se acerque a ese imbécil que se llena la boca de palabrería y le muestre como él mismo, dentro de veinte años, estará dando de palos a los que ahora son como él desde una cómoda silla en un decimotercer piso. Y le dirá: “Lo mejor de todo es que entonces no serás consciente de nada de eso. Lo único que te importará será el jodido euribor y los pañales para tu hijo cagón”. Ni por asomo va a plantearse si es o no es feliz. Solo lo hará si algún día ese lunático que nunca dejó de ser estudiante ni idealista es capaz de dar por el culo a su país entero, porqué los pobres son pobres pero son muchos y también están locos, así que no dudéis, por mucho que rechazéis a Zeitgeist y a las teorías de la conspiración, os lamentéis de Bilderberg u del capitalismo radical, ese otro malnacido disfrazado de negro, musulmán, indígena, conseguirá finalmente la llave de tu casa, entrará y te dirá: “ves todo lo que hay aquí a tu alrededor, pues vete olvidando de todo porqué ahora es mío. Fuera de mi vista maldito miserable”. La rueda te estará entonces aplastando. Y sí, a ser hijos de puta sabemos jugar todos, por lo cual ahora mismo solo nos queda algo: hacer como que no oímos, no vemos, no sentimos nada. Y lograremos sobrevivir.

termitas

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28/10/08

Todo debía ser aquel día. mientras veía sus hombros agazaparse para evitar mojarse sabía bien lo que ocurriría. hablábamos y hablábamos de aquel silencio. paró el reloj de girar y girar como nunca hasta aquel entonces había dejado de hacer, infatigable siempre sobre si mismo. grano a grano fuimos derramando los sueños de nuestro amor que de tan maravillosos tan increíbles parecían entonces. el reloj dejó de moverse a nuestro alrededor y de él arena empezó a caer, a irremediablemente vaciarlo todo. desvaneciendo los espejismos de la hipocresía, tomando conciencia de las palabras ocultas que amenazantes nos sobrevolaban, pidiendo ser dichas, aunque solo por compasión fuera. escondidas ya detrás de silencios que incomodaban y empezaban a ser insoportables (porque sabíamos lo que en realidad reprimían). gritos de auxilio y terror que emanaban angustiosos, incapaces de mutarse en sollozos de sinceridad. incapaces los dos estúpidos cobardes de mirar más allá de aquella extraña solución que nos envolvía en un manto de silencio, fruto del miedo a encontrarnos solos en el desierto. mientras tanto llovía y llovía dentro de aquellos muros que las palabras construyeron diáfanos y que el silencio, grano a grano incesante como la lluvia como ávida termita había empezado a desgastar, había empezado a corroer. convirtiendo el sudor del esfuerzo en arena, en desierto, aquel del cual ilusamente pretendíamos escapar.

El poema optimista

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19/9/08

Esta noche quizá camine, quizá hable con la noche…

de los días de caos que me acosan
de la inexistente calma que ansío
y de una respetable ciudad que succiona
en agradables calles que rebosan:

de destellos de regularidad pasmosa
y cabellos tráfico enredos
en giros de cabeza rutinas
que amas como cualquier cosa.

Y es que,

veinticuatro escasas horas dan
para cinco horas de sueño
ocho de aire viciado y pantalla
y algo que sabe a poco entre uno y ello.

quizá la noche hoy me hable y me distraiga…
hoy es el quinto día, me levanto y a ver que pasa
de todos modos nada creo que caiga.

!Todo el puto día para servirle, señol!

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11/8/08

Estoy viendo a los malditos chinos dejarme con el culo en el suelo y por momentos los pelos de mis brazos se erizan ante la increíble fuerza de la voluntad humana, que es capaz de lo peor así como de lo más bello y genial -Observo mi cuerpo dormido y embarcado en etéreas naves de placer, desplazado de la perfección visual recuperando sueños robados por noches locuras –Saliendo tumbos abajo camino de la luz el aire y sociedad que recuerdan estoy aquí y mezclado otra vez – Libros nuevos encontrados comprados de Vosotros ya me conocéis no puedo dejar de escribir ni leer(os) - Sobredosis de electrónica narcótica en plantas y plantas de individuos y estantes con placeres y aglomeraciones; guitarristas virtuales que pretenden ser bandas de quinceañeros oscuros satánicos en consolas de hedonismo (por qué coño se le llaman así, consolas?) y sonidos envolventes pantallas de altas definiciones más perfectas que realidades mismas. Destellos de flaqueza de publicidad insistente joder está buena la jodida droga que le inyectan en La Hamburguesa, en mi la abstinencia solo aparece cada trimestre o así, en otros al rato y gordos enfermos mueren – Cuando abajo percibo de nuevo la existencia de mi ser en la memoria y estoy en la Rambla (no la plasta que te mueve en zigzag no, la otra de palmeras y chilabas negros borrachos y pijos, descafeinados yuppies disfrazados de hipsters hippies de marca y gente de buen rollo, todos esos), entonces percibo como mi alma se eleva encendiendo las ideas en los pulmones de raquíticas plantas que aunque poco y mal dieron lo suyo, se eleva leyendo primeras palabras de páginas recién tomadas debajo palmeras que iluminan artificiales luces y “gracias por permitirme leer”. Así que leo y recuerdo a grandes mujeres cruzando delante de mi, la mitad de ellas con mi corazón ya rendido de antemano (y tapado para que no lo descubran), dispuesto a dejarlo todo por sus pies y la ilusión de su perfección. También a bajitos hombres malayos sonriendo satisfechos y paquis hablando enfundados en sus largos vestidos veraniegos que dejan pasar el aire y tocar tu piel (siempre les envidié, como a los escoceses), pero los que a pasear mujeres no dejan, discutiendo en su idioma musical gracioso verdad y más si fumas un poco –La bici que me lleva se desplaza cuesta abajo a pesar de vivir en lo alto, no solo llego sino que paso de largo y me topo con la mujer mayor que pide tres veces perdón (no es tan mayor) por meterse en nuestro camino y la miro y no puedo más que reír y ella asustada por pensar ¡morir atropellada por bici y encima sin indemnizar! y también se ríe. La bici sigue por mi así que puedo pensar y sonreír disfrutar de los edificios que me envuelven tan mágicos y de una belleza tan natural (como todos deberían ser, pienso) entonces me encuentro por allí los coches detrás de mi paso, yo dominando la calle y esquivando los peatones por Sol i Revolució, la que constantemente está en mi, esparcida en alma de bici que de vuelta me lleva directo al bar delante de mi casa en el que solo una vez entré donde camareras cálidas e increíblemente hermosas me hablan y tipos que sueltan “adiós” al salir aquí en Barcelona soy del barrio, mi barrio, hay que hacerse del barrio, comunicarse con el barrio…y así sonriendo asombrado de estar viviendo todo eso se encamina a su casa para escribirlo todo y se olvida de mirar al chino de la tienda “todo el puto día abierto para servirle, señol” , y no da cuatro pasos más que da la vuelta entra en la tienda a comprar cualquier excusa arrepentido con ganas de saludar y la mujer allí escondida detrás de la caja con la pasta siempre sonríe hoy tengo ganas de hablar y te animo te hablo de los jodidos chinos que bien lo hicisteis todo belleza visual y me responde ella trabajar no podel miral pregunto de nuevo pero si no son los precios ella no sabel será por qué nadie le comunica si tu ser del barrio aunque quizá aún no descubril como ¡yo te voy a enseñal!

Pfizer

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16/7/08

La noche cae cuando el día pasa, mentes se juntan a contarse vidas y relacionarse historias, lazos de confianza que mirar a los ojos estrecha; el Tiempo nos impide ordenar; topamos con la injusticia del olvido, anomalías habituales del humano. Sin embargo todo impregna, todo sacude las mentes disipadas que desorientadas conducen (por senderos desconocidos y fascinantes) a cuerpos adormecidos, matados por el sulfuro urbano. Aunque todo queda, solo por que todo suma: los que te contradicen porque te adoran (por qué te expanden), te escuchan mientras te hablan, te llaman por intuiciones suyas, buenos deseos, mensajes sin convincentes palabras a pesar de que "sí", me ayudas (y supongo me importas).

Me ha sido concedida la gracia del tiempo dentro del Tiempo, que yo empaqueto y reparto, elijo y extraigo, sudo y noto por los cuatro costados. No puedo admitirlo entero, ni existe libreta capaz de seguir cual frenético ritmo de nubes negras que nos empapan y abandonan. Pero ¡qué más da! es hora de sentirse iguana (no hay Tiempo, el que nos combate porqué sabe que nos vence, pero si está nuestra gracia (la del tiempo) concedida por el Tiempo), cargarse al sol, fuente de los estímulos, dejarse bañar por manantiales de lo positivo; de todo lo que somos y elegimos serlo; a los que tocas (aunque solo con el alma sea).

Freebop!!

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15/7/08

Andaba conociendo el fondo a lo que acontecía; era capaz de sentir mi impulso por escribir, la necesidad de contar lo que decía conocer.

Un cómodo lugar donde disfrutar de tardes que se vuelven noches en cines de películas antiguas, conversaciones de opiniones de la vida que se discuten y enfrentan. Palabras que quieren decir aquello incapaz de reconocer. Reconciliaciones a tiempo de darse cuenta de lo que realmente importa; y es que todo el mundo piensa las mismas cosas, así que lo que escribo también lo piensa quien lo lee, por tanto sabe que aquello que realmente importa es lo que más peso tiene, y si le quiero, a pesar de enormes egos y envidias y temores sin demasiada razón que la pura admiración, es por todo lo demás que nos une y nos comunica a un nivel especial, telepático, profundamente arraigado en nuestro ser y por ello difícil de reconocer lo que conduce a la necesidad, fruta maldita del amor pero insaciable vencedora de la irracional racionalidad.

Así delato la inconformidad de mi Yo: que se niega a mostrar lo que mi mente empeña en destripar aquí, entre sueños y curiosos extraños (y no tanto, ocultos), mentes deseosas de cosas extrañas que parezcan propias, enfermedades ajenas de padecidos síntomas que se atreven a leer, pero quizá no a reconocer. Un cómodo lugar...

01:56 am

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31/1/08

Hace un par de años decidí cambiar de correo, ya que mi dirección, a parte de no ser fácil de dar por la complejidad intrínseca de su naturaleza letrística, incitaba a practicar el sexo y a fumar marihuana. Pero fue gracias al consejo de un amigo de verdad, esos que se preocupan por ti (por qué están lo suficientemente cuerdos como para no tener que dedicar todos sus esfuerzos exclusivamente a sus propios problemas, eso también es verdad), el motivo por el cual logré abrir los ojos y ver la realidad como la vería cualquier persona adulta que quisiera mantener un contacto profesional, serio o burocrático conmigo. Como puedes comprobar no estoy en contra de la marihuana. Mucho menos del sexo.

Mi correo era silverhaze69@hotmail.com; Y mientras Silverhaze es un tipo de marihuana que me dejó "flipao" cuando mi primer viaje post-adolescente a Ámsterdam, 69...bueno, no hace falta que te cuente lo que sesenta y nueve significa...Lo tuyo es distinto, digamos que no es tan grave ;)

Pero bueno, al final de todo, el mío resultó ser más serio, más formal, pero también más soso, aunque no menos chistoso: i.carne@gmail.com, y a pesar de llamarme Carné, que en catalán no significa nada más que mi apellido, en español carne significa algo más, y no es que mi existencia viva marcada por ese juego de palabros mal entendidos, la verdad, pero si es cierto que en determinadas ocasiones, como cuando llama la típica teleoperadora empeñada en endosarme la enciclopedia Larousse (señorita: ya estoy un poquito crecidito, ¿no cree?) o para hacerme socio del club DIA, ¡yo qué sé!, y que quizá llame de Cuenca, con todos mis respetos para los de la meseta (sin ir más lejos mi abuela es de allí), si hay determinada razón en afirmar que puedo llegar a putearme por el hecho de que me llame señor CARne y no Carné, como realmente me llamo y me pronuncio. Cosas de la vida virtual, ya ves.

Conciencia de Poder

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19/1/08

Leía disputas por el control político de un partido de ídem cuando una idea me asaltó; tuve, debido a mi totalitaria convicción de no dejar escapar ni una, la necesidad de anotarla. La precariedad de mi memoria, también totalitaria, es la que me obliga, por otra parte, a traducirlas siempre en palabras escritas. Pero eso no importa. Lo que importa es que justo en aquel instante me di cuenta que un ciego, disimuladamente, intentaba leer lo que en mi libreta escribía. Yo, celoso de mis ideas, esbozaba con mala caligrafía, ocultando el secreto a tan curioso compañero.

Un par de estaciones mas adelante unas niñas se sumaron a nosotros, solitarios viajeros. La más pequeña, que no llegaba a tocar con los pies en el suelo, se sentó al lado del ciego indiscreto. Clavó su mirada en mí. A los pocos segundos empecé a irritarme por tan insolente comportamiento, y noté un calor creciente en el cuerpo; ese pequeño ser de poco más de un metro de altura me hacía sentir incómodo. “¿No viste nunca a nadie escribir, niña?”, pensé con cara de rabia, desconcentrándome, perdiendo quizá para siempre la jodida idea. Por suerte no tardó en bajarse, y sus ojos, a través de aquellas gafas redondas y fijos en mi libreta, dejaron por fin de examinarme. “Vete, vete, niña. Corre con tus amigas”, balbuceé apretando los dientes.

El ciego seguía observándome. Lo sabía. El muy cabrón se ocultaba detrás de aquellas gafas oscuras, pero yo sabía que estaba husmeando en mis notas. En esas estaba yo cuando cinco chicas adolescentes entraron y se sentaron con nosotros. Como no había suficiente espacio para todas ellas, una tuvo que venirse con nosotros. Ya pasando me pisó un pie. Estaban con la tontería encima y se rió de mi queja al sentir el dolor del pisotón. Pidió perdón, pero las otras ya se tronchaban al haberse enterado de la escena. Les eché una mirada desaprovatoria a cada una de ellas y disimularon su descojone, como si fuera el profesor que las ha pillado haciendo algo malo e intentan ocultárselo sin resultado. Intenté volver a focalizarme en la lectura del periódico; mala idea. No tardé en observar que la mocosa que me había machacado el pie con el zapato de tacón (que evidentemente aún no sabía llevar) me miraba de reojo. Lo vi por qué en un momento eché un vistazo a través de la ventana y ella apartó la vista bruscamente. No era la mirada de la niña de antes. Era una mirada inocente y curiosa, si, pero había algo de deseo en ella. “¿Te gusto?”, pensé. Solo me faltaba esto, otra husmeadora y encima pretende que me fije en ella. Cubrí mi cara con el periódico, tapando cualquier campo visual con la adolescente y la olvidé.

Estaba a punto de llegar a mi destino y el ciego seguía allí, intentando confundirme, simulando un desinterés ficticio. Inexplicablemente había logrado quitarme de encima a las aprendices de brujas sin darme cuenta; “mi mirada las intimidó…hmmm, por lo menos hoy tengo autoridad con alguien”, pensé. Decidí levantarme unos segundos antes de que el tren se detuviese para recoger mis cosas y todo eso. Me gusta salir el primero, darle al botón que abre las puertas. En aquél instante mi mirada fue cautivada por algo fuera de lo común; agarrándose para no perder el equilibrio, delante de la puerta, con posado cinematográfico, mis ojos se vieron absorbidos por una mujer de unos treinta años, metro setenta o por ahí, larga cabellera morena y lisa, de tal belleza que parecía irreal. Me resultaba imposible no clavar los ojos en ella; no podían apartarse de su contorno estilizado. Era tan estéticamente ideal…

Sin embargo, no pude evitar ruborizarme cuando, apartándose el pelo de la cara y recogiéndoselo por detrás de la oreja, nuestras miradas se cruzaron. Fue directamente al centro de mis pensamientos y supo que la adoraba. Desvié la mirada de un modo fingido. Se dio cuenta. Lamenté ser tan estúpido, pero ni tan siquiera volvió a fijarse en mi (aunque estaba claro, y de ello me di cuenta más tarde, que me miraba a través del reflejo de la ventana). Las puertas se abrieron y ella salió la primera. Seguí sus pasos hasta que nuestros caminos se bifurcaron. No dejé de mirarla en ningún momento. En el último instante, cuando había logrado alcanzarla y nos disponíamos a separarnos, me regaló una segunda mirada, consciente de que estaba ahí, de que seguía ahí. Una leve sonrisa fue lo último que supe de ella. Eso y de qué sí: soy un maldito ciego pretencioso que aún no quiere enterarse que ellas, al iluminarse un día, cuando les llega el momento y se enteran, poseen el control absoluto que un día nosotros dejamos escapar. Por eso os amo.

Carta a ti mismo

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2/1/08

Como consecuencia al resultado obvio que yo eficazmente predije, voy a reflejar el descenso de tu valoración en un total de dos días de pesimismo y de ensimismamiento en las leves posibilidades de éxito sexual inmediato.

No es que pretenda siempre despertar los peores temores con mis elucubraciones fatalistas, pero hace ya mucho tiempo te advertí que mis consejos, siempre de prudencia y moderación, están fundamentados en el bien que nos une y nos hace un todo: el propio.

Sin embargo, tu obstinación por retarme con asiduidad han llegado demasiado lejos; las mejoras sustantivas que como uno que somos hemos alcanzado no son motivo suficiente para arriesgar todo el capital logrado a una jugada que de antemano, como bien sabes, teníamos perdida.

Y ahora, me preguntas, vamos a replantar de nuevo. Sí. Y evidentemente -sobre eso se fundamenta mi mayor queja-, voy a tener que ser yo, como siempre, quien evidencie, a base de mucho repetírtelo, primero un poco, después constantemente, que todo lo que hicimos sigue ahí. No por un mal negocio perdimos todo el grano. Hay menos, pero está ahí. El método lo perfeccionamos, así que recuperarnos va a ser más fácil ahora.

Esta es mi primera carta querido compañero. El primer consejo es el siguiente: no pretendas alejarte de mi, no quieras borrar la importancia que merezco por qué yo soy quien tu eres: el filtro de tus valores y la opinión de ti mismo. Es bueno que aprendas, en tiempos de excedencia y abundancia, que no soy más que un juez capaz de mejorar la opinión propia gracias a ti, pero no es recomendable, como comprobaste anteayer, pensar que ya nada te afecta, que conseguiste la invulnerabilidad. Aún debes aprender a valorarme en justa medida.

Recuerda que solo los niños y los viejos puros son invulnerables ante mi.


Primera carta después de todo, dos de enero de 2008

Tu ego

Sex, lies and videotapes

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12/12/07

El mundo se construye a partir de estereotipos. El otro día, mientras Juan Palomo se guisaba unos macarrones, yo pensaba en la verdad que nos traiciona. Y me decía:

Los pijos hablan con la "a", los gays son exageradamente promiscuos; no conozco historia de gays sin menos de dos, los ingenieros no tienen capacidad de abstracción, en cambio (convencido): los fumetas hablan del significado de la vida, del universo, de las virtudes y los defectos, de la hipocresía del mundo, del alma vanidosa, de las noches mágicas, y llegan a confesar un pecado, revivir el pasado, llorar de la risa, hasta puede que consigan ver el futuro, soñar un destino presente, recuperar la sonrisa oculta...

Eso me decía...sí...el otro día, ahí tumbado, bien doblado.

¿En qué nos hace mejores ver el interior de la cebolla si ya intuimos lo que finalmente comprobamos?

Un día (versión dulcificada)

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24/11/07

-Ya estoy harto de miradas, ¡necesito conocerte! -dijo por fin-.
Aunque para él fuera el producto de muchas noches de cavilaciones en el tren, la cama, y cualquier otro sitio en el que se apareciese la dulce idea de la posibilidad, la sorpresa asoma en el rostro de Clara, quien estaba ya acostumbrada al juego del que tomaban partido, y con cuya ruptura todos sus esquemas son también desbaratados.
-¿Que es lo que quieres conocer? -responde sin pensarlo, con la firme voluntad de dejarle toda la iniciativa a él, por fin valeroso de enfrentarse a ese mundo imaginario, intuitivo y ya para siempre más en el pasado-.
-Quiero responder el por qué -se apresura a decir, despojándose instantáneamente del terror que ese momento sabía que le produciría-. Necesito saber por qué nunca me escribiste y a pesar de ello seguimos con ese juego interminable, que logra abstraerme amargamente.
-Yo no juego a nada. Te conozco de hace tiempo, de verte por aquí, pero no sé de qué me hablas: yo nunca pude escribirte por qué nunca tuve donde.
La poca credibilidad que esas palabras tenían hicieron que se echase a reír, incapaz de comprender una reacción que nunca sopesó, a pesar de la multitud de variantes que había llegado a imaginar. Esa situación, sin embargo, por fin estaba dando lugar y su excitación era máxima.
-Desde luego que eso es algo que nunca imaginé que dirías -dijo, sincerándose-. Sin embargo, quiero conocerte, ¡necesito conocerte! Debo liberar mi mente ilusa de alguien tan recurrente como tu. Es más, casi prefiero que conocerte signifique perder el interés por ti, ya que enamorarme de ti sería doloroso de soportar...aunque no podría evitarlo.
-¿Ah, si? -dijo, sin reflejar interés alguno, pero con las piernas a punto de fallarle- ¿Y entonces: qué quieres de mí?
-Pues eso, quiero, deshacer de una vez el mito en que te convertiste, demostrarme a mi mismo que no eres más especial que el resto. Como ves, es algo muy egoísta, pero: ¿a caso no nos enamoramos por como nos ven? Y yo no sé como me ves, pero puedo imaginármelo. Es por ello que quiero conocerte, por así decirlo: que me conozcas va a darme una opinión de como me ves, y seguramente va a ser menos optimista de lo que yo imagino que es...
- ¿Así que es un acto puramente egoísta? -dijo mirando por la ventana, con cara de decepción.
-Digamos que puede ser una estrategia para quitarle importancia al asunto, aunque como ya dije, todos somos egoístas. Yo, además de egoísta, soy sincero. ¿Es eso importante para ti?
-¿Para mi? Pues si, y bastante. Pero ¿a qué asunto te refieres?
-Al hecho de encontrarme aquí, contigo. Finalmente. También tengo miedo al fracaso.
-Algo que todo el mundo tiene ¿verdad? -apuntó, aguda.
-Exacto. Sería lamentable tener que soportar, después de todo este tiempo sin conocer apenas tu voz, sería lamentable tener que vivir con el dolor de tu ignorancia. Y muy pesado. Por ello puede que intente hacerte ver que no es por ti, que realmente es por mi, así no sospecharías cuanto me afectaría tu rechazo. Pero no sé si me entiendes...ya ves que le he dado muchas vueltas a todo. Ahora voy y me descubro solo hablando un par de minutos...
-Creo que no te entiendo, pero es cierto: eres sincero. Y me gusta ¿Tomamos un café?

Hablo de María, ¿queda claro?

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20/11/07

A Marisol Parreira le daba pereza levantarse del sofá. Todo debía de apuntar para no olvidarse. A cualquier cita, por ejemplo, llegaba tarde; no por desidia, más por descuidar del Tiempo. Es conocido que un día, cuando el sueño era ya insoportable, fue y volvió durante horas y horas metida en el mismo tren. Cuando alguien le advirtió de que empezaba a roncar, simplemente se despertó, miró indiferente a su alrededor y salió en la siguiente estación. Curiosamente era la suya. Al llegar a casa, Marisol se quitaba la ropa muy, muy lentamente. En invierno el proceso era aún más doloroso: primero la bufanda colgada en la entrada...la chaqueta encima..."ay...ahora entra, sácate el jersey, ahora los zapatos...los pantalones", y pum! el móvil que se cae del bolsillo. "Qué tonta -piensa María-siempre me pasa lo mismo", entonces recoge el aparato: la batería por un lado, tírate al suelo que la tapa se fue debajo de la cama, junta todo de nuevo..."ayyy"...se queja María mientras se pone camisón y un batín de lo mas kitsch, dispuesta a tirarse encima de su mejor amigo, el sofá. Allí es donde Marisol se siente mejor con María. Sin nada importante que hacer, solo ella, el sofá, un libro y sus ideas. No como quitarse la ropa. Banalidades.

Día de acción del blog.

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18/10/07

"Un día que yo tengo fiesta y tu vas y te tiras a mi padre..." Tomé asiento escuchando tal conversación. Medio dormido, giré levemente la cabeza para visualizar de qué boca salían tales agravios; una mujer de mediana edad, de voz imprecisa, parca en palabras pero suelta en afirmaciones hablaba por teléfono supuestamente con la amante de su padre. Camino a la universidad la lectura no fue posible en tales circunstancias: la necesidad de atender al sujeto de mi libro, entregado de conciencia, factible en la mayoría de trayectos en los cuales los ruidos extraños se ausentan, si más no en semejantes ondas y en tan alterado tono, se convirtió en tarea inalcanzable, y por tanto me rendí a lo que acontecía. No voy a menospreciar, sin embargo, la curiosidad que asoma ante tales sucesos, y que es, cuanto menos, suficientemente vivaz como para despistar dirigiendo los ojos a la página abierta de "Rayuela", mientras las orejas restan atentas a la conversación que transcurría a mi derecha. Quizá fuera la particularidad de conocer solo la mitad del diálogo lo que aumentó mi interés por no perderme ningún detalle, consciente de que pudiera algún día como éste sacarle partido narrativo al agravio que inconscientemente esa mujer estaba cometiendo, en aquel lugar, hacía su propia persona, aunque e ella poco le importara. Porqué si hay mente cotilla, evidentemente, esta es una como la mía, tan necesitada de historias, temas e ideas con las cuales rellenar lares cibernéticos como éste. Así que no pretenderé confundir a quien me lea: estaba encantado de asistir a esa representación, que por lo menos rompía la monotonía habitual. Ya sonreía pensando en lo que iba a escribir. Saqué la libreta y apunté, como si de un periodista en una rueda de prensa se tratara, las frases más destacadas, que coincidían plenamente con aquellas que rezumaban una mayor morbosidad en si mismas. Tal es el caso que, aunque aparentemente los demás pasajeros imitaban leer el periódico, mirar por la ventana o dormir (¡qué buenos actores somos cuando no se espera que así actuemos!), todos estábamos con las antenas sintonizadas, atentos a lo que aquellas dos mujeres argüían, sedientos de mezquindades escupidas, de sumo interés propio, de banal importancia personal.

¿Qué carácter implica que airear tu vida privada ante un público tan numeroso además de silencioso, no te importe lo más mínimo? ¿Quizá fuera yo capaz de semejante acción bajo la influencia de la ira que la poseía? A mi entender, y la lástima fuere que no actuara realmente como buen periodista y no le hiciere la correspondiente entrevista, la historia no era tan singular, pero no por ello ausente de pasiones: la mujer agravadora -diremos-, acusaba a la agraviada de acostarse con el padre de ella (se entiende, la agravadora) aprovechando su ausencia. Aquí se introduce el factor clandestinidad, ya que supuestamente la hija del asaltado (sexualmente, pero consentido) también se encargaba de la tarea de vigilar al pobre padre indefenso del ataque de arpías extranjeras, y ésta aprovechó "su día de fiesta"(de la agravadora) para abalanzarse sobre la presa y mantenerlo después en el anonimato. Y afirmo extranjera en base a las notas de qué dispongo, que son, a saber: "tu lo que quieres es traerte a tus hijas...si yo te doblo la edad...vamos a ver quien tiene más fuerza...tu no sabes como soy yo...no me vengas que te conozco...yo prefiero que vuelva con la Carmen antes que contigo...quieres quedártelo todo" Sin mantener necesariamente este orden ni ser exclusivamente tal y como las reproduzco. Así que a pesar de conocer solo la mitad de lo hablado, todo está muy claro...del lado de la agravadora. Por qué pensaría, digo yo: mujer extranjera, más joven que yo, que mi padre ni digamos, se lo tira...¿Qué quiere? Conclusión fácil y llanamente plausible, sin muchos rodeos, sin pensar demasiado: sacarle dinero (y por ende quitármelo a mí). Por otra parte, explicación no necesariamente veraz, desde luego. O no menos egoísta, ¿cierto? Quizá no merece ella más dinero que la amante...quizá no hay dinero por en medio...nada, seguro que hay dinero por en medio.

En definitiva: ¿Lucha generacional? ¿Envidia? ¿Xenofobia? ¿Temor por un padre incapaz de valerse por si mismo (pero si follar)?¿Qué pensaría el padre de todo ello?¿Que querría realmente la agraviada?¿Sentiría amor por el padre? Si fuera así, ¿porqué enfrentarse a la hija, a esa hija precisamente, con el miedo que yo le tendría a una persona así? Dudas con millones de respuestas. Me las guardo para cuando pueda sacar dinero con ellas.

Otra sonrisa asoma en mí pensando en una escena mejorada: agravadora encontrándose a las 9 de la mañana a agraviada y al padre en el mismo tren, en el día de fiesta de la agravante con las hijas de la extranjera en los brazos de él! Final: agravadora cambia nombre de su personaje por el de homicida, seguro.

Moralejas: cuantas verdades pueden darse a partir de una media conversación a las 9 de la mañana en un día cualquiera en un tren abarrotado. Anota siempre aquello que se te antoje interesante, siempre podrás matar el tiempo pensando en ello algún otro día, sin el menor objeto, con todo el sentido. ¿Alguna más? Seguro.

Hipocresía crónica (segunda parte)

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24/8/07

En los últimos párrafos se introducía, a propósito de forma incompleta, la idea del engaño como fuente de hipocresía. Decía: “somos víctimas del engaño”. Pues bien, este engaño, constituido por las fuerzas socio-culturales que permiten, a través de los mensajes contradictorios que recibimos por muchos y distintos canales, que nuestros actos resulten efectivamente hipócritas, es el que propaga esa enfermedad crónica, muy a pesar de nuestro desconocimiento al respecto.

La noción de individualidad que nuestra cultura ha venido reforzando a partir de la consolidación del mercantilismo y de las ideas que se concretaron en la Declaración de los Derechos Individuales del Hombre, influye directamente y de forma contundente en nuestro comportamiento activo. En primer lugar, nos inculca la noción de que somos los responsables últimos de nuestros actos, lo que nos hace única y enteramente dueños de ellos. Y estos actos –dice nuestra convicción cultural-, son llevados a cabo libremente, escogidos entre un abanico de opciones, lo que permite concluir que, por ende, las decisiones que tomamos se adaptan a nuestras voluntades, es decir: a lo que realmente queremos, sin que en esa resolución influyan otro tipo de fuerzas más que eso: nuestra voluntad. Sin embargo, como muchos pensarán, esto no es tan cierto como pudiera parecer.

Todo al contrario; los miles y miles de estímulos externos que recibimos a diario, concretados en distintas formas y motivos, afectan, como seres sociales que somos, en nuestra toma de decisiones posterior. Ello es porque ya anteriormente influyeron en nuestro modo de ver la realidad, deformándola, y a nuestro modo de adaptarnos al entorno. Eso se deriva del hecho que no actuemos casi nunca por instinto, más bien por experiencia. Es sumamente difícil, sin embargo, averiguar de donde sacamos tal o cual opinión, pero muy pocas veces ésa fue resultado de una discusión interior, pura, lógica o racional. En la mayoría de casos, nuestro entorno influyó en ellas. Por este motivo, somos más vulnerables de lo que muchas veces creemos, somos más sensibles a los estímulos de lo que deberíamos y menos independientes de lo que desearíamos. La realidad es que somos mucho menos sensibles a aquello que nos está afectando y es por eso que nos cuesta identificar que es lo que nos influye y en que grado.

Todos tenemos una opinión formada de nosotros mismos, ¿verdad? Todos podríamos mencionar virtudes que poseemos, o creemos poseer. Sin embargo, más difícil es reconocer los defectos. Puede que entrañe una mayor dificultad el descifrarlos, pero cierto también es que no solemos detenernos a valorar nuestra cara menos agradable. Intentamos evitarlo, o simplemente restarle importancia, resaltando aquello que nos otorga valía, lo que consideramos positivo.

En el universo de lo que vamos a llamar “estímulos externos”, también existen dos caras. Evidentemente mi intención no es la de discernir específicamente sobre qué forma parte de una u de otra, sino más bien echar cuenta de que, efectivamente, existen. Cada cual entonces con la tarea de catalogar las propias. Y como en lo referente a nuestra personalidad, son los estímulos “positivos” aquellos que más fácilmente identificamos, y los que más fácilmente sabemos sacar a relucir, o más rápidamente incorporamos a lo que podríamos llamar “nuestra opinión”. Lo que ocurre con los estímulos “negativos” es exactamente lo opuesto: no se muestran diáfanos ante nosotros, no siendo capaces de diferenciarlos con tanta claridad, pero no por ello pierden valor en nosotros.

Y es precisamente por ello, la incapacidad de dilucidar todo lo que incorporamos a nuestra personalidad, que los humanos, con el despropósito de creernos poseedores de una libertad que no ejercemos, somos víctimas del engaño. El engaño de lo “negativo”; mensajes que nos presentan una realidad distinta a la que predicamos profesar, y que nos conducen a actuar, en muchas ocasiones, de un modo contradictorio, hipócrita. Por qué la sutilidad de lo “negativo” consiste precisamente en hacerte creer que se trata de algo “positivo”, o si más no, inofensivo, y que tus actos, recopilados en tu filosofía de lo “positivo” van a ser consecuentes, responsables sobre lo que crees predicar, cuando lo que ocurre es que detrás de una aparente inocuidad se esconde la antítesis de lo que pretendemos mostrar. Por añadidura, lo “negativo” habitualmente se camufla en lo fácil, lo accesible y, demasiadas veces en nuestra cultura, en lo superficial, lo banal y superfluo.

Sin embargo, no todo está perdido; el modo, a mi entender, de hacer frente a una patología tan humana (tan occidental), pero a la vez tan oculta, tan difícil de identificar, no es otro que la reflexión. Una reflexión desde la distancia, que intente discernir que es lo que realmente no concuerda entre lo que creemos que somos y lo que realmente somos, nuestros actos. Solo de ese modo seremos capaces de despojar de nuestro ser todas las influencias nefastas que irremediablemente se encuentran dentro de nosotros y que nos convierten en hipócritas crónicos. Una lucha, por otra parte, sin fin conocido, pendiente siempre de un esfuerzo constante y mayor que el que nos otorga permanecer bajo la ligereza de lo negativo, lo pernicioso, lo que nos convierte en viles esclavos del engaño.

Y a modo de conclusión, por satisfacer lo exigido en el primer texto de esta serie de tres, una definición, y de regalo, un modo de curación:

Hipocresía crónica: patología humana que arrastra a todos y a cada uno de los sujetos hacía la contrariedad entre opiniones y acciones debido al clima de difusión permanente de mensajes confusos en el que los sujetos conviven.

Tratamiento: despertar, por medio del ejercicio de la reflexión permanente, el área del cerebro encargada de traducir los mensajes externos de la confusión a la concreción, para de ese modo poder actuar consecuentemente para con tus palabras alguna puta vez en la vida.

Hipocresía crónica (primera parte)*

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14/8/07

*Esta es la segunda parte de un texto más amplio, introducido el día 22/07 (o dos posts más abajo ;)

f.
Fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan.

Esa es la primera y única acepción que en el diccionario de la RAE aparece como definición a hipocresía. A mi entender, aclaratoria pero incompleta.

1.a pretense of having a virtuous character, moral or religious beliefs or principles, etc., that one does not really possess.
2.a pretense of having some desirable or publicly approved attitude.

En la segunda definición, extraída de un diccionario virtual en inglés, podemos ya encontrar de un modo más específico lo que en español se nos muestra como cualidades o sentimientos. Es decir: carácter virtuoso, moral, creencias religiosas o principios. Esas cualidades, en conjunto, son las que un hipócrita dice defender cuando en realidad no posee. Y eso es un hipócrita.

Mi desacuerdo con la definición de la RAE se basa en el hecho que el principio de la hipocresía se sustenta en el fingir, más mi experiencia me dice que no siempre el acto premeditado prevalece cuando la hipocresía acontece. En multitud de circunstancias son más bien un cúmulo de normas y costumbres sociales -y también humanas- las que actúan en pro de la hipocresía, relegando el significado esencial del término a un lugar secundario.

Por contrario, la definición anglosajona del término me parece mucho más acertada, en cuanto la voluntad del individuo no es relevante para tachar a este de hipócrita o no, sino que lo es, en cambio, el hecho de poseer realmente aquello que se dice poseer. Y en este punto es, precisamente, donde intervienen esos factores clave que hacen que nuestra sociedad viva sumergida intensamente en una hipocresía permanente.

Políticamente incorrecto en estos días ser intolerante con los inmigrantes, irrespetuoso con el medio ambiente, con las minorías étnicas, no quejarse de la suciedad de las calles, del tráfico insufrible, del aumento del consumo energético, de las guerras por los recursos, del hambre en el mundo,...y así podríamos nombrar a cientos de "causas" por las que hoy está bien visto luchar, o más bien diría por las que hoy estamos dispuestos a hablar, y pregonar que defendemos.

Pero lo cierto -y cuanto me cuesta escribir tal nefasto término- es que precisamente mantener esas opiniones es lo que nos hace profusamente hipócritas. Pero entiendo, la reflexión subsiguiente cuando alguien se queja del exceso de tráfico en las carreteras, es culpar al gobierno de la falta de ellas; o bien observamos un maltrechado río, arremetemos contra tal o cual empresa, y al gobierno por no hacer nada por impedirlo; o cuando llegan cientos de pateras a nuestras costas: ese gobierno, que no lo evita, esos bosques, que tanto se queman, que tan sucios se encuentran; nuestras calles, con tanto humo, con tanto ruido, con tanto pobre, tanto negro. El gobierno, el vecino, este, el otro, pero nunca nosotros, ¿verdad?

Pero lo cierto -repito-, es que somos nosotros los que vamos solos en el auto, tiramos colillas por la ventanilla, compramos en el top-manta, contratamos negros sin papeles, tiramos nuestra mierda en la calle, nos agarramos la bolsa cuando pasamos al lado del negro que antes contratamos, juzgamos, impedimos y rechazamos, y todo por la más pura de la ignorancia. Esa que nos impide de ver que si, lo que haces si cuenta, que da lo mismo si no va a notarlo nadie más, en este mundo naces, comes, cagas y mueres solo, y si a nadie más le va a importar, joder ¿y qué? Que te importe a ti por lo menos, que te importe saber que haces lo que piensas, por no darte cuenta un día, al levantarte, que eres un puto hipócrita que solo dice lo que está bien decir y hace lo que los otros hacen. Pero el problema quizá resida en la ignorancia.

Si quieres ser diferente empieza por pensar íntegramente, con honestidad, algo muy al desuso en estos tiempos. Empieza por decirte cada día que no sabes nada: oí en algún sitio que sabe quien piensa que no sabe, pero en nuestro tiempo todos nos creemos poseedores del don de la sabiduría: sabemos que esto es así, y punto.

Sin embargo, aún no es tarde. Simplemente somos víctimas de nuestro entorno. El hecho de no saber que somos unos hipócritas es fruto de la epidemia del engaño, esa que lastra a nuestra sociedad. Así que si hasta hoy no te diste cuenta que más bien haces poco de lo que podrías hacer, y menos de lo que dices profesar, probablemente no tengas tu la culpa, sino el engaño que te envuelve.

¡Atentos a él!

Break point*

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6/8/07

Inesperadamente, y más que otra cosa, de un modo indeseado, a veces suceden cierto tipo de experiencias que, una al lado de la otra, y debido a veces a la proximidad temporal entre ellas, además de su propia naturaleza similar, no hacen menos que provocar nuestra reflexión, cuando no nuestro fastidio.

Solemos nombrar casualidades a este tipo de sucesos. En primer lugar por la sorpresa que a ellos viene adherida; también por la aleatoriedad que puedan traer consigo, debido a la dificultad de encontrar en ellos una secuencia lógica que nos permitan conocer el camino que siguieron hasta suceder. Lo desconocido, en resumen, lo incógnito, lo misterioso es lo que provoca que las casualidades nos agarren a destiempo y nos susurren: ¡ey! Por aquí… O escribir estas líneas…

Pero lo casual, como las sorpresas, se vuelve inevitable cuando la punta de hilo que distinguimos entre todo el mar de sucesos corrientes empieza a ceder, y tirando de él, logramos alcanzar aquello a lo que viene atado. Que duda cabe, que precisamente alcanzar ese lugar, que desvela todos los interrogantes que surgen a medida que lo casual se vuelve inevitable, es precisamente el camino más difícil de seguir, por la cantidad de puertas falsas y regresos imposibles que se intuyen a nuestro paso, y motivo asimismo de la permanente disputa conceptual de algo tan cultural, filosófico y espiritual como las casualidades.

Hace una semana perdí algo levemente molesto de perder. Hace cuatro días un pendiente de forma lunar, en cuarto menguante, desapareció sin dejar rastro. Ayer, fatalmente, mi cerebro artificial, pero tradicional, es decir: mi libreta, la que siempre llevo conmigo, la que permite que acceder a mi memoria sea a veces algo instantáneo, decidió borrar de mi vida, por medio del extravío, estúpido y cruel, todo lo que en ella iba anotado.

Más allá de la decepción y la melancolía que pudiera arrebatarme mi felicidad creciente, esos sucesos corrientes adquirieron la categoría de casualidades impertinentes, y me dieron la posibilidad de explorar en los destinos de los hilos atados a la incógnita.

La reflexión primordial del concepto de casual que acude a mi, se deduce como sigue a continuación: la primera pérdida, superficial y poco trascendental, me avisaba de la segunda, algo más sustancial, y aquella de la tercera, la que realmente importó y dolió. Otra reflexión, de marcado acento catastrófico, y de la cual no quiero vivir, pero que tampoco puedo despreciar, es la que me cuenta que otra pérdida mayor está aún por llegar, y que por tanto, el momento del aviso así lo predijo. De todos modos, y esa es mi conclusión final sobre lo casual que permanece incógnito: si en las tres pérdidas anteriores poco pude yo hacer, a pesar de la idea recurrente que implícitamente existió un leve cambio de rutina que pudo en ellas influir, no puedo más que aliviar mi angustia -literaria más que real- arguyendo que si la pérdida mayor realmente existe, ésta es del mismo modo inevitable.

Aunque se me ocurren pérdidas conscientes, probablemente evitables, pero no,…esas no. Si sé que voy a perder algo y no hago nada por evitarlo: ¿lo estoy realmente perdiendo? ¿O simplemente prefiero que siga todo otro rumbo, quizá también inevitable?

Casualidades.




*Solo por la imperiosa necesidad de escribir sobre lo que prosigue se omite la continuación de la serie iniciada anteriormente y que gira alrededor del concepto de hipocresía humana.

Hipocresía crónica (Introducción)

1c

22/7/07

Intuyo, de ese modo no tan primario como suele creerse, que muchas de esas hojas oficiales, habrán tratado ya el tema de lo que en mi común sentido, defino como hipocresía humana. Cierto también que no por el simple hecho de pertenecer a lo que viene llamándose la producción científica, deben esos textos de haber encontrado una respuesta ajustada a lo que en mi modesta realidad, la forma de la hipocresía se presenta. Aunque lo segundo no lo intuyo, simplemente lo dudo, lo científico también proviene de lo que la mente se plantea, por eso lo mío, aunque carezca de su método, no por ello pierde su sentido. Porqué esas dudas, parte adyacente de mi carácter escéptico y profusamente dialéctico, son por lo que en este preciso momento me asomo al balcón de la duda que persigue mi existencia reciente, que no es otra que encontrar las raíces de tal carácter corrosivo, que así deja que se desarrollen los desencuentros humanos, sin que una solución plausible, con ciencia o sin ella, haya mostrado signos de imponerse.

El caso concreto, sin embargo, es menos amplio de lo que algunos pretenden, más a mi entender*, el concepto hipocresía se reproduce en la mente colectiva de modos tan diversos y borrosos, que cualquier aproximación científica, en cuanto al empirismo que la utilización de este método implica (o debería), está irremediablemente destinada al fracaso. Es por ello que lo que aquí propongo es concretar una definición simple; cierta a ojos de aquellos que así quieran verla, equívoca por parte de los atónitos ante la complejidad aparente, o incompleta por tantos de nosotros que no entendemos la vida sin la permanente incógnita. De ese modo, eludiendo cualquier resolución empírica, es posible encontrar la satisfacción en una definición.

Porqué si puedo ahora defender mi primera conclusión, ésta es que no más cierta es una conclusión, si la misma no consigue englobar nuestra percepción de aquello sobre lo que pretende concluir, por mucho que el papel en la que se imprima sea el mismo que se apoderó del derecho a no mentir.

*Partiendo de la premisa que todo lo que uno traduce de su ser consciente, inconsciente o de aquello que le influye y le absorve, voy a dejar de puntualizar mis opiniones y de anotar que de eso se trata: de mis opiniones; y asumir así, por parte de todos, que aquello que aquí viene contenido no es más que precisamente eso: una opinión.


Si os dan papel pautado, escribid por el otro lado.

Juan Ramón Jiménez

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