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Day in, day out.

1c

21/3/09

1.

Sabes que nada de lo que escribes es para hoy, ni debe serlo. Aún así, el vacío que recorre tu cuerpo ante la posibilidad de perderlo, de olvidar todo lo que aprendiste y ser incapaz de crear nada con sentido, nada nuevo, ni un poco brillante o deslumbrante que te permita sentirte satisfecho, un poco menos predecible y un poco más sutil. Ese temor que hincha tu estómago de la nada más profunda te envuelve y te paraliza por completo. Esa idea y el vacío que genera te exprime, te absorbe y te consume hasta que el jugo de tu ser, cual racimo de uvas se diluye y fermenta y desaparece ante la espantosa intuición de no ser más que un pequeño e insignificante bote empujado a merced de vientos, corrientes y dioses caprichosos en el vasto océano; de estar desempeñando no más que un triste y banal papel en esta estúpida función de guión confuso y a menudo contradictorio que es la existencia humana.

El rumbo, el mar y la tristeza de un solitario pescador mientras recoge pausadamente su red agudizan esa sensación. Allí a lo lejos, dibujando una nítida silueta donde el horizonte se pega al cielo, rojo y amarillo atardecer y azul, mostrando todo su esplendor antes de teñirse de negro, el solitario pescador prepara la vuelta a tierra. Parece tranquilo rodeado de un mar calmado. Emprende la marcha dejando tras de si la estela del rumbo, el ronsel gallego que se pierde y desaparece entre la agitación del atardecer, entre esos mundos que se cruzan al esfumarse la luz, aproximándose y de pronto alejándose en una mutación cíclica, sin fin. Es quizá esa sensación de algo que se extingue lo que provoca esa tristeza en mi.

Entonces, ante el temor de verme envuelto de nuevo en la oscuridad de la incapacidad, del enésimo desconsuelo del amor, lanzo un grito desesperado hacia mar, hacia el pescador, que parece incluso escuchar: ¡Déjame descansar, vida! Deja que me detenga un minuto aquí, encima de las rocas del rompiente; a oler el sabor del mar, a probar el aroma de la sal que las olas furiosas de mi alma al golpear me alcanzan. Solo hoy, solo unos días más, pero déjame respirar. Me siento ahogado, perdido, sin rumbo. No quiero pensar en todo lo que pasó, en lo que salió bien o en porqué salió mal; en lo que hay detrás de mí ni en lo que dejé o en lo que ya no quiero más.

Déjame por qué quiero cerrar los ojos y encontrarme bien, junto a ti, junto al triste pero tranquilo pescador, tomando unos pinchos de tortilla, bien hecha, no cruda, como te gusta. Sorber hasta la última gota de sidra y escanciar más. Abandonar el coche en la cuneta y huir a pie corriendo por el monte; subir por Igeldo y bajar hasta encontrar la Concha, cruzar la orilla absorbiendo el mar por los tobillos, librar una carrera al más veloz y remontar hasta Jeizkibel; andar, sentirme libre empaparme de sal y reír. Reencontrarme con los balidos de las lanudas ovejas en las verdes y húmedas vertientes, observar esos dos caballos cepillándose la crin, y pasar junto aquél taxista pagando por sentirse aliviado de su frustrante vida sexual, de su frustrante vida; sentirme yo bien y no extraño ni engañado ni ausente de magia entre los dos.



2.



Por la radio, en el transistor se escuchan gritos desesperados… Day in, day out, day in, day out, day in, day out…

Y Así, cual Ian Curtis bipolar, tratando de olvidar. A cientos de quilómetros. A pocos días. Catapultado hasta los barrios obreros de la Manchester post-industrial, nada de Igeldos ni ovejas ni dulces caballos amorosos, nada de tristezas; ciudad de adosadas de ladrillo rojo que un día estaban, al siguiente eran demolidas y al otro reemplazadas por enormes y monótonos bloques futuristas de hormigón gris. Al año ya eran cárceles, cárceles de obreros, donde el más posible de los futuros terminar explotado y enfermo por el humo tóxico de la fábrica donde te arrancarían el alma. Barrios cultivos de pesimismo, hartazgo, drogas y punk. Nidos de jóvenes sin futuro, rebeldes cuyo único pensamiento era cerveza y los Sex Pistols.

Day in, day out,…

Pero la oscuridad, como la noche, no se concibe sin la luz, sin el día. La esclavitud: sin la liberación. Y las letras y la voz y los movimientos ezquizoides de Curtis, con tan solo diecinueve y casado y esclavo y libre a la vez, apostando los ahorros; una leyenda. Por el amor, por algo mucho más etéreo que el hollín de las chimeneas, pero mucho más valioso, más puro. Y se elevan hasta lo más alto; pureza fruto de la rabia, de la indignación y la ausencia de futuro. Y ya son un mito. Eso es Joy Division. ¿Y yo? ¿Qué soy yo? Preocupado por engaños publicitarios, un ego insaciable, un amor imposible pero real y poético; respuestas conocidas, preguntas repetitivas. Desviándome de mi eje vital, de mi esencia, de las razones que me condujeron hasta aquí.



3.



Por mi ventana puedo ver como los días se alargan y la oscuridad pierde terreno. La luz, mi luz, a cada momento más diáfana, ilumina la habitación mientras escribo, por fin, mientras hablo y reencuentro una alma transoceánica; hermano misteriosamente perdido en rumbos cruzados, mares profundos donde es imposible distinguir entre la nada y algo, y bosques oscuros en los que incluso el más valiente de los lobos teme cruzar.

Hablamos de todo lo que nos sucede y de nuestra existencia y de los más elevado y lo más banal, de los recuerdos que nos unen, de los amigos de lo que importa y de lo que debe dejar de importar. De cómo me siento por Blanca, esa Blanca que me hace gritar Digital (day in, day out), de lo estúpido y cruel del amor y de lo cierto y fácil que parece todo ahora que hablamos.

- Fíjate bien en esto. Es el mejor bourbon que jamás probé. Es dulce y delicioso. Lo traje de Texas.

Y acerca la botella, a miles de quilómetros de distancia y puedo leer Maker’s Mark en la etiqueta, y puedo intuir el suave y afrutado aroma que desprende.

- Deja que lo apunte, preguntaré al tipo de la bodega –le digo, consciente que lo haré.

Entonces proponemos compartir un poco de maría. Expandir nuestras mentes. Así que nos liamos un porro, yo bajo la luz anaranjada del atardecer y tu ante la claridad de la mañana bonaerense. Y lo encendemos y seguimos conversando, tu en tu día y yo en mi atardecer, mientras nuestros biorritmos siguen trabajando, coordinándose.

Un bondadoso cosquilleo empieza a recorrer de los pies hasta las abatidas neuronas. Nos reímos y miramos a los ojos.

-¿Cuánto tiempo hacía que no hablábamos? –me interrogo sorprendido, frunciendo el ceño, incrédulo ahora-. Parece imposible que olvidara lo mucho que te necesito, la importancia que tiene para mi lo que piensas, lo que dices. Siempre fuente de inspiración...

La hierba en nuestra mente empieza a hacer efecto, y nosotros seguimos con aquello que nos duele por dentro, con lo que nos preocupa. Y nos reímos de ello.

- Al fin y al cabo, siempre son las mujeres –le digo, convencido.

Y nos hace gracia. Curiosamente, por algún extraño condicionante humano, siempre queremos a la mujer que no nos quiere, o a la que no nos quiere suficiente o nos quiere de un modo que no somos capaces de comprender. En cambio despreciamos las que nos adoran. Imagino que es algún tipo de penitencia por las veces en que no correspondemos, por el daño que hicimos y es una cuestión de equilibrio. O quizá es demasiado improbable encontrar a alguien que quiera compartir, en este preciso y delicado instante, el mismo camino el suficientemente tiempo y al ritmo correcto para que ninguno de los dos se sienta cansado o quiera detenerse a descansar o apartarse de ti y tomar otro cruce. Maldito pasado ¿por qué nos condiciona de tal modo?

- Hay que ser como los niños –entona convencido Japhy. Da una honda calada, retiene el humo unos segundos antes de dejarlo escapar lentamente, y sigue:

- Los niños aprenden jugando, y lo hacen sin ningún tipo de idea preconcebida. Descubren por ellos mismos. Asocian ideas y crean conceptos de la nada, son limpios y puros y no temen nada, porqué no conocen el temor.

-Hasta que les hacemos temer.

-Exacto. Y desde aquel instante ya empezamos a estar contaminados – resuelve-. A partir de ahí todo es desconocido pero a la vez está condicionado por lo que viviste antes.

Eso me hace pensar en la historia que una amiga me contó hace poco. Estábamos en un bar y de pronto empezó un partido de fútbol en la televisión. Inevitablemente mis ojos empezaron a desviarse en dirección al aparato, con lo cual, ante el temor que se enfadara (o quizá por hablar de algo), empecé a hablar de lo mucho que interesa el fútbol, de lo mucho que atonta a la gente y la cantidad ingente de páginas de periódico y minutos de televisión que llena. Resultó que ella odiaba ese deporte por culpa de un exnovio adicto: “El sábado tenía partido por la mañana y claro, iba a verle. Por la noche quizá había cena con los del equipo de fútbol y el domingo más fútbol por la tele. Y encima me hablaba de su equipo, compraba el periódico deportivo y me hablaba de los fichajes. En algunos momentos pensé que nuestra vida era solo fútbol, fútbol y fútbol. Llegó a ser insoportable”. Me dio verdadera lástima y no extrañé que acabara por dejarle. Dios, por suerte el fútbol es solo una pequeña parte de mi. “Mi padre también es así. Antes, teníamos un perro que cuando veía la televisión de color verde salía corriendo y se escondía”. Esa es la historia. “Supongo que sería el jaleo que armaban cuando veían un partido que el perro asoció el verde con gritos y locura y jolgorio, y se asustaba”. A Japhy eso también le hace gracia.

- Puede que los niños sean un poco como ese perro…

- Si, crear miedos a partir de ideas asociadas a algo indeseable. Me gusta -digo, en tono trascendental.

- No está mal la hierba, no –responde riéndose-. No sabes lo que echo de menos a las mujeres de allí…

- Bueno, no te quejarás -replico, consciente que para él conocer mujeres nunca fue un problema.

- Así es, amigo mío. Aquí las mujeres están todas relindas, cierto; se cuidan un montón ¿sabes? Van todas al gimnasio y todo eso, pero es difícil encontrar una buena conversación. No sabes lo que es. Y nosotros necesitamos eso también, sino terminas por aburrirte. Además, tu sacás una mujer a cenar y se ofende si pretendes pagar a medias. Todo está como antes, no lo puedo creer…y lo caro que te sale salir con una.

- De hecho –le interrumpo, riéndome al imaginarme a Japhy ante esa situación-, luego cuando te cases te harán la cena y te traerán cerveza mientras estés viendo el partido ¿no?

- Si…y se sentarán de rodillas frente tuyo haciéndote la pija.

- Y el perro escondido debajo la cama.

- ¡Pero no por los gritos del fútbol!

Entonces, entre carcajadas, con el dedo índice levantado, una mirada pícara y una sonora risa que se expande por las dos habitaciones, con sus luces dispares, hasta llenar todos los rincones de ambos lados del planeta, llenos de libros y fotografías y hasta un dibujo copiado de Banksy, nuestras almas se encuentran en pleno proceso de fusión.

Es en este preciso instante, entre risas contagiosas, cuando los miles de quilómetros literales que nos separan se diluyen y puedo incluso tocarle y beberme su bourbon y olerlo; sentirme completamente renovado, inocentemente feliz, consciente de la importancia y la vigencia de nuestro vínculo. Y esa enorme fuerza de atracción magnética me permite olvidar todo el sufrimiento y obcecación estúpida que estos días estuvieron persiguiéndome, verlo todo más liviano compartiéndolo y sentirme feliz de nuevo.


4.


Hoy al mediodía comí en el centro rodeado de monopatines y chicos jóvenes tomando el sol y mayores hablando y mostrándose como si fueran modelos; todos guapos todas guapas. Fui a esa pequeña tienda japonesa con su pequeña dueña japonesa y me pedí el vegetal y los palillos y me lo comí de vuelta allí sentado; primero a la sombra que se estaba bien y luego al sol que ¡oh! ya calienta y mucho. Qué rollitos, que arroz qué fideos yakisoba y ¡qué mujeres! Me llenaba de fideos y del sol y de todas esas mujeres y hasta estuve a punto de tirarme a los pies de una increíble morena de pelo corto y andar elegante que pasó cerca de mi y me miró con sus ojos verde claro que recorrieron todos los rincones de mi corazón hasta desnudarme y desarmarme por completo. Me pareció sencillamente ideal, con un estilo inigualable, y sentí que leía también en su alma y podría pasar el resto de mi vida a su lado si me lo pidiera, tener muchos hijos y luego una feliz y tranquila vejez y poder morir en paz, satisfecho, pleno, junta a ella. Luego se fue y no la veré nunca más y te sigo queriendo a ti pero la primavera ya está aquí, la ciudad bulle de gente y la alegría salió a las calles de nuevo. Así que ¡demonios! Voy a dejar de torturarme más y aceptarlo de una vez. ¿Dónde está el límite de mi insistencia? ¿de mi cabezonería? Siento que la poesía se esfuma entre la niebla como el puente de Getxo, que no se deja encontrar. Todo lo mágico deja de brillar y hasta sufrir me parece demasiado esta vez.

- Empecé uno de los libros que me dejaste prestados. De hecho empecé como cuatro libros desde que terminé a Fante y no logré engancharme a ninguno. El otro día, a la vuelta del norte me dije “tienes que volver a ellos”. No pude resistir más y entré en la Central y fui directo a la sección de narrativa anglesa traduïda y después de echar un vistazo rápido fui directo a la K, compré los Vagabundos del Dharma y empecé a leer.

Japhy y yo, yo y Japhy estábamos fumados por completo. La conversación entre nosotros era también hacia nosotros. Las palabras empezaron a salir de mi y vi lo que yo sentía reflejado en ellas. Le hablaba pero me hablaba a mi y me escuchaba y me entendía.

- Y ya estoy terminándolo. Él ha encontrado el budismo y olvida por momentos la tristeza y el alcohol. Con su amigo Japhy, como tu, que es un auténtico bodhisattva, la vieja madre de la tierra, un auténtico vagabundo del dharma, deciden que deben subir al Matterhorn pero no el de los Alpes sino el californiano y antes de llegar a la cumbre, después de dos días subiendo y durmiendo al raso compartiendo el saco bajo un asombroso cielo estrellado, a unos trescientos metros Ray no puede más y cae rendido al suelo respirando entrecortadamente por la altura y el cansancio y dice: "¡me quedo aquí!" Con lo que Japhy replica: "¡vamos Smith, solo quedan otros cinco minutos." Pero sus fuerzas no dan para más. "Me quedo aquí ¡Está demasiado alto!" Y Japhy sigue sin decir nada. Entonces Ray se acurruca en el suelo y se pregunta por qué tenemos que nacer y solo por eso nuestra pobre carne queda sometida a unos horrores tan terribles como las enormes montañas y las rocas y los espacios abiertos.

La pasada noche soñé que estabas conmigo pero todo era muy extraño ya que todos me hablaban menos tu y me decían “¿no lo ves? No te hace caso”, pero yo no podía darme cuenta y te miraba y no decías nada; tu cara reflejaba inexpresividad pero no podía reprocharte nada. Luego me desperté y me quedé sentado en la cama pensando en el sueño. Me sentía extraño y solo entonces recordé lo que Ray piensa cuando ya no puede más y decide tumbarse exhausto en el suelo a solo trescientos metros de la cumbre del Matterhorn, después de lamentarse por no poder llegar hasta el final, y es un famoso dicho zen que le tranquiliza y le da fuerzas para la vuelta que reza: “Cuando llegues a la cumbre de una montaña, sigue subiendo”. Y aunque Ray nunca llega a esa cumbre, si es capaz de intentarlo y casi lograrlo y con ello superarse. Comprende que no es necesario llegar a la cumbre para sentirse satisfecho. Es más, comprende que las cumbres no existen si lo más importante es seguir subiendo. Pase lo que pase, no te detengas nunca.


Nulla die sine linea


New Order

2c

6/11/08

Te rondan por la cabeza estructuras mundiales que dominan por completo mentes ilusas. Esos que llaman del grupo Bildelberg; líderes de gobiernos y de las finanzas que se reúnen cada año y mientras beben y fuman -y no quieras saber qué cosas más- deciden las sucesivas acciones que les permitan alcanzar su único y verdadero objetivo: el poder absoluto.

Pienso eso hablando de otros tiempos, unos que parecen ya muy lejanos y más que nada ajenos. De las universidades y de compañeros de piso psicomaníacos, a los que te encuentras por el camino y desaparecen, conoces y quieres (u odias).

Así llegamos a Zeitgeist, ese increíble documento que nunca verás en los periódicos, rechazado e ignorado por los medios. Claro, los medios que ellos mismos controlan, los que si se aceptan y tienen alcance. Pero ya no importa más... ¿a quién le importa? ¿Nuevo Orden mundial? Pues bien, mientras no desordenen demasiado el mío, que hagan lo que quieran con el suyo. Total, mejor el FMI que no el Parlamento Chino. Mejor Disneylandia que Dubai, el Vaticano a la Meca! No merece nuestros mayores esfuerzos luchar contra lo que ni siquiera sabemos qué es exactamente, qué forma toma o en quien se plasma. De acuerdo: Capitalismo multinacionales intereses deuda especulación. Quizá incluso merezca nuestra vida. Pero ¿en qué forma se nos aparece todo eso? No voy a hacerme asceta. Por otro lado: Privilegios. Estoy aquí, sentado frente un ordenador que vale lo que para aproximadamente la mitad de la humanidad significa un año de su sueldo ¡y todo lo demás! Ya sabéis...¡todos sabéis! Pero nadie está dispuesto a hacer. En el fondo tenemos conciencia de grupo y aquél más extenso en el que te identificas es en la civilización, puto occidental. No vas a permitir que te quiten derechos en beneficio de otros ¡maldito egoísta! Desde Jesús a la Reserva Federal que te la están metiendo doblada y tu sigues creyendo que vas a salir bien parado, aceptas que te metan solo la puntita, con tal no te la metan entera. Pero lo cierto es que por tu cortísima memoria -ellos llevan anotando todo desde siempre- no te das cuenta que algún día, como les sucedió a tus abuelos y antepasados, incrédulos y fieles, patriotas y rebeldes, cuando menos te lo esperes vendrán y te dirán: ves lo que hay ahí fuera, lo que ves cada día, pues olvídate de todo porqué a partir de hoy todo eso ya no existe. Y por cierto: mientras te agachas sujétate fuerte por qué te va a doler.

Y entonces me pregunto qué cojones de absurdidad monumental es esto... Nada tiene ningún sentido. Elegimos algo por qué debemos elegir, lo que sea. Nos montamos toda una estructura mental para justificar las decisiones que tomamos y después, un día cualquiera, percibimos lo que es el principio del fin. Al siguiente día ya no crees nada de lo que creíste por la noche y todo se ha desvanecido. Múltiples fuerzas te absorben y succionan, primero la piel, luego los órganos, los huesos y por último lo que te queda del alma. Y ya eres aquél que siempre quisiste ser. Completamente aquél Insatisfecho, rechazas a Zeitgeist y las teorías de la conspiración por un nuevo orden mundial, te asomas a la ventana y quieres primero, antes que nada, encontrar la respuesta a tu propia locura, la que irremediablemente crece junto a la ajena. Entonces decides que hoy vas a ser un revolucionario pero que el resto del año vas a intentar apañarte con lo que hay, que no es mucho.

Así que piensas que es estúpido ser idealista teniendo un trabajo estable y facturas. Bodas, partos, encerronas del banco y escapadas sanatorias de fin de semana y congestión a la vuelta no perciben siquiera el significado de esa palabra. Es rematadamente fácil ser estudiante y salir a la calle a gritar y no beber la chispa de la vida. Cuando te agarras a la enorme rueda en que a fuego hay gravado “Sociedad global”el único deseo que asoma por tu angustia es no morir aplastado por ella. Pero eso no es lo que venía a decir: Quiero que alguien del futuro, con su nave intertemporal, aterrice a mi lado y me susurre la Verdad al oído. Que después de hacerlo se acerque a ese imbécil que se llena la boca de palabrería y le muestre como él mismo, dentro de veinte años, estará dando de palos a los que ahora son como él desde una cómoda silla en un decimotercer piso. Y le dirá: “Lo mejor de todo es que entonces no serás consciente de nada de eso. Lo único que te importará será el jodido euribor y los pañales para tu hijo cagón”. Ni por asomo va a plantearse si es o no es feliz. Solo lo hará si algún día ese lunático que nunca dejó de ser estudiante ni idealista es capaz de dar por el culo a su país entero, porqué los pobres son pobres pero son muchos y también están locos, así que no dudéis, por mucho que rechazéis a Zeitgeist y a las teorías de la conspiración, os lamentéis de Bilderberg u del capitalismo radical, ese otro malnacido disfrazado de negro, musulmán, indígena, conseguirá finalmente la llave de tu casa, entrará y te dirá: “ves todo lo que hay aquí a tu alrededor, pues vete olvidando de todo porqué ahora es mío. Fuera de mi vista maldito miserable”. La rueda te estará entonces aplastando. Y sí, a ser hijos de puta sabemos jugar todos, por lo cual ahora mismo solo nos queda algo: hacer como que no oímos, no vemos, no sentimos nada. Y lograremos sobrevivir.

termitas

1c

28/10/08

Todo debía ser aquel día. mientras veía sus hombros agazaparse para evitar mojarse sabía bien lo que ocurriría. hablábamos y hablábamos de aquel silencio. paró el reloj de girar y girar como nunca hasta aquel entonces había dejado de hacer, infatigable siempre sobre si mismo. grano a grano fuimos derramando los sueños de nuestro amor que de tan maravillosos tan increíbles parecían entonces. el reloj dejó de moverse a nuestro alrededor y de él arena empezó a caer, a irremediablemente vaciarlo todo. desvaneciendo los espejismos de la hipocresía, tomando conciencia de las palabras ocultas que amenazantes nos sobrevolaban, pidiendo ser dichas, aunque solo por compasión fuera. escondidas ya detrás de silencios que incomodaban y empezaban a ser insoportables (porque sabíamos lo que en realidad reprimían). gritos de auxilio y terror que emanaban angustiosos, incapaces de mutarse en sollozos de sinceridad. incapaces los dos estúpidos cobardes de mirar más allá de aquella extraña solución que nos envolvía en un manto de silencio, fruto del miedo a encontrarnos solos en el desierto. mientras tanto llovía y llovía dentro de aquellos muros que las palabras construyeron diáfanos y que el silencio, grano a grano incesante como la lluvia como ávida termita había empezado a desgastar, había empezado a corroer. convirtiendo el sudor del esfuerzo en arena, en desierto, aquel del cual ilusamente pretendíamos escapar.

El poema optimista

0c

19/9/08

Esta noche quizá camine, quizá hable con la noche…

de los días de caos que me acosan
de la inexistente calma que ansío
y de una respetable ciudad que succiona
en agradables calles que rebosan:

de destellos de regularidad pasmosa
y cabellos tráfico enredos
en giros de cabeza rutinas
que amas como cualquier cosa.

Y es que,

veinticuatro escasas horas dan
para cinco horas de sueño
ocho de aire viciado y pantalla
y algo que sabe a poco entre uno y ello.

quizá la noche hoy me hable y me distraiga…
hoy es el quinto día, me levanto y a ver que pasa
de todos modos nada creo que caiga.

Acné suicida

0c

12/6/08

- Qué calor que hace -se lamenta Rogelia-, si la semana pasada llovía y parecía que el verano nunca iba a llegar.

Si la inconformidad permanente fuera un don, Rogelia sería muy afortunada. Allí sentada al sol, tomándose su cortado de cada tarde, no tuvo su mejor levantar, y a pesar de tomarse el día libre (una de las ventajas de su trabajo), no parece que la mañana le fuera muy positiva. A su camarero C, por ejemplo, lo había hecho volver después de haberles servido (después de haberle hecho esperar antes mientras resolvía la duda de qué pedir –aunque pidiera siempre lo mismo):

- ¡Tráeme un vasito con hielo cariño! -Le gritó con un dedo en el aire.

- ¡Buff! No puedo soportar estos cambios bruscos, me alteran el metabolismo y me estresan. Esta noche tuve un sueño rarísimo donde alguien me decía llorando que mi padre había muerto…me entró un mal rollo. Tuve que llamarle a las seis de la mañana…

- Venga ya Rogelia: Qué metabolismo ni que narices. Primero pedías lluvia –replica E sin dejar de hojear el periódico, sin menospreciar la opinión de su amiga, pero sin sorprenderse nada-. A los cuatro días ya clamabas por un poco de sol, y ahora te quejas de lo uno y de lo otro. Lo tuyo es quejarte corazón –sentencia.

- Tío no seas plasta. Ya sabes que yo soy muy sensible –dice mientras estira los brazos y goza con un enorme bostezo, esos que se aparejan con todos los músculos del cuerpo y producen un extraño efecto relajante posterior-. Mi cuerpo está hecho para climas suaves –dice, continuando con sus estiramientos como si acabara de levantarse-, sin demasiadas alteraciones ambientales, y con todo eso del cambio climático y la crisis y todo aquí ya no sabe uno lo que va a encontrarse. No sabes si ponerte la chaqueta o las chanclas, llevarte las gafas de sol o el paraguas, o quedarte en casa para no gastar. Se está convirtiendo todo en un rollo...

- Si amor, por eso estás tan estresada aquí en la terracita con este sol tan rico. Lo que haces cada tarde, en definitiva. En un par de días se te pasa, ya verás. Escucha lo que acabo de leer: “Uno de cada veinte afectados de acné piensa en el suicidio”. Y dice que ocho de cada diez españoles padece acné en algún momento de su vida. Eso significa que -levanta la cabeza, haciendo ademán de calcular-. Eso significa que unos siete millones de españoles han pensado en suicidarse. ¡Increíble!

Remueve un poco su taza de té y lo prueba.

- ¿Estás pensando tu en el suicidio?

E suelta esa impertinencia (o esa irónica interpelación) sin inmutarse en absoluto, con los ojos escondidos detrás de sus gafas y con la cabeza agachada en dirección a las páginas del periódico. Solo un leve levantar de cejas insinúa un rápido vistazo a la reacción de Rogelia.

- ¿Insinúas que tengo acné? –suelta ofendida, cruzándose de brazos-. No pretenderás que a mi edad un par de granitos puedan considerarse acné…menudo sinvergüenza estás hecho.

Un atractivo chico, de esos que aparentan no importarle su aspecto (pero que por supuesto si les importa), pasea a su perro "snob" por la plaza. Los vecinos de Rogelia (los qué ladran a las ocho de la mañana cada domingo) corretean ansiosos después de salir del cole, dando patadas al balón, obligando a las palomas a usar sus reflejos para esquivarlo, mientras una viejecita se empeña en hacer entrar una colilla por la alcantarilla (sin duda su posición nada erguida que el paso de los años le fuerza a tomar la invita a mirar constantemente el suelo. Puede que las colillas la molesten demasiado como para dejarlas allí. O puede que no tenga mucho más que hacer. O que se sienta mejor haciéndolo. O que al mismo tiempo que todo lo anterior esté pensando en el imbécil que la tiró –o en el que fuma cigarrillos-). Solo es ahora que los críos interrumpen el silencio de la plaza, hasta entonces todo eran murmullos y pajaros charlando distendidamente en los centenarios olmos. La plaza a esa hora empieza a llenarse de gentes que acuden para sentarse y charlar o tomar el sol o hablar o todo esto y lo demás en una tarde tranquila, muy tranquila (como la mayoría), y que hace imposible que la conversación de E y Rogelia acabe en discusión. Más porqué E y Rogelia llevan una vida sosegada. Más porqué se quieren y no necesitan desahogar sus malas energías el uno al otro (porqué no las tienen) Una vida que dentro de lo que les ofrecieron, supieron escoger bien.

- Bueno –habla por fin E, después de unos minutos en que siguió leyendo el periódico, olvidaron el comentario y ella se dedicó a observar a su alrededor, a sacarles la lengua a los vecinitos y a preguntarse sobre las aficiones de la ancianita-, yo pienso en el suicidio muchas veces, aunque lo pienso y lo olvido al instante.

- Si, qué chorrada -añade Rogelia rizándose los rizos-, con lo avanzada que está la medicina hoy en día: la de buenos tratamientos que debe haber para el acné...¡Gracias guapo! -dice guiñándole el ojo a C mientras le traé el vaso con hielo-. Estaba a punto de morirme del calor. Me lo echaré por encima a ver si me pasa.

Entonces sus miradas se cruzan unos segundos y progresivamente, rehuyendo los ojos del otro pero inexplicablemente volviendo a encontrarse, su expresión neutra va transformándose en una leve sonrisa hasta que, conscientes de la absurdidad de todo y la relatividad de las cosas y de la conversación que acaban de tener y de aquellos lenguajes que solo entienden ellos o que incluso no comprenden pero adoran, no son capaces de soportarlo más y empiezan a reírse desembocando en una orgiástica representación: descompuestos por los suelos, atrayendo la incrédula mirada de quien les rodea. Algunos pierden la atención en ellos, otros empiezan a reírse con ellos, así, sin más.


Guerras, taxistas y pepinillos

1c

3/5/08

El control del subconsciente incita a la subordinación
de las mentes, sino, díselo a mi gato.

Rebuscando en la despensa algo con lo que saciar un incipiente apetito, el tarro de pepinillos –que entonces ya tenía entre manos- hizo que me acordase de aquella historia tan singular que hablaba de un tipo que el día en que se levantó con la polla tan pequeña como un pepinillo su mundo se vino abajo. Forjado donde las virtudes se expresan en centímetros, ese grandullón pasó a ser chiquitín y los días, como los pepinillos, con vinagre algunos y agridulces otros tantos. Tal era la constelación de perjuicios que su diminuto instrumento acarreaba con el mero hecho de su existencia, que sin más preludio, un día no pudo soportarlo un segundo más y ¡zas! Cortó en seco. “Ya está –dijo con el culpable entre sus toscos dedos-. Problema resuelto”.

“¿Qué capullo verdad? -pensaba mientras observaba uno de esos pepinillos-. No entiendo en qué resolvería cortarse el pito sus problemas –y le daba un mordisco-. Un tío sin polla. ¿Qué solución es esa?” y seguí saciando mi apetito.

Por aquel entonces no comprendía nada. De pronto, como intentando buscar respuestas, saqué mi pene y lo miré; estuve un rato reflexionando. Si, era cierto, le tenía un aprecio especial; me importaba, sentía que era mío, parte de mi. Pero nada más: estaba ahí, cambiaba de tamaño, tenía días tontos y otros menos, como todos, pero seguía siendo el mismo. Seguía siendo yo.

Ahora lo pienso y sigo sin comprender tal historia, más soy consciente que el orden de lo inaudito está más cerca de lo que creemos. Y si un tarro de pepinillos puede saciar mi apetito y transportarme a historias imposibles, cortarte la polla y creer que así resuelves tus problemas puede ser perfectamente posible.

Paseando por esas calles homosexualizadas del Eixample, un yanqui de blanco que repasó mi figura de arriba a abajo hizo acordarme que el gobierno de su país ideo hace algún tiempo una bomba “gay”. Si, si: una puta bomba “gay”, la llamaron. Supuestamente, tal artefacto liberaba un tipo de gas (o feromonas o qué coño sé yo) cuyo efecto, al ser inhalado, incitaba a los soldados a dejar las armas y a meterse al trapo, o al trabuco, para emplear un lenguaje más castrense. Entonces era el momento del contraataque, con las tropas se supone que de festín singular en tierra de nadie. Resultó ser un fracaso. No tengo ni idea de por qué, pero imagino que la incomodidad del campo de batalla, entre barro, trincheras, alambre de espino y los capullos del otro lado mirándote con prismáticos echaban más para atrás que no el jodido gas afrodisíaco. O quizá más bien todo lo contrario: que el efecto del gas les resultara contraproducente ya que al sembrar tal cantidad de desenfreno entre las filas enemigas, éstos volvíanse, debido al roce propio del acto mismo, un grupo más unido y por tanto más difícil de vencer. “Eso les debe ocurrir a los gays, por eso crean sus propios guetos y montan hoteles para, tiendas de, viajes con, fiestas por el…”, pensé yo. Aunque si ese fuese el caso, tengo por seguro que a buen recaudo tendrán guardada la fórmula estos yanquis, no vaya a esparcirse tal semilla y San Francisco, Mikonos o Barcelona (con el hotel Axel al frente) se rebelen contra el imperio de lo hetero, o peor: no vayan a terminarse las guerras por contagiar el mundo entero con el deseo de fornicar a todas horas, con todo dios.

¿Qué demonios le pasa a este mundo de tarados mentales que secuestran a hijas y se las follan y tienen hijos con ellas y se las siguen follando y subyugando y torturando? Mierda, que los taxis echen gas follador por los tubos de escape, incluso así los taxistas puede que algún día conduzcan bien, y nos dejemos de guerras estúpidas por la cola del pan o las muestras gratis de paté de jengibre.

Pero no, las guerras, como los tarados, seguirán existiendo. Lo menos contraproducente, en este caso, es no tenerla demasiado grande, no sea que algún día te digan que no es tan grande como creíste, y estar lo suficientemente tarado como para no entenderte algunas veces, pero no tanto como para llegar a cortarte tu pepinillo. Tío: no pasa nada por tener un pepinillo chiquitito, tu hija no merece ser secuestrada y violada durante veinte años por eso. No va a solucionar tus problemas. Mejor acéptalo y dedícate a chuparlos si acaso, cabrón.

¡Silencio!: jornada de reflexión

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7/3/08

El tiempo lo marcaba el café que tomaban. El movimiento circular de la cucharilla y el repicar en la cerámica marcaron el tempo que les balanceaba. Ese sonido: pura perfección aleatoria. Ciertamente no había lugar para la duda: hablaban de ellos mismos. Cada cual exponía su propia experiencia en cada uno de los argumentos. Piensan que son íntegros, pero ni entonces lo eran. En una tarde nublada defendían seguir, en la siguiente sale el sol y prefieren quedarse. Se trataba de la condición humana, suficientemente maleable como para no sostenerse firme todo el tiempo. Sin embargo, convencidos de hablar verdad, se dedicaban a subrayar los defectos del otro, o de lo que el de aquí hablaba, mientras el café seguía reloj de arena a su antojo.

Tres minutos, lo que pactaron; cuatro segundos por contraplano, veintiún grados en la sala. Nadie alrededor; solo ellos, un agujero donde fijar la mirada y la verdad por delante. Su verdad. La misión es intentar convencer al mayor número de verdades posible. Eso es lo único que les interesa. Da igual lo que les pase por la cabeza, da igual que duden de lo que dicen por qué la condición humana ha sido eliminada por la voluntad de rozar la perfección argumental. La indecisión es tratada como signo de debilidad. La ambigüedad es apreciada por la amplitud de interpretaciones. Por eso no pueden ponerse de acuerdo. Nunca van a aceptar un ápice de la verdad ajena. Aunque sepan de sus debilidades, aunque sepan que uno no existe sin el otro, o más bien debido a que son conscientes de sus debilidades y a que existen gracias a uno y a otro. Se transforman en recetas morales de una ideología particular, más o menos divergente de las otras, pero con el precio que hay que pagar por ello e dejan algo más importante: su humanidad, aquella que permite la duda y el error, pero también la rectificación y la comprensión.

A ellos hablar del futuro les es imposible. Por eso se dedican a vender ilusión en turnos de tres minutos.

El café terminará por enfriarse i la cucharilla perderá su función. Entonces, hablando con el pasado, el presente les convencerá a ambos que lo únicamente cierto es que su tiempo lo decidieron ellos y que sus verdades quizá mañana sean también las del otro, o dejen de ser verdad. Sin embargo, al volver de nuevo a incluirse en el bullicio de la sociedad, hay algo que les empujará, sin más remedio, a gritar: ¡un poco de silencio, por favor!

Dicen que hoy se reflexiona. Lo que ocurre es simplemente que hoy regalan un poco de silencio.

Sex, lies and videotapes

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12/12/07

El mundo se construye a partir de estereotipos. El otro día, mientras Juan Palomo se guisaba unos macarrones, yo pensaba en la verdad que nos traiciona. Y me decía:

Los pijos hablan con la "a", los gays son exageradamente promiscuos; no conozco historia de gays sin menos de dos, los ingenieros no tienen capacidad de abstracción, en cambio (convencido): los fumetas hablan del significado de la vida, del universo, de las virtudes y los defectos, de la hipocresía del mundo, del alma vanidosa, de las noches mágicas, y llegan a confesar un pecado, revivir el pasado, llorar de la risa, hasta puede que consigan ver el futuro, soñar un destino presente, recuperar la sonrisa oculta...

Eso me decía...sí...el otro día, ahí tumbado, bien doblado.

¿En qué nos hace mejores ver el interior de la cebolla si ya intuimos lo que finalmente comprobamos?

Muros

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28/11/07

-Hay demasiados filtros en las realidades ajenas, es imposible creer en ellas, ¿te diste cuenta? No son más que distorsiones que nos influyen del mismo modo que ellas mismas han sido influenciadas por otras.
-¡Venga ya!¿No crees que fumaste ya bastante?
-De verdad te lo digo: ¿no ves lo que ocurre cuando hablas con alguien y te das cuenta que reproduces lo que te dijeron así de golpe, sin tu haberte preocupado de analizarlo cuidadosamente? Puede que hables de un país, de alguien conocido, y te atrevas a decir que es que allí se comen a los pollos vivos o que se ve que el otro es muy vicioso, cuando en realidad lo oíste de tu vecina, que quizá lo había oído de la radio -aunque sea medio sorda-, y aunque sepas que no escucha la radio.
-Mira colega no se pa que me junto yo contigo que siempre me metes esos rallazos. Cuando pillas el papel de argentino psicoanalista no hay quien te soporte. ¡Qué no! Que a mi no me engañas más.
-Lo que yo te digo, demasiados filtros, demasiados tópicos, demasiada pereza.

Un día (versión dulcificada)

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24/11/07

-Ya estoy harto de miradas, ¡necesito conocerte! -dijo por fin-.
Aunque para él fuera el producto de muchas noches de cavilaciones en el tren, la cama, y cualquier otro sitio en el que se apareciese la dulce idea de la posibilidad, la sorpresa asoma en el rostro de Clara, quien estaba ya acostumbrada al juego del que tomaban partido, y con cuya ruptura todos sus esquemas son también desbaratados.
-¿Que es lo que quieres conocer? -responde sin pensarlo, con la firme voluntad de dejarle toda la iniciativa a él, por fin valeroso de enfrentarse a ese mundo imaginario, intuitivo y ya para siempre más en el pasado-.
-Quiero responder el por qué -se apresura a decir, despojándose instantáneamente del terror que ese momento sabía que le produciría-. Necesito saber por qué nunca me escribiste y a pesar de ello seguimos con ese juego interminable, que logra abstraerme amargamente.
-Yo no juego a nada. Te conozco de hace tiempo, de verte por aquí, pero no sé de qué me hablas: yo nunca pude escribirte por qué nunca tuve donde.
La poca credibilidad que esas palabras tenían hicieron que se echase a reír, incapaz de comprender una reacción que nunca sopesó, a pesar de la multitud de variantes que había llegado a imaginar. Esa situación, sin embargo, por fin estaba dando lugar y su excitación era máxima.
-Desde luego que eso es algo que nunca imaginé que dirías -dijo, sincerándose-. Sin embargo, quiero conocerte, ¡necesito conocerte! Debo liberar mi mente ilusa de alguien tan recurrente como tu. Es más, casi prefiero que conocerte signifique perder el interés por ti, ya que enamorarme de ti sería doloroso de soportar...aunque no podría evitarlo.
-¿Ah, si? -dijo, sin reflejar interés alguno, pero con las piernas a punto de fallarle- ¿Y entonces: qué quieres de mí?
-Pues eso, quiero, deshacer de una vez el mito en que te convertiste, demostrarme a mi mismo que no eres más especial que el resto. Como ves, es algo muy egoísta, pero: ¿a caso no nos enamoramos por como nos ven? Y yo no sé como me ves, pero puedo imaginármelo. Es por ello que quiero conocerte, por así decirlo: que me conozcas va a darme una opinión de como me ves, y seguramente va a ser menos optimista de lo que yo imagino que es...
- ¿Así que es un acto puramente egoísta? -dijo mirando por la ventana, con cara de decepción.
-Digamos que puede ser una estrategia para quitarle importancia al asunto, aunque como ya dije, todos somos egoístas. Yo, además de egoísta, soy sincero. ¿Es eso importante para ti?
-¿Para mi? Pues si, y bastante. Pero ¿a qué asunto te refieres?
-Al hecho de encontrarme aquí, contigo. Finalmente. También tengo miedo al fracaso.
-Algo que todo el mundo tiene ¿verdad? -apuntó, aguda.
-Exacto. Sería lamentable tener que soportar, después de todo este tiempo sin conocer apenas tu voz, sería lamentable tener que vivir con el dolor de tu ignorancia. Y muy pesado. Por ello puede que intente hacerte ver que no es por ti, que realmente es por mi, así no sospecharías cuanto me afectaría tu rechazo. Pero no sé si me entiendes...ya ves que le he dado muchas vueltas a todo. Ahora voy y me descubro solo hablando un par de minutos...
-Creo que no te entiendo, pero es cierto: eres sincero. Y me gusta ¿Tomamos un café?

Filtros que distorsionan

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27/9/07

Como actua el mecanismo mediante el cual nuestras ideas toman forma? No tengo ni la menor sospecha. Sin embargo, estoy totalmente convencido que las primeras imagenes que percibimos sobre aquello totalmente nuevo, desconocido, son las que constituyen la principal fuente para crearl esas ideas.

Antes de subir al bus el nerviosismo es mayor que en otras ocasiones. Ahi, sentados, hay un par de tipos con traje y aspecto severo que parecen sospechosos, a mis ojos y debido a mis (pre) ideas. Detras de mi mantienen una larga conversacion dos chicos jovenes, asi como si un run run sin sentido entrara por mis oidos, cuando de pronto capto unas palabras sueltas: barcelona, messi,...otra vez el futbol! Me vuelvo para preguntar el resultado final del partido de ayer y entonces las facciones de Ferdi (nombre que mas tarde conoceria), al averiguar que yo soy de Barcelona, cambian completamente. Una expresion entre sorpresa e ilusion inunda sus facciones. "Creia que nunca conoceria a nadie de Barcelona", es su siguiente frase. En este momento todos mis temores, todas las ideas que las imagenes habian creado en mi mente, se desvanecen.

Pristina es una ciudad balcanica como cualquier otra, con sus diferencias y parecidos. Un lugar donde la gente quiere levantarse cada dia para ir a trabajar, a la universidad o al mercado, e intentan que sus vidas sean lo mas cercano a la normalidad posible, a pesar de la visible presencia de instituciones internacionales que tutelan la region de Kosovo. Es desde un despacho cualquiera, sin embargo, de una ciudad occidental cualquiera, desde donde un gobierno cualquiera por unos intereses muy concretos, ha insertado las imagenes que todos llevamos incrustadas en la mente, de guerra, conflicto, destruccion, miseria, peligro.

Si te limitas a decidir lo que es cierto y lo que no lo es mediante lo que otros ojos ven y juzgan lo cierto que aquello que ven es, y no lo que tus ojos creen ver, nunca vas a saber lo que realmente es, ya que lo es realmente real es aquello que uno ve, y no lo que otros nos dicen que ven.

Yo veo y he visto, algo. Muy poco, seguro. Pero aun asi, vi una sonrisa en un rostro por ser yo de donde soy, y seguro que veran una en el mio si algun dia alguien me dice que es de aqui, ya que ahora mi idea de este lugar me la proporciona la imagen de un rostro sonriente y no la de un ninyo llorando, aunque lloren.

Pristina, Kosovo, 27/09/07

Hipocresía crónica (segunda parte)

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24/8/07

En los últimos párrafos se introducía, a propósito de forma incompleta, la idea del engaño como fuente de hipocresía. Decía: “somos víctimas del engaño”. Pues bien, este engaño, constituido por las fuerzas socio-culturales que permiten, a través de los mensajes contradictorios que recibimos por muchos y distintos canales, que nuestros actos resulten efectivamente hipócritas, es el que propaga esa enfermedad crónica, muy a pesar de nuestro desconocimiento al respecto.

La noción de individualidad que nuestra cultura ha venido reforzando a partir de la consolidación del mercantilismo y de las ideas que se concretaron en la Declaración de los Derechos Individuales del Hombre, influye directamente y de forma contundente en nuestro comportamiento activo. En primer lugar, nos inculca la noción de que somos los responsables últimos de nuestros actos, lo que nos hace única y enteramente dueños de ellos. Y estos actos –dice nuestra convicción cultural-, son llevados a cabo libremente, escogidos entre un abanico de opciones, lo que permite concluir que, por ende, las decisiones que tomamos se adaptan a nuestras voluntades, es decir: a lo que realmente queremos, sin que en esa resolución influyan otro tipo de fuerzas más que eso: nuestra voluntad. Sin embargo, como muchos pensarán, esto no es tan cierto como pudiera parecer.

Todo al contrario; los miles y miles de estímulos externos que recibimos a diario, concretados en distintas formas y motivos, afectan, como seres sociales que somos, en nuestra toma de decisiones posterior. Ello es porque ya anteriormente influyeron en nuestro modo de ver la realidad, deformándola, y a nuestro modo de adaptarnos al entorno. Eso se deriva del hecho que no actuemos casi nunca por instinto, más bien por experiencia. Es sumamente difícil, sin embargo, averiguar de donde sacamos tal o cual opinión, pero muy pocas veces ésa fue resultado de una discusión interior, pura, lógica o racional. En la mayoría de casos, nuestro entorno influyó en ellas. Por este motivo, somos más vulnerables de lo que muchas veces creemos, somos más sensibles a los estímulos de lo que deberíamos y menos independientes de lo que desearíamos. La realidad es que somos mucho menos sensibles a aquello que nos está afectando y es por eso que nos cuesta identificar que es lo que nos influye y en que grado.

Todos tenemos una opinión formada de nosotros mismos, ¿verdad? Todos podríamos mencionar virtudes que poseemos, o creemos poseer. Sin embargo, más difícil es reconocer los defectos. Puede que entrañe una mayor dificultad el descifrarlos, pero cierto también es que no solemos detenernos a valorar nuestra cara menos agradable. Intentamos evitarlo, o simplemente restarle importancia, resaltando aquello que nos otorga valía, lo que consideramos positivo.

En el universo de lo que vamos a llamar “estímulos externos”, también existen dos caras. Evidentemente mi intención no es la de discernir específicamente sobre qué forma parte de una u de otra, sino más bien echar cuenta de que, efectivamente, existen. Cada cual entonces con la tarea de catalogar las propias. Y como en lo referente a nuestra personalidad, son los estímulos “positivos” aquellos que más fácilmente identificamos, y los que más fácilmente sabemos sacar a relucir, o más rápidamente incorporamos a lo que podríamos llamar “nuestra opinión”. Lo que ocurre con los estímulos “negativos” es exactamente lo opuesto: no se muestran diáfanos ante nosotros, no siendo capaces de diferenciarlos con tanta claridad, pero no por ello pierden valor en nosotros.

Y es precisamente por ello, la incapacidad de dilucidar todo lo que incorporamos a nuestra personalidad, que los humanos, con el despropósito de creernos poseedores de una libertad que no ejercemos, somos víctimas del engaño. El engaño de lo “negativo”; mensajes que nos presentan una realidad distinta a la que predicamos profesar, y que nos conducen a actuar, en muchas ocasiones, de un modo contradictorio, hipócrita. Por qué la sutilidad de lo “negativo” consiste precisamente en hacerte creer que se trata de algo “positivo”, o si más no, inofensivo, y que tus actos, recopilados en tu filosofía de lo “positivo” van a ser consecuentes, responsables sobre lo que crees predicar, cuando lo que ocurre es que detrás de una aparente inocuidad se esconde la antítesis de lo que pretendemos mostrar. Por añadidura, lo “negativo” habitualmente se camufla en lo fácil, lo accesible y, demasiadas veces en nuestra cultura, en lo superficial, lo banal y superfluo.

Sin embargo, no todo está perdido; el modo, a mi entender, de hacer frente a una patología tan humana (tan occidental), pero a la vez tan oculta, tan difícil de identificar, no es otro que la reflexión. Una reflexión desde la distancia, que intente discernir que es lo que realmente no concuerda entre lo que creemos que somos y lo que realmente somos, nuestros actos. Solo de ese modo seremos capaces de despojar de nuestro ser todas las influencias nefastas que irremediablemente se encuentran dentro de nosotros y que nos convierten en hipócritas crónicos. Una lucha, por otra parte, sin fin conocido, pendiente siempre de un esfuerzo constante y mayor que el que nos otorga permanecer bajo la ligereza de lo negativo, lo pernicioso, lo que nos convierte en viles esclavos del engaño.

Y a modo de conclusión, por satisfacer lo exigido en el primer texto de esta serie de tres, una definición, y de regalo, un modo de curación:

Hipocresía crónica: patología humana que arrastra a todos y a cada uno de los sujetos hacía la contrariedad entre opiniones y acciones debido al clima de difusión permanente de mensajes confusos en el que los sujetos conviven.

Tratamiento: despertar, por medio del ejercicio de la reflexión permanente, el área del cerebro encargada de traducir los mensajes externos de la confusión a la concreción, para de ese modo poder actuar consecuentemente para con tus palabras alguna puta vez en la vida.

Hipocresía crónica (primera parte)*

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14/8/07

*Esta es la segunda parte de un texto más amplio, introducido el día 22/07 (o dos posts más abajo ;)

f.
Fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan.

Esa es la primera y única acepción que en el diccionario de la RAE aparece como definición a hipocresía. A mi entender, aclaratoria pero incompleta.

1.a pretense of having a virtuous character, moral or religious beliefs or principles, etc., that one does not really possess.
2.a pretense of having some desirable or publicly approved attitude.

En la segunda definición, extraída de un diccionario virtual en inglés, podemos ya encontrar de un modo más específico lo que en español se nos muestra como cualidades o sentimientos. Es decir: carácter virtuoso, moral, creencias religiosas o principios. Esas cualidades, en conjunto, son las que un hipócrita dice defender cuando en realidad no posee. Y eso es un hipócrita.

Mi desacuerdo con la definición de la RAE se basa en el hecho que el principio de la hipocresía se sustenta en el fingir, más mi experiencia me dice que no siempre el acto premeditado prevalece cuando la hipocresía acontece. En multitud de circunstancias son más bien un cúmulo de normas y costumbres sociales -y también humanas- las que actúan en pro de la hipocresía, relegando el significado esencial del término a un lugar secundario.

Por contrario, la definición anglosajona del término me parece mucho más acertada, en cuanto la voluntad del individuo no es relevante para tachar a este de hipócrita o no, sino que lo es, en cambio, el hecho de poseer realmente aquello que se dice poseer. Y en este punto es, precisamente, donde intervienen esos factores clave que hacen que nuestra sociedad viva sumergida intensamente en una hipocresía permanente.

Políticamente incorrecto en estos días ser intolerante con los inmigrantes, irrespetuoso con el medio ambiente, con las minorías étnicas, no quejarse de la suciedad de las calles, del tráfico insufrible, del aumento del consumo energético, de las guerras por los recursos, del hambre en el mundo,...y así podríamos nombrar a cientos de "causas" por las que hoy está bien visto luchar, o más bien diría por las que hoy estamos dispuestos a hablar, y pregonar que defendemos.

Pero lo cierto -y cuanto me cuesta escribir tal nefasto término- es que precisamente mantener esas opiniones es lo que nos hace profusamente hipócritas. Pero entiendo, la reflexión subsiguiente cuando alguien se queja del exceso de tráfico en las carreteras, es culpar al gobierno de la falta de ellas; o bien observamos un maltrechado río, arremetemos contra tal o cual empresa, y al gobierno por no hacer nada por impedirlo; o cuando llegan cientos de pateras a nuestras costas: ese gobierno, que no lo evita, esos bosques, que tanto se queman, que tan sucios se encuentran; nuestras calles, con tanto humo, con tanto ruido, con tanto pobre, tanto negro. El gobierno, el vecino, este, el otro, pero nunca nosotros, ¿verdad?

Pero lo cierto -repito-, es que somos nosotros los que vamos solos en el auto, tiramos colillas por la ventanilla, compramos en el top-manta, contratamos negros sin papeles, tiramos nuestra mierda en la calle, nos agarramos la bolsa cuando pasamos al lado del negro que antes contratamos, juzgamos, impedimos y rechazamos, y todo por la más pura de la ignorancia. Esa que nos impide de ver que si, lo que haces si cuenta, que da lo mismo si no va a notarlo nadie más, en este mundo naces, comes, cagas y mueres solo, y si a nadie más le va a importar, joder ¿y qué? Que te importe a ti por lo menos, que te importe saber que haces lo que piensas, por no darte cuenta un día, al levantarte, que eres un puto hipócrita que solo dice lo que está bien decir y hace lo que los otros hacen. Pero el problema quizá resida en la ignorancia.

Si quieres ser diferente empieza por pensar íntegramente, con honestidad, algo muy al desuso en estos tiempos. Empieza por decirte cada día que no sabes nada: oí en algún sitio que sabe quien piensa que no sabe, pero en nuestro tiempo todos nos creemos poseedores del don de la sabiduría: sabemos que esto es así, y punto.

Sin embargo, aún no es tarde. Simplemente somos víctimas de nuestro entorno. El hecho de no saber que somos unos hipócritas es fruto de la epidemia del engaño, esa que lastra a nuestra sociedad. Así que si hasta hoy no te diste cuenta que más bien haces poco de lo que podrías hacer, y menos de lo que dices profesar, probablemente no tengas tu la culpa, sino el engaño que te envuelve.

¡Atentos a él!

Hipocresía crónica (Introducción)

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22/7/07

Intuyo, de ese modo no tan primario como suele creerse, que muchas de esas hojas oficiales, habrán tratado ya el tema de lo que en mi común sentido, defino como hipocresía humana. Cierto también que no por el simple hecho de pertenecer a lo que viene llamándose la producción científica, deben esos textos de haber encontrado una respuesta ajustada a lo que en mi modesta realidad, la forma de la hipocresía se presenta. Aunque lo segundo no lo intuyo, simplemente lo dudo, lo científico también proviene de lo que la mente se plantea, por eso lo mío, aunque carezca de su método, no por ello pierde su sentido. Porqué esas dudas, parte adyacente de mi carácter escéptico y profusamente dialéctico, son por lo que en este preciso momento me asomo al balcón de la duda que persigue mi existencia reciente, que no es otra que encontrar las raíces de tal carácter corrosivo, que así deja que se desarrollen los desencuentros humanos, sin que una solución plausible, con ciencia o sin ella, haya mostrado signos de imponerse.

El caso concreto, sin embargo, es menos amplio de lo que algunos pretenden, más a mi entender*, el concepto hipocresía se reproduce en la mente colectiva de modos tan diversos y borrosos, que cualquier aproximación científica, en cuanto al empirismo que la utilización de este método implica (o debería), está irremediablemente destinada al fracaso. Es por ello que lo que aquí propongo es concretar una definición simple; cierta a ojos de aquellos que así quieran verla, equívoca por parte de los atónitos ante la complejidad aparente, o incompleta por tantos de nosotros que no entendemos la vida sin la permanente incógnita. De ese modo, eludiendo cualquier resolución empírica, es posible encontrar la satisfacción en una definición.

Porqué si puedo ahora defender mi primera conclusión, ésta es que no más cierta es una conclusión, si la misma no consigue englobar nuestra percepción de aquello sobre lo que pretende concluir, por mucho que el papel en la que se imprima sea el mismo que se apoderó del derecho a no mentir.

*Partiendo de la premisa que todo lo que uno traduce de su ser consciente, inconsciente o de aquello que le influye y le absorve, voy a dejar de puntualizar mis opiniones y de anotar que de eso se trata: de mis opiniones; y asumir así, por parte de todos, que aquello que aquí viene contenido no es más que precisamente eso: una opinión.

De 9 a 14

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4/7/07

No siempre he trabajado para viajar. Algunas veces no he trabajado, otras al final no salió, o simplemente no me acuerdo de qué, pero la pereza me superó. Pero lo clave es el hecho de comprar libertad a cambio de tiempo. En esta ecuación el término tiempo es fácilmente sustituible por esclavitud, debido a la enorme injusticia que impera en el mercado laboral (de liberal). Hace unos meses llegué a la determinación de no dejarme explotar nunca más, y de no aceptar un trabajo simplemente por la necesidad del dinero. Evidentemente mi situación me lo permite: no tengo gastos fijos importantes y aunque el hecho de ser estudiante implica cierta dependencia paterno-filial, sin duda ésta es mucho mejor, o por lo mucho menos traumática que no la banco-hipotecaria. Evidenciando por supuesto el hecho diferencial (que no insubstancial), que mis padres nunca me van a pedir el dinero prestado, más bien me lo proporcionan a fondo perdido, en cuanto los bancos no solo te lo piden generosamente cada primero de mes, sino que encima te añaden un buen pico por su "amabilidad".

La pregunta que plantea esta reflexión acude a mi cabeza después de pasar por ese proceso previo de dialéctica interior al que todos nos sometemos. Es buscar la idea adecuada que cumpla todas las condiciones a aquello sobre lo que sé quiero escribir. Empezando por la muchas veces insatisfactoria experiencia del trabajo veraniego, consigo llegar al resumen adecuado que me interroga acerca de la posibilidad de cambiar aquellas rutinas que no conseguimos nunca evitar. En este caso, mi rutina es el hecho de tener que trabajar durante el verano para, de algún modo, poder pagar el tiempo que vaya a disfrutar después viajando. Eso claro, a cambio de mi tiempo.

Afirmar que los bancos son una institución caracterizada por la filantropía que practican sería ridículo, pero también lo sería decir que los padres no esperan nada a cambio de sus préstamos a fondo perdido. Ellos ponen sus ilusiones en nosotros, y la autorrealización personal es esencial para la suya propia como padres, aunque nuestros sueños sean distintos y a veces opuestos. Sucede, que mis viajes son parte de mis sueños, por ende, los de mis padres, aunque no lo sepan y puede que recelen de ellos. ¿Pero cambiar libertad por esclavitud? Nunca más. Y digo nunca más por qué hubo veces donde me sentí esclavo por aceptar el trato que estaba recibiendo. Es por eso que embarcarse en la misión de pedir prestada libertad, acción que se lleva a cabo hipotecándose, no entra en mis planes inmediatos. Como ya no más dejarme pisar como el último eslabón de un sistema que por otra parte sin peones no funcionaría.

Pero: ¿Estoy, rechazando el concepto que yo tengo de esclavitud, cambiando mi rutina veraniega? La respuesta más ajustada sería que no del todo, ya que sigo trabajando por debajo de lo que considero que puedo aportar, si más no, de lo que yo soy capaz de hacer. Lo cierto es que hay muchísima gente infravalorada. Diría que solo una minoría recibe lo que merece, gracias a que unos muy pocos, pero muy cabrones, reciben más de lo que deben. No es el tema de hoy analizar el por qué.

Lo importante es que hoy elegí tiempo y libertad. Elegí viajar y vivir mientras adquiero esta libertad. Así puedo ser libre por las tardes y seguir apostando por esa libertad a medio plazo, esa libertad que se materializa en setiembre.

Uno de los principales errores es no vivir durante un tiempo a cambio de aquello que ambicionamos y que financiamos a cambio de no ser dueños de nuestra vida durante aquel tiempo. Hay que encontrar el modo de sentirse siempre libre, por lo menos una parte del tiempo. Si uno pierde su libertad la vida se le escurre entre sus manos. Y si se escurre lo único que de verdad nos pertenece: ¿Qué nos queda?

¡Luchemos para que esto no ocurra!

Lo que falta a los alemanes

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15/6/07

Decía Nietzsche, un tipo que murió solo y sabio, que en nuestros días se ha perdido la noción de pensar. Incluso en las universidades, por aquellos estudiosos de la filosofía, "la lógica empieza a extinguirse como práctica, como teoría, como oficio". Si esto lo decía a mediados del siglo diecinueve -ya dos siglos mirando atrás-, no menos válido continua siendo hoy. Las faces de la modernidad mucho tiempo atrás nos invadieron. Ya son algo intrínseco a nosotros; el haz y no mires lo que pisaste, en este extraño lugar contemporáneo, es el mensaje que responde a todas las angustias y despropósitos, no sea que pararnos quietos por algún momento provoque un desparrame de neuronas, que nos conduzca a pensar.

Aunque bien es cierto que todo acto de reflexión, como el buen amigo Friedrich ya nos anunciaba, como el baile, requiere de su entrenamiento particular; sin el hábito los resultados son los de un bailarín torpe. Si la lógica no impera -aquella que se deduce mediante la discusión interior, a través de la cual procedemos con acuerdo ulterior-, ¿a que nos conduce la acción? La técnica moderna, subida en una nave ultrasónica, es aquella moldeada entorno a la comodidad: mascan por ti, barajan por ti, reflexionan por ti, piensan por ti. ¡No hay tiempo a pararse! ¡No hay tiempo para dormir! Deja que lo hagamos por ti, déjanos ayudarte, tu solo haz, actúa, pues no vas a estar mucho tiempo aquí, coge manzanas de los árboles, pues ya no más son frutos prohibidos; agárrate con fuerza a este tren veloz, ya mañana quizá no venga otro; desprecia si hace falta, pisa si no alcanzas, ¿perdón de qué? ¡No hay segundo que perder! . Acción, esto es lo que cuenta. Lo demás no importa: eres afortunado, hazte socio de una ONG y listo, no hay remordimiento que asome.


Nietzsche murió loco. En realidad, él murió como el más sabio de los hombres, rodeado de un mundo infestado de necedades y vicios que él solo parecía ver. Los que le sobrevivieron fueron quienes le trataron de loco, calificativo habitual cuando, por el carácter distinto de los argumentos, no se llega a comprender quien con tanta locuacidad rompe con la tradición más injusta. Probablemente, alguien que tantos martillazos propinó alrededor, a los que a tantos descubrió el rostro y avergonzó a golpes de verdad, acabase enloqueciendo, superado por un mundo hipócrita y vil, donde solo unos pocos se atrevían a pensar, no hablemos ya de actuar. Pero este es otro asunto, mucho más complicado sin duda. Primero hay que aprender a pensar, luego ya pasaremos a la acción.

Alguna vez oí que somos lo que hacemos y no lo que pensamos. Si no somos capaces de pensar, y hacemos lo que piensan que debemos hacer, ¿entonces qué somos?

Cercanías

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5/3/07

"A veces me duele la cabeza de preguntarme según que cosas, en todas partes y de cualquier manera acuden a mi mente temas de lo más insólitos, aunque lo mejor de todo es que, sean ciertas o no, siempre consigo encontrar respuestas que me satisfacen."

Intenta imaginar que vives en una pequeña aldea de poco más de un puñado de vecinos, las casas todas ellas dispersadas por el monte y donde el centro del pueblo, si es que así se le puede llamar, está formado por una diminuta iglesia románica, con sus gruesos muros y su oscuro interior. Ésta se encuentra flanqueada por no más de unas pocas viviendas de alguna o ninguna planta, donde una de ellas es utilizada como oficina correos, detalle solo apreciable por el amarillo buzón de su fachada; a pocos pasos de allí vive el tendero, en una diminuta vivienda que es en su mitad comercio, uno de esos que parece que nunca estén abiertos, aunque en realidad nunca cierra.

Para ir de tu casa a la tienda, debes seguir el camino que baja por la colina -desde donde el campanario siempre es tu faro-, bordear el bosque que se asoma, y superar el repecho a partir de donde se suceden tus vecinos. Aunque por sus características no pueda definirse como tal, ya estás en la calle principal; desde allí puedes ver la puerta de la iglesia, y justo en frente, el lugar donde vas a comprar un poco de conversación. Como cualquier mañana, pasaste por casa del ganadero, el caserío frente el cual los campesinos continúan con su interminable tarea, y por delante de casa del alcalde, que ostenta este cargo más por tradición que por vocación. Saludaste, como cada día, a todos ellos. Dejaste mensajes para aquellos que esperabas encontrar y no fue así, e incluso te detuviste a comentar banalidades con alguno; ir a la tienda se convierte en una excusa para poner al día los asuntos concernientes a lo que menos trascendencia tiene, pero que más a todos incumbe; se habla incluso de lo que ocurre un poco más lejos, aunque realmente no le afecte demasiado a nadie, con las nevadas que siempre caen en un lugar como éste, la guerra en Irak o la paz en Sudán.

Ahora piensa en la ciudad; en tu vida allí. Te cruzas sin mirar, te asomas sin mostrar ningún tipo de emoción. Posas tu ser en el vagón del metro con los auriculares rezumando autismo ante lo que te rodea, sumergiéndote en páginas que te transportan muy lejos de allí. Lo que sucede a dos metros de ti no te causa la menor impresión; no despierta en ti el más mínimo interés. Sin embargo te bombardean con campañas mundiales, con noticias que provienen del congreso de Kinshasha, que según ellos tanto va a influirte, respiras aromas del Caribe y escuchas música eslavo-índica. De camino al supermercado, donde los empleados siguen en la posición en la que los dejaste la semana pasada, te cruzas con más de una mirada conocida; son del barrio y puede que te preguntes que harán en sus vidas, cuanto querrán a sus hijos o a que equipo de fútbol siguen; a veces incluso te es sabido su horario de trabajo, así es: tenéis el mismo horario, sus bostezos te son contagiados por él y tu cansancio al volver se nota también en sus ojos. A pesar de ello, ha de pasar mucho tiempo para que les saludes.

La vida en la ciudad hace que nos empeñemos en ahorrar calor humano. Consideramos un desperdicio mostrar una sonrisa con quien a las ocho de la mañana topamos. Consideramos que saludar a alguien a quien conocemos, con quien compartimos más de lo que creemos, es desperdiciar nuestro tiempo, obligándonos por ello ya siempre más a saludar, quien sabe si incluso debido a ello nos obligemos a mantener una conversación de ascensor, que desde luego es lo último a lo que deseamos enfrentarnos.

En cambio permanecemos atónitos contemplando las imágenes que nos hablan de una hambruna de la que nunca vamos a saber nada de cierto; nos escandalizamos por la paliza que alguien recibió a cinco mil doscientos kilómetros de nuestra casa, de la cual nunca vamos a sentir ningún dolor; nos reímos de las bromas que un inglés hace sobre un alemán, sin haber conocido nunca un inglés o un alemán; pretendemos sufrir por algo a lo que no nos sentimos unidos por nada, por mucho que se empeñen en decirnos lo contrario. Sin embargo, no vamos a permitirnos de sufrir por lo que si nos sabemos responsables.

Nos detenemos a contemplar lo que ocurre muy lejos para evitar sentir que algo nos incumbe muy cerca de nosotros. Cuando algo ocurre a nuestro alrededor nos ponemos los cascos y seguimos leyendo algo que sabemos que no es cierto, que sabemos que alguien conduce y que no va a molestarnos; que podemos controlar simplemente dejando de leer; girando la cara o fingir que no vimos. Si hay alguien que nos necesita de camino a cualquier parte, no nos incumbe.

Por eso evitamos saludar, para evitar que nos importe, para evitar sentirnos responsables. Creemos que siempre hay alguien que lo debe ser por nosotros, así todos eludimos lo que es de todos, y nadie hace lo que debe hacerse, que es responsabilizarse.

Yo soy el primer culpable, a pesar de que esté convencido de que en los ascensores nacieron grandes amistades.


Si os dan papel pautado, escribid por el otro lado.

Juan Ramón Jiménez

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