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Day in, day out.

1c

21/3/09

1.

Sabes que nada de lo que escribes es para hoy, ni debe serlo. Aún así, el vacío que recorre tu cuerpo ante la posibilidad de perderlo, de olvidar todo lo que aprendiste y ser incapaz de crear nada con sentido, nada nuevo, ni un poco brillante o deslumbrante que te permita sentirte satisfecho, un poco menos predecible y un poco más sutil. Ese temor que hincha tu estómago de la nada más profunda te envuelve y te paraliza por completo. Esa idea y el vacío que genera te exprime, te absorbe y te consume hasta que el jugo de tu ser, cual racimo de uvas se diluye y fermenta y desaparece ante la espantosa intuición de no ser más que un pequeño e insignificante bote empujado a merced de vientos, corrientes y dioses caprichosos en el vasto océano; de estar desempeñando no más que un triste y banal papel en esta estúpida función de guión confuso y a menudo contradictorio que es la existencia humana.

El rumbo, el mar y la tristeza de un solitario pescador mientras recoge pausadamente su red agudizan esa sensación. Allí a lo lejos, dibujando una nítida silueta donde el horizonte se pega al cielo, rojo y amarillo atardecer y azul, mostrando todo su esplendor antes de teñirse de negro, el solitario pescador prepara la vuelta a tierra. Parece tranquilo rodeado de un mar calmado. Emprende la marcha dejando tras de si la estela del rumbo, el ronsel gallego que se pierde y desaparece entre la agitación del atardecer, entre esos mundos que se cruzan al esfumarse la luz, aproximándose y de pronto alejándose en una mutación cíclica, sin fin. Es quizá esa sensación de algo que se extingue lo que provoca esa tristeza en mi.

Entonces, ante el temor de verme envuelto de nuevo en la oscuridad de la incapacidad, del enésimo desconsuelo del amor, lanzo un grito desesperado hacia mar, hacia el pescador, que parece incluso escuchar: ¡Déjame descansar, vida! Deja que me detenga un minuto aquí, encima de las rocas del rompiente; a oler el sabor del mar, a probar el aroma de la sal que las olas furiosas de mi alma al golpear me alcanzan. Solo hoy, solo unos días más, pero déjame respirar. Me siento ahogado, perdido, sin rumbo. No quiero pensar en todo lo que pasó, en lo que salió bien o en porqué salió mal; en lo que hay detrás de mí ni en lo que dejé o en lo que ya no quiero más.

Déjame por qué quiero cerrar los ojos y encontrarme bien, junto a ti, junto al triste pero tranquilo pescador, tomando unos pinchos de tortilla, bien hecha, no cruda, como te gusta. Sorber hasta la última gota de sidra y escanciar más. Abandonar el coche en la cuneta y huir a pie corriendo por el monte; subir por Igeldo y bajar hasta encontrar la Concha, cruzar la orilla absorbiendo el mar por los tobillos, librar una carrera al más veloz y remontar hasta Jeizkibel; andar, sentirme libre empaparme de sal y reír. Reencontrarme con los balidos de las lanudas ovejas en las verdes y húmedas vertientes, observar esos dos caballos cepillándose la crin, y pasar junto aquél taxista pagando por sentirse aliviado de su frustrante vida sexual, de su frustrante vida; sentirme yo bien y no extraño ni engañado ni ausente de magia entre los dos.



2.



Por la radio, en el transistor se escuchan gritos desesperados… Day in, day out, day in, day out, day in, day out…

Y Así, cual Ian Curtis bipolar, tratando de olvidar. A cientos de quilómetros. A pocos días. Catapultado hasta los barrios obreros de la Manchester post-industrial, nada de Igeldos ni ovejas ni dulces caballos amorosos, nada de tristezas; ciudad de adosadas de ladrillo rojo que un día estaban, al siguiente eran demolidas y al otro reemplazadas por enormes y monótonos bloques futuristas de hormigón gris. Al año ya eran cárceles, cárceles de obreros, donde el más posible de los futuros terminar explotado y enfermo por el humo tóxico de la fábrica donde te arrancarían el alma. Barrios cultivos de pesimismo, hartazgo, drogas y punk. Nidos de jóvenes sin futuro, rebeldes cuyo único pensamiento era cerveza y los Sex Pistols.

Day in, day out,…

Pero la oscuridad, como la noche, no se concibe sin la luz, sin el día. La esclavitud: sin la liberación. Y las letras y la voz y los movimientos ezquizoides de Curtis, con tan solo diecinueve y casado y esclavo y libre a la vez, apostando los ahorros; una leyenda. Por el amor, por algo mucho más etéreo que el hollín de las chimeneas, pero mucho más valioso, más puro. Y se elevan hasta lo más alto; pureza fruto de la rabia, de la indignación y la ausencia de futuro. Y ya son un mito. Eso es Joy Division. ¿Y yo? ¿Qué soy yo? Preocupado por engaños publicitarios, un ego insaciable, un amor imposible pero real y poético; respuestas conocidas, preguntas repetitivas. Desviándome de mi eje vital, de mi esencia, de las razones que me condujeron hasta aquí.



3.



Por mi ventana puedo ver como los días se alargan y la oscuridad pierde terreno. La luz, mi luz, a cada momento más diáfana, ilumina la habitación mientras escribo, por fin, mientras hablo y reencuentro una alma transoceánica; hermano misteriosamente perdido en rumbos cruzados, mares profundos donde es imposible distinguir entre la nada y algo, y bosques oscuros en los que incluso el más valiente de los lobos teme cruzar.

Hablamos de todo lo que nos sucede y de nuestra existencia y de los más elevado y lo más banal, de los recuerdos que nos unen, de los amigos de lo que importa y de lo que debe dejar de importar. De cómo me siento por Blanca, esa Blanca que me hace gritar Digital (day in, day out), de lo estúpido y cruel del amor y de lo cierto y fácil que parece todo ahora que hablamos.

- Fíjate bien en esto. Es el mejor bourbon que jamás probé. Es dulce y delicioso. Lo traje de Texas.

Y acerca la botella, a miles de quilómetros de distancia y puedo leer Maker’s Mark en la etiqueta, y puedo intuir el suave y afrutado aroma que desprende.

- Deja que lo apunte, preguntaré al tipo de la bodega –le digo, consciente que lo haré.

Entonces proponemos compartir un poco de maría. Expandir nuestras mentes. Así que nos liamos un porro, yo bajo la luz anaranjada del atardecer y tu ante la claridad de la mañana bonaerense. Y lo encendemos y seguimos conversando, tu en tu día y yo en mi atardecer, mientras nuestros biorritmos siguen trabajando, coordinándose.

Un bondadoso cosquilleo empieza a recorrer de los pies hasta las abatidas neuronas. Nos reímos y miramos a los ojos.

-¿Cuánto tiempo hacía que no hablábamos? –me interrogo sorprendido, frunciendo el ceño, incrédulo ahora-. Parece imposible que olvidara lo mucho que te necesito, la importancia que tiene para mi lo que piensas, lo que dices. Siempre fuente de inspiración...

La hierba en nuestra mente empieza a hacer efecto, y nosotros seguimos con aquello que nos duele por dentro, con lo que nos preocupa. Y nos reímos de ello.

- Al fin y al cabo, siempre son las mujeres –le digo, convencido.

Y nos hace gracia. Curiosamente, por algún extraño condicionante humano, siempre queremos a la mujer que no nos quiere, o a la que no nos quiere suficiente o nos quiere de un modo que no somos capaces de comprender. En cambio despreciamos las que nos adoran. Imagino que es algún tipo de penitencia por las veces en que no correspondemos, por el daño que hicimos y es una cuestión de equilibrio. O quizá es demasiado improbable encontrar a alguien que quiera compartir, en este preciso y delicado instante, el mismo camino el suficientemente tiempo y al ritmo correcto para que ninguno de los dos se sienta cansado o quiera detenerse a descansar o apartarse de ti y tomar otro cruce. Maldito pasado ¿por qué nos condiciona de tal modo?

- Hay que ser como los niños –entona convencido Japhy. Da una honda calada, retiene el humo unos segundos antes de dejarlo escapar lentamente, y sigue:

- Los niños aprenden jugando, y lo hacen sin ningún tipo de idea preconcebida. Descubren por ellos mismos. Asocian ideas y crean conceptos de la nada, son limpios y puros y no temen nada, porqué no conocen el temor.

-Hasta que les hacemos temer.

-Exacto. Y desde aquel instante ya empezamos a estar contaminados – resuelve-. A partir de ahí todo es desconocido pero a la vez está condicionado por lo que viviste antes.

Eso me hace pensar en la historia que una amiga me contó hace poco. Estábamos en un bar y de pronto empezó un partido de fútbol en la televisión. Inevitablemente mis ojos empezaron a desviarse en dirección al aparato, con lo cual, ante el temor que se enfadara (o quizá por hablar de algo), empecé a hablar de lo mucho que interesa el fútbol, de lo mucho que atonta a la gente y la cantidad ingente de páginas de periódico y minutos de televisión que llena. Resultó que ella odiaba ese deporte por culpa de un exnovio adicto: “El sábado tenía partido por la mañana y claro, iba a verle. Por la noche quizá había cena con los del equipo de fútbol y el domingo más fútbol por la tele. Y encima me hablaba de su equipo, compraba el periódico deportivo y me hablaba de los fichajes. En algunos momentos pensé que nuestra vida era solo fútbol, fútbol y fútbol. Llegó a ser insoportable”. Me dio verdadera lástima y no extrañé que acabara por dejarle. Dios, por suerte el fútbol es solo una pequeña parte de mi. “Mi padre también es así. Antes, teníamos un perro que cuando veía la televisión de color verde salía corriendo y se escondía”. Esa es la historia. “Supongo que sería el jaleo que armaban cuando veían un partido que el perro asoció el verde con gritos y locura y jolgorio, y se asustaba”. A Japhy eso también le hace gracia.

- Puede que los niños sean un poco como ese perro…

- Si, crear miedos a partir de ideas asociadas a algo indeseable. Me gusta -digo, en tono trascendental.

- No está mal la hierba, no –responde riéndose-. No sabes lo que echo de menos a las mujeres de allí…

- Bueno, no te quejarás -replico, consciente que para él conocer mujeres nunca fue un problema.

- Así es, amigo mío. Aquí las mujeres están todas relindas, cierto; se cuidan un montón ¿sabes? Van todas al gimnasio y todo eso, pero es difícil encontrar una buena conversación. No sabes lo que es. Y nosotros necesitamos eso también, sino terminas por aburrirte. Además, tu sacás una mujer a cenar y se ofende si pretendes pagar a medias. Todo está como antes, no lo puedo creer…y lo caro que te sale salir con una.

- De hecho –le interrumpo, riéndome al imaginarme a Japhy ante esa situación-, luego cuando te cases te harán la cena y te traerán cerveza mientras estés viendo el partido ¿no?

- Si…y se sentarán de rodillas frente tuyo haciéndote la pija.

- Y el perro escondido debajo la cama.

- ¡Pero no por los gritos del fútbol!

Entonces, entre carcajadas, con el dedo índice levantado, una mirada pícara y una sonora risa que se expande por las dos habitaciones, con sus luces dispares, hasta llenar todos los rincones de ambos lados del planeta, llenos de libros y fotografías y hasta un dibujo copiado de Banksy, nuestras almas se encuentran en pleno proceso de fusión.

Es en este preciso instante, entre risas contagiosas, cuando los miles de quilómetros literales que nos separan se diluyen y puedo incluso tocarle y beberme su bourbon y olerlo; sentirme completamente renovado, inocentemente feliz, consciente de la importancia y la vigencia de nuestro vínculo. Y esa enorme fuerza de atracción magnética me permite olvidar todo el sufrimiento y obcecación estúpida que estos días estuvieron persiguiéndome, verlo todo más liviano compartiéndolo y sentirme feliz de nuevo.


4.


Hoy al mediodía comí en el centro rodeado de monopatines y chicos jóvenes tomando el sol y mayores hablando y mostrándose como si fueran modelos; todos guapos todas guapas. Fui a esa pequeña tienda japonesa con su pequeña dueña japonesa y me pedí el vegetal y los palillos y me lo comí de vuelta allí sentado; primero a la sombra que se estaba bien y luego al sol que ¡oh! ya calienta y mucho. Qué rollitos, que arroz qué fideos yakisoba y ¡qué mujeres! Me llenaba de fideos y del sol y de todas esas mujeres y hasta estuve a punto de tirarme a los pies de una increíble morena de pelo corto y andar elegante que pasó cerca de mi y me miró con sus ojos verde claro que recorrieron todos los rincones de mi corazón hasta desnudarme y desarmarme por completo. Me pareció sencillamente ideal, con un estilo inigualable, y sentí que leía también en su alma y podría pasar el resto de mi vida a su lado si me lo pidiera, tener muchos hijos y luego una feliz y tranquila vejez y poder morir en paz, satisfecho, pleno, junta a ella. Luego se fue y no la veré nunca más y te sigo queriendo a ti pero la primavera ya está aquí, la ciudad bulle de gente y la alegría salió a las calles de nuevo. Así que ¡demonios! Voy a dejar de torturarme más y aceptarlo de una vez. ¿Dónde está el límite de mi insistencia? ¿de mi cabezonería? Siento que la poesía se esfuma entre la niebla como el puente de Getxo, que no se deja encontrar. Todo lo mágico deja de brillar y hasta sufrir me parece demasiado esta vez.

- Empecé uno de los libros que me dejaste prestados. De hecho empecé como cuatro libros desde que terminé a Fante y no logré engancharme a ninguno. El otro día, a la vuelta del norte me dije “tienes que volver a ellos”. No pude resistir más y entré en la Central y fui directo a la sección de narrativa anglesa traduïda y después de echar un vistazo rápido fui directo a la K, compré los Vagabundos del Dharma y empecé a leer.

Japhy y yo, yo y Japhy estábamos fumados por completo. La conversación entre nosotros era también hacia nosotros. Las palabras empezaron a salir de mi y vi lo que yo sentía reflejado en ellas. Le hablaba pero me hablaba a mi y me escuchaba y me entendía.

- Y ya estoy terminándolo. Él ha encontrado el budismo y olvida por momentos la tristeza y el alcohol. Con su amigo Japhy, como tu, que es un auténtico bodhisattva, la vieja madre de la tierra, un auténtico vagabundo del dharma, deciden que deben subir al Matterhorn pero no el de los Alpes sino el californiano y antes de llegar a la cumbre, después de dos días subiendo y durmiendo al raso compartiendo el saco bajo un asombroso cielo estrellado, a unos trescientos metros Ray no puede más y cae rendido al suelo respirando entrecortadamente por la altura y el cansancio y dice: "¡me quedo aquí!" Con lo que Japhy replica: "¡vamos Smith, solo quedan otros cinco minutos." Pero sus fuerzas no dan para más. "Me quedo aquí ¡Está demasiado alto!" Y Japhy sigue sin decir nada. Entonces Ray se acurruca en el suelo y se pregunta por qué tenemos que nacer y solo por eso nuestra pobre carne queda sometida a unos horrores tan terribles como las enormes montañas y las rocas y los espacios abiertos.

La pasada noche soñé que estabas conmigo pero todo era muy extraño ya que todos me hablaban menos tu y me decían “¿no lo ves? No te hace caso”, pero yo no podía darme cuenta y te miraba y no decías nada; tu cara reflejaba inexpresividad pero no podía reprocharte nada. Luego me desperté y me quedé sentado en la cama pensando en el sueño. Me sentía extraño y solo entonces recordé lo que Ray piensa cuando ya no puede más y decide tumbarse exhausto en el suelo a solo trescientos metros de la cumbre del Matterhorn, después de lamentarse por no poder llegar hasta el final, y es un famoso dicho zen que le tranquiliza y le da fuerzas para la vuelta que reza: “Cuando llegues a la cumbre de una montaña, sigue subiendo”. Y aunque Ray nunca llega a esa cumbre, si es capaz de intentarlo y casi lograrlo y con ello superarse. Comprende que no es necesario llegar a la cumbre para sentirse satisfecho. Es más, comprende que las cumbres no existen si lo más importante es seguir subiendo. Pase lo que pase, no te detengas nunca.


Nulla die sine linea


Semlali Ahmed

1c

10/12/08

Entro por la puerta y la tenue luz del comedor me susurra que alguien ya está allí. Por lo menos la estufa estará ya encendida, pienso. Es una suerte cuando alguien lo hizo por mí y ya no tengo que calentar el comedor. Otras veces, un firme deseo de ser el primero en entrar y que la casa esté vacía se apodera de mi justo en el momento de hacer girar la llave, sentir el gruñir de la puerta al abrirse y dar el primer paso. Si luego no es así, una pequeña contracción de desasosiego cerebral me hace odiar a esa o esas personas durante un instante, para dar paso inmediatamente a un sentimiento de desprecio hacia mi persona por desear aquello, o encerrarme en mi habitación durante un tiempo prudencial –unos minutos, unos días-, incapaz de otorgarles el perdón por ello. La sensación siempre me ha resultado extraña, intuyo que lo que ocurre los otros días, en los que voy despertando el lugar de su paciente sueño; enciendo algunas luces, caliento el comedor, hago sonar un poco de Mehldau… y la sensación que a ello asocio: hacerme dueño de la casa, el único que mande sus servicios (consciente de sus limitaciones), estar disfrutando sus ternuras ni que sea por un espacio finito de tiempo, tiene gran parte de culpa en que me sienta así. El caso, sin embargo, no es que a pesar de la leve contracción de mi cerebro hoy el comedor ya está subyugado a los designios de otro, más bien viene luego, después de sacar el teléfono de la cazadora y colgarla -con las llaves en el bolsillo (rutina recientemente adquirida)-, y fijarme en un par de cartas encima la barra en la que me gusta desayunar y prácticamente nada más. La otra quiere que active no sé qué tarjeta de crédito (bueno sí sé, pero eso otro día). La contracción aún no desaparece. Entonces el marrón del sobre y la irregularidad de mi nombre y dirección escrito en él me están diciendo que es una carta diferente, cuando resulta que esta trae consigo todo un mundo mágico incrustado.

Ahmed me escribe desde Marruecos. En el sobre hay una postal de Asilah envuelta en una cuartilla pautada que empieza con “único dios”, firmada del diecisiete de noviembre. Entre otras cosas me habla de usted en un español rudimentario, que se entremezcla con el francés. También sus hermanas, Amina y Touria, me mandan saludos. Termina con el deseo de que cuando vuelva a Marruecos le llame. Formalmente tiene poco contenido. En realidad dice mucho más...contiene toda una eternidad de razones.

Hablo de cartas a puño y letra. Hablo de cartas que recibes, estas noches pasadas, y las otras también. Del acto de afecto más digno y humilde que existe y que nos permite soñar, salvar cualquier distancia. La sucesión de voluntades que permiten que tu, Ahmed, allí sentado con tu chilaba puesta, tu blanco bigote cubriéndote las arrugas que el tiempo y el ejército dibujó, aunque con ese aire juvenil, elástico, selles el sobre bajo la atenta mirada de tus hermanas, que nunca permiten que el frío se apodere de ese comedor, y en siete, catorce o veintiún días da igual, ésta entre por el espacio que la puerta deja entre ella y el suelo, para quedarse ahí, en el recibidor, inmutable pero ansiosa por ser finalmente abierta. Es la noción de que tuvo que pasar por un número insospechado de manos con un único propósito, metiéndose en sacos repletos de otras miles de cartas que cruzándose y entrelazandose para ser separadas de nuevo, cruzar desiertos y volar por encima de nubes y tormentas, pasar el frenético test del olfato de perros drogadictos y hasta permanecer olvidada en oxidados y fríos estantes (solo un par de días) consigan alcanzar su destino sin que por todo ello su propósito se vea alterado lo más mínimo. Que a pesar de sospechosos ojos fisgones que traslucen e incluso abren y leen y esfuman las cartas y cualquier posibilidad de crear magia (en algunos países aún sucede, en éste la magia ya no tiene ninguna importancia), y a pesar de por ello traicionar el único propósito al que las cartas se deben, que sean abiertas por su destinatario, aún incluso hoy es posible recibirlas y tomar consciencia de que aquello te pertenece exclusivamente a ti, que las palabras fueron escritas para ti, en algún momento y algún lugar quizá fascinante, pensando en ti, y que nadie más conoce ni puede siquiera imaginar el valor que traen consigo, ni nada de lo que contienen más que tu mismo, por qué son para ti, o porque las escribiste tu.

Dicen que lo que realmente nos importa pasa inadvertido. Algunas veces soy incapaz de darme cuenta de lo que me hace feliz. Sé que hay cierto tipo de cosas que van a producirme bienestar, y puede que por ello me considere alguien moderadamente satisfecho. Incluso puede que tenga mayor capacidad que la media para relativizar los hechos, o sea para no tomarme demasiado mal lo que me decepciona de entrada ni mostrar una euforia irreal con lo que me alegra. Soy más bien del pensar que nada puede ser ni tan malo ni tan bueno, y que a menudo juzgamos sin conocer, lo que nos lleva a sentirnos defraudados, ya sea por uno u otro motivo. O sea que mejor tomárselo con calma y de la mejor de las maneras, que por otro lado nunca es en negativo. En otras ocasiones soy demasiado vulgar y débil como para no sentirme seducido por lo banal y dejarme caer en las fauces del hedonismo que nos rodea. Desprecio la mente y me tiró al cuerpo. Desnudo y practico sexo con la mirada, en el metro. Me como un enorme hamburgesón grasiento y clónico o me trago la mierda de los que salen en la tele para ver como se escupen y retuercen las entrañas, para luego sentirme vulgar y desgraciado. Sin embargo, en otras ocasiones, mis ojos son capaces de abstraerse y disipar esa nieblina apestosa, el humo de la contaminación que se esparce por las cloacas de la sociedad, por todas partes, vomitándonos egoísmo y vanidad, placeres efímeros y valores que esconden mezquinas repercusiones.

Leo y releo la carta en busca de detalles inadvertidos. Repaso la caligrafía de un árabe que se expresa en caracteres latinos. Entonces esa carta me transporta a las cartas que he recibido y que envié, de esta que leí y la otra que escribí, a lo largo de mi vida. Recuerdo conversaciones recientes que me hacen sentir feliz, de esas en que estamos solos los dos en ese local abarrotado. Y me siento feliz por haber hecho feliz al escribir desde allí, desde aquí. Soy feliz por que ellas me hicieron también feliz, me hicieron afortunado. Por qué mi puño y mi letra es lo último que me queda, lo último de lo que nos queda que nos pertenece y que nos permite vivir el mismo tiempo a pesar de la distancia. Y es solo tuyo y mío.

Día a día me alejo más del cariño y me acerco más al dolor, al amor

Mercados, memorias, gritos y resurrecciones

1c

24/8/08

Los ruidosos e incesantes gritos de algún vendedor ambulante -que cabalga con apremio arriba y abajo como si voces no alcanzaran rincón alguno-, activan mi conciencia como un rayo de luz, y antes de abrir los ojos me recuerdan el lugar donde me encuentro, un poco entre el bien y el mal o ambos o ninguno, y que no hay tiempo que perder: todo por descubrir, un mundo de sorpresas por destapar.

El primer día en el primer lugar de cualquier viaje a un nuevo mundo, a un punto que agregar en la construcción de nuestro propio universo, hay que dedicarlo a callejear. Y en una mañana calurosa pero radiante como ésta, con el sol alcanzando su cenit pero los párpados abiertos de par en par, con los mejores intenciones y los más ambiciosos propósitos en ésta, si, una ciudad árabe, el mejor lugar es el gran zoco de la medina antigua, donde las raquíticas calles ofrecen rutas de sombra en su interminable zigzag y la efervescencia de lo terrenal se desenvuelve con mayor fuerza.

Aunque claro, Tánger crece crece y son más de dos millones de almas las que inundan las calles; son niños afroeuropeos de vacaciones con, familias de emigrantes en el fruto de sus logros continentales de cuatro ruedas, lujosos y jóvenes paseando (aún durmiendo muchos de ellos; las noches son aquí muy largas), la playa enorme inmensa repleta de ellos y todos y más vendedores ambulantes, chapoteando en el parsimonioso proceder de las olas, frenadas por acción de la bahía, que las invita a pasar con restricciones; “calma y tranquilidad, pasen” le rumorea la costa al mar; el avanzar del viento que se lleva gritos y te ofrece gritos de luchas y partidos con balones distantes y sollozos de helados en la arena, juegos en la orilla y madres todas a resguardo del sol, bien tapadas con el parasol; también hombres cubiertos de arena en un extraño ritual, relajando su espíritu, dándose un baño de arena blanca, arena africana…
Entonces llega la Medina antigua, que se levanta en la esquina occidental, a los ojos de cualquier navegante que atraviesa el estrecho que separa las dos tierras con el mar. Es la primera inspección obligatoria, no la última, de calles estrechas y tiendas de ah! ya recuerdo, pollos frescos que viven y compras y zas! a pedazos te llevas, toneladas de amarillos melones, frutas multicolores y nobles partes y no tan nobles de animales en carnicerías distinguibles (en la más pobre el hombre pobre apenas si tiene carne que vender y la que tiene son enormes lenguas de vacas y su cabeza entera y estómagos y bueno ya sabes cosas que ni sé lo que son), huevos de gallinas aún calientes, todos los huertos incluso lenguados sardinas gallinitas del mar (¡qué ricas! no llevan espinas). Y todos se encuentran ahí debajo de telas que impiden el ataque del sol: carniceros, fruteros, chatarreros, curtidores, herreros, zapateros, vendedores de aceitunas, de especies y condimentos y latas de conserva, cambiadores, limpiabotas, todos arremolinados, todos en las estrechas calles del zoco que se extienden por la ladera de esta colina ya erosionada por las pisadas de los siglos siglos siglos de mercaderes, negociantes, compradores, traficantes, vendedores de cigarrillos y ahora también de recuerdos (¡recuerdos!) vagabundos y borrachos que “yo solo quiero hablar nada de dinero” ¡mentira! y los niños algunos pidiendo muchos jugando saltando gritando corriendo y atareadas mujeres e hijas algunas tapadas pero no muchas, incapaz de distinguir la infelicidad (pero ¡oh! existe ahí en las grietas de las esquinas o en los precipicios a punto de saltar), entre la multitud de rostros resplandecientes y caricias celestiales de gatos enviados por Allah. Y todo eso envuelto en el ruido incesante de todos ellos, locos genios mercaderes del Pan, más los coches que imponen su paso y los irrespetados pitos de los policías (no pueden hacer mucho más la verdad), el chirriar de esos mutantes de motocicletas que son mitad ellas mitad remolque (y que transportan butano carne o melocotones), volando delante de tus narices tal cual el mundo fuera a terminar, obligando a echarse a un lado; y ofertas de fruta ropa, electrodomésticos de tercera mano y sofás lámparas de lo más kitsch, sofás para bodas (ahí donde se sientan los novios ya veréis), en tiendas que se esparcen encima de calles hasta no alcanzar el fin y de sucias aceras de limpieza espontánea cuya memoria se remonta a conquistas y reconquistas de los hombres y mujeres que infatigablemente cada día las pisaron, siguen pisando y que invariablemente seguiran pisando por los siglos de los siglos. Insh'allah!

!Todo el puto día para servirle, señol!

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11/8/08

Estoy viendo a los malditos chinos dejarme con el culo en el suelo y por momentos los pelos de mis brazos se erizan ante la increíble fuerza de la voluntad humana, que es capaz de lo peor así como de lo más bello y genial -Observo mi cuerpo dormido y embarcado en etéreas naves de placer, desplazado de la perfección visual recuperando sueños robados por noches locuras –Saliendo tumbos abajo camino de la luz el aire y sociedad que recuerdan estoy aquí y mezclado otra vez – Libros nuevos encontrados comprados de Vosotros ya me conocéis no puedo dejar de escribir ni leer(os) - Sobredosis de electrónica narcótica en plantas y plantas de individuos y estantes con placeres y aglomeraciones; guitarristas virtuales que pretenden ser bandas de quinceañeros oscuros satánicos en consolas de hedonismo (por qué coño se le llaman así, consolas?) y sonidos envolventes pantallas de altas definiciones más perfectas que realidades mismas. Destellos de flaqueza de publicidad insistente joder está buena la jodida droga que le inyectan en La Hamburguesa, en mi la abstinencia solo aparece cada trimestre o así, en otros al rato y gordos enfermos mueren – Cuando abajo percibo de nuevo la existencia de mi ser en la memoria y estoy en la Rambla (no la plasta que te mueve en zigzag no, la otra de palmeras y chilabas negros borrachos y pijos, descafeinados yuppies disfrazados de hipsters hippies de marca y gente de buen rollo, todos esos), entonces percibo como mi alma se eleva encendiendo las ideas en los pulmones de raquíticas plantas que aunque poco y mal dieron lo suyo, se eleva leyendo primeras palabras de páginas recién tomadas debajo palmeras que iluminan artificiales luces y “gracias por permitirme leer”. Así que leo y recuerdo a grandes mujeres cruzando delante de mi, la mitad de ellas con mi corazón ya rendido de antemano (y tapado para que no lo descubran), dispuesto a dejarlo todo por sus pies y la ilusión de su perfección. También a bajitos hombres malayos sonriendo satisfechos y paquis hablando enfundados en sus largos vestidos veraniegos que dejan pasar el aire y tocar tu piel (siempre les envidié, como a los escoceses), pero los que a pasear mujeres no dejan, discutiendo en su idioma musical gracioso verdad y más si fumas un poco –La bici que me lleva se desplaza cuesta abajo a pesar de vivir en lo alto, no solo llego sino que paso de largo y me topo con la mujer mayor que pide tres veces perdón (no es tan mayor) por meterse en nuestro camino y la miro y no puedo más que reír y ella asustada por pensar ¡morir atropellada por bici y encima sin indemnizar! y también se ríe. La bici sigue por mi así que puedo pensar y sonreír disfrutar de los edificios que me envuelven tan mágicos y de una belleza tan natural (como todos deberían ser, pienso) entonces me encuentro por allí los coches detrás de mi paso, yo dominando la calle y esquivando los peatones por Sol i Revolució, la que constantemente está en mi, esparcida en alma de bici que de vuelta me lleva directo al bar delante de mi casa en el que solo una vez entré donde camareras cálidas e increíblemente hermosas me hablan y tipos que sueltan “adiós” al salir aquí en Barcelona soy del barrio, mi barrio, hay que hacerse del barrio, comunicarse con el barrio…y así sonriendo asombrado de estar viviendo todo eso se encamina a su casa para escribirlo todo y se olvida de mirar al chino de la tienda “todo el puto día abierto para servirle, señol” , y no da cuatro pasos más que da la vuelta entra en la tienda a comprar cualquier excusa arrepentido con ganas de saludar y la mujer allí escondida detrás de la caja con la pasta siempre sonríe hoy tengo ganas de hablar y te animo te hablo de los jodidos chinos que bien lo hicisteis todo belleza visual y me responde ella trabajar no podel miral pregunto de nuevo pero si no son los precios ella no sabel será por qué nadie le comunica si tu ser del barrio aunque quizá aún no descubril como ¡yo te voy a enseñal!

Un tipo de pereza

1c

4/8/08

En algunos momentos la obsesión con respecto a temas, quizá sin más importancia que su capricho temporal, conducen a Rogelio a la saturación, la parálisis provocada por venenos de serpientes superfluas aunque malignas, rescatado solo por el aburrimiento de estáticos estados, indígenas fuerzas que desvelan: punzan el espíritu y te obligan- Desviado por sencillas fragancias: objetivos comunes, comodidades innecesarias en satisfactorios lugares (¿realmente lo necesitas?)- La incógnita del progreso permanente ¿se da o se interfiere o contamina? Lo sabes y reaccionas y abandondas la nada, improducto individual además de implosivo, enemiga del crecimiento, genial artífice de la pasividad que millones de catódicos tubos y tricolores leds esparcen, cual interiorizada pandemia. Y hablas de la eternidad y del beneficio de la lluvia ácida en las centrales nucleares que apagan sus motores y silencian los aspersores de energía que consumen los mismos que desprecian,...Y tu cabeza sigue contaminada: no creas que las grises alarmas de sucias cárceles que te gritan y arrancan los dientes (en sueños y así creces y rompes etapas dicen) y padres y madres que quieres y despiertas arreglas te olvidan, o los láseres de catódicos científicos que lees amantes de la nada y el espectáculo en vacunas conocidas laboratorios del mal, los mismos de las centrales que producen las ácidas reacciones de grises alarmas en despiadados cielos y tu mente en temas banales, apartando la cálida mirada de una mujer que vio en ti lo que de cierto hay.

No puedes estar siempre hablando de la eternidad - Estupideces cotidianas absorven tu Tiempo, así como decisiones que jamás pronunciarás, luces amarillas que resoplan inconexas y diáfanas palabras - Criterio que te importa y no tonterias de páginas desechables y televisión basura. Suerte que el calor te echa a la calle. ¡Qué suerte que te rodeas (también) de criterio y ambición! De suerte de amigos que nuevos y antiguos crecen palindromos, de un lado y del otro, contigo.

Exactamente zero dos zero siete

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17/7/08

Seré incapaz de levantarme en 5:45 con destreza,
más lo haré por qué nuestra mente controla al cuerpo,
así como el sueño influye en la pereza
y ésta a la vez se subordina al cerebro.

Cada día más tarde, pero sigues y puedes
Aunque no lo aceptes
es lo que quieres.

Freebop!!

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15/7/08

Andaba conociendo el fondo a lo que acontecía; era capaz de sentir mi impulso por escribir, la necesidad de contar lo que decía conocer.

Un cómodo lugar donde disfrutar de tardes que se vuelven noches en cines de películas antiguas, conversaciones de opiniones de la vida que se discuten y enfrentan. Palabras que quieren decir aquello incapaz de reconocer. Reconciliaciones a tiempo de darse cuenta de lo que realmente importa; y es que todo el mundo piensa las mismas cosas, así que lo que escribo también lo piensa quien lo lee, por tanto sabe que aquello que realmente importa es lo que más peso tiene, y si le quiero, a pesar de enormes egos y envidias y temores sin demasiada razón que la pura admiración, es por todo lo demás que nos une y nos comunica a un nivel especial, telepático, profundamente arraigado en nuestro ser y por ello difícil de reconocer lo que conduce a la necesidad, fruta maldita del amor pero insaciable vencedora de la irracional racionalidad.

Así delato la inconformidad de mi Yo: que se niega a mostrar lo que mi mente empeña en destripar aquí, entre sueños y curiosos extraños (y no tanto, ocultos), mentes deseosas de cosas extrañas que parezcan propias, enfermedades ajenas de padecidos síntomas que se atreven a leer, pero quizá no a reconocer. Un cómodo lugar...

Pozo

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12/7/08

Ella mira, habla y bebe: rodeados de aburridos viejos divertidos de apacibles tardes con bancos en sombra y nimias conversaciones; de los gritos y lamentos no puede evitar sentirse sentirse mal y acaba por meterse en la basura, removiendo cajas y cartones en busca de un pequeño monedero con enorme (dice) dinero que espera pacientemente (y a salvo) a ser encontrado por el viejo de gafas oscuras que remueve en esas cosas que no son suyas (que después del hallázgo se siente como Superman al rescate). Ni las “gracias por todo” pueden pronunciarse en la mente demente de una vieja cual misión existencial, desde el momento actual, no es otra que llamar atención, como siempre hizo, tal como siempre hará, solo que ella se siente mal por que la otra es vieja y por eso la ayuda; aunque termine apestada por la mierda de mentira que la vieja que dijo “tiré” su puto monedero en el abismo de la senilidad, por que se compadece (impregnado virtuosismo católico de débiles) de la vejez. Quizá lo piense otra vez más y no repita “hacen conmigo lo que quieren” (por ser viejos) o siga metida en contenedores de papel cartón, cajas y monederos invisibles con verdes y azules billetes y viejas sin “gracias” con cojeras y atenciones deficitarias que nunca fueron suplidas como la que es tan joven y más que yo que no puede más que llorar por su propia infelicidad si los demás no le dan cobijo en la negatividad de sentirse infeliz y ser feliz (solo) cuando los demás lo son igual de poco.

+ 66

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2/7/08

Rogelio acababa de tener una de esas revelaciones que le permitieron subir un peldaño en sus aspiraciones existenciales; una de esas en que el optimismo no era una opción, sino la condición.

En una nocturna vuelta a casa en ciclo...

la fugacidad de la vida no le parecía inconveniente alguno; la fuerza por Hacer hacían de él alguien invencible. Era más que nunca en esos momentos de plenitud, de jodida conciencia real, espiritual, cuando sus ambiciones eran mejor llevadas a cabo. Alcanzaba lo más superfluo, cotidiano y banal, hasta lo inalcanzable, lo que alguna vez soñaba en arrimar: amores platónicos, historias de las que respirar. Entonces era capaz de desnudar con la imaginación al más común transeúnte, desbordar de Hacer del humo más limpio. En fin, Crear.

Por encima de respuestas nulas (por coqueterías absurdas, parvularias) que no conducen a nada más que a desanimadas continuaciones, compañeras hambrientas de suicidios trucados, rumanas de parcas sonrisas que trabajan y viajan y responden y esconden, precipicios de venezolanas catalanas resueltos en conversaciones abstractas

Por encima de todo eso radica esa capacidad por sobreponerse a cualquier injerencia nociva, chupando lo oblicuo y desarrollando lo positivo. Mmmmm, que riiico!

Entonces la mirada argentina al bull dog francés negándose a proseguir su penitente camino, la mirada del resignado e impotente homosexual tímido que sujeta la correa del animal -de pie y parado- y que un argentino al pasar suelte "será hijoputa ché" mirando al perro y Rogelio volando con la bici y soltando una enorme carcajada al paso le convencen aún más de lo que otra vez Siente.

Solo si quieres

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27/6/08

“Destellos de genuinos amargos:

de exámenes finales quizá no sea

más de respuestas idóneas que ajenas parecen impropias.”


La lluvia aparece en el calor de la noche; amiga al rescate…

otros desaparecen, oscurecen, apagan y se van

[como si el partir deba sin más romper]



los frágiles hilos de la realidad te convencen de la soledad

fracciones de segundo antes de sentir apego

de Aquello.

lo demás

lo que vuelve y se va

de lo que intuyes que va a ser y después ya fue

de lo que se acerca y de pronto ya no alcanzas nunca más

de lo que te alejas justo cuando lo empiezas a ver


decides que lo mejor no puede ser ayer;

duermes y lo sueñas otra última vez:

es domingo y la luz te acurruca

tus sentidos se alegran de tan dulce placer

saber que cuando menos lo esperes, la lluvia va a caer

estás allí y no puedes creer que no es

así que Es, y la lluvia entonces cae, lo limpia todo, lo cubre de la nitidez que nada esconde,

que enciende el brillo y sacude el moho. Tu sales y te empapas, abres la boca y lo absorbes,

te frotas la cara con las manos y es cierto: Es. Estás allí tumbado con Ellos, por qué eres

Ellos, por qué ellos te hacen ser a Ti.


cuando despiertas todo es blanco y domingo y lo es, lo crees por qué lo que crees Es.





A todos Ellos: a los que se fueron, los que vendrán, que se irán y a los que se quedaran.

Sonidos primaverales

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2/6/08

(Efeméride a comentar: el que viene a continuación es el post número 100 de este blog)


Decidido a adjudicarse todos los premios, se levanta por la mañana aún con la convicción que podrá llevarse a su amigo al partido. Cuando más tarde le comunican que no podrá ser así, se encoje de hombros y lleva a su amigo al partido de todos modos. La ilusión de envolverse con la magia que dicen rodea ese estadio puede más que el dolor del precio que hay que pagar. Su equipo, con solo una derrota en casa en lo que va de año, inspira los mejores augurios, aunque luego pierde etrepitosamente, dejándoles un agrio sabor que solo es capaz de desaparecer con la dulzura del bourbon con cola.

El viernes el trabajo es más que nunca un trabajo. El intento de salir de la cama se prolonga más de lo deseado (aunque menos de lo necesario) y llega tarde a la oficina. Por suerte su jefe nunca llega pronto, ahorrándose de ese modo sus comentarios sarnosos. Es viernes y solo cuatro horas de sueño impiden que cualquier esfuerzo intelectual se convierta en esfuerzo productivo; simplemente no hay esfuerzo. Sale a comprar el desayuno para los compañeros (este viernes le toca a él). Se toman el café y las perrunas en la terraza, alargando bastante todo el proceso, con la agitación de conocerse en viernes y el agotamiento de todos los días pasados. No son las tres menos cuarto pero decide irse, preguntándose además por qué debía de pasarse las horas en la oficina sin hacer nada (cuando podía no hacer nada), o no haciendo nada productivo para la empresa, en vez de dedicárselos a él mismo, a descansar de la funky night anterior, por ejemplo.

A las ocho de la tarde ya están listos y empiezan a regodearse con la noche que tienen por delante. Sin duda, como muchos expertos así constatan, el resultado final depende mucho de una buena previa que no del hecho en si. En casi todos los proyectos comunes, diría. Calentarse juntos. Pensar en lo que íbamos a hacer, y claro, empezar a beber, comer algo, preparar el kit festivalero (a saber: ropa y calzado cómodo, petaca de bourbon con maría, gafas de sol –por si se alarga hasta entonces-, hoja impresa de los horarios de los conciertos –con los importantes remarcados- y una motivación e intención que vaya construyéndose entre los dos).

Inicialmente la entrada al recinto se complica: un par de errores de cálculo obligan a buscar en la reventa. Finalmente, la suerte y la voluntad entran en escena y sale más a cuenta -económicamente hablando- el abono completo que a la mayoría de los ya presentes. De hecho, como el día siguiente también se incluye, los planes cambian un poco (hay que dosificarse, solo un poquito, dicen), así que el ritmo aumenta acorde a las horas que se intuyen por delante. Aviso para navegantes: ir de festival es un trabajo duro que requiere de una buena preparación física y mental.

Las expectativas nunca suelen cumplirse. Unas veces por excesivas y otras por poco pretenciosas. En su caso, hay un cúmulo de sustancias que se mezclan en el ambiente que les transportan más allá de lo que su percepción es capaz de asimilar: los robóticos de Devo y los atmosféricos Polvo pero sobretodo la heroína de Chan Marshall, que no ironía, son los causantes de la locura colectiva -creciente-. El resto de drogas hacen el resto. Pero en un momento dado todo ha terminado y están de vuelta en la cama, durmiendo y aprovechando sus cuatro horas de sueño, las mismas que pasan antes que suene su teléfono y se vistan, desayunen rápido en la panadería de la esquina y bajen para cumplir (con un par de huevos) con el dichoso torneo de bares. Y no, en realidad el campeonato es de futbol, futbol entre equipos de bares.

Ocho horas más tarde vuelve a estar en el terreno de juego, el de baloncesto, por segunda vez. Pero esta vez sí, esta vez las entradas son gratis. Es la final y los ánimos estan renovados, pero no: pierden de nuevo (ya son tres partidos perdidos en casa en lo que va de temporada, dos de los cuales presenciados por ellos), así que de vuelta al bourbon con cola.

El segundo día de festival lo empieza él solo, primero sacando tajada de la segunda entrada que nadie quiso aprovechar y que dos tipos pretenden (viva la reventa ¡joder!) y luego paseando y fotografiando un poco aquí un poco allí.

Las horas venideras son un poco confusas, tanto para quien escribe como para quien las vivió (aunque no tanto por causa de la memoria como del pudor por el desnudo), así que resumiendo lo resumible, solo unas pocas imágenes se mezclan en la retina: un inicio de paseos y charlas civilizadas, agarrones en terreno vip, donde el par de locos de la colina que le empujan se dedican a sobar tetas (¡hay pruebas!) y a soplar fuerte; comentarios incontinentes en Tindersticks; ensordecedores melodías con Dinosaur Jr.; encuentros del pasado (y el presente) durante largas horas de Animal Collective y otros tantos sin nombre que recuerde, tormentas caídas con la luz del día y quizá pueda que también encuentros del futuro.

Pero la imagen que permite ser contada y que constata teorías y rechaza fórmulas exactas es despertando al mediodía, con la cabeza aún retumbando, la boca seca, las piernas resentidas y los oídos estériles percibiendo como una débil y confusa voz inquiere a su lado: “¡Por favor, ¿puedes decirme donde estoy?!”

Blanco

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7/5/08

Tienes una caja llena de oportunidades,
solo tienes que escoger la mejor de las mejores.

No permitas el silencio del no respondes,
pues falsas pueden parecer verdades.

Elige, responde.

Siempre aciertas, nunca la cagas.

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6/5/08

Naces,
creces,
aprendes,
intuyes,
decides,
haces,
la cagas.
Creces,
ojeas,
sospechas,
llevas a cabo,
la cagas.
Creces,
ves,
sabes,
aciertas.
Creces,
intuyes,
decides,
haces,
la cagas.
(...)

La lógica respuesta a la realidad institucionalizada

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12/4/08

La lógica reacción a los resultados inesperados está compuesta por vociferados sinsentidos mezclados con amargos deseos expresados por la locura más sombría, esa que se esconde, de la que imprudentemente nos avergonzamos, pero con la cual nos defendemos como muestra de nuestra más sincera respuesta.

Porque hay ideas sacadas de lugares remotos, más propias de mundos lovecraftianos y de largometrajes bergmanianos que de la fina capa de asumida normalidad. Simplemente nadie lo entiende (y pocos lo asumen), aunque muchos lo piensen y se lleven su parte -la que se construyen-, hacia propios pensamientos narcóticos, hacia esos lugares prediseñados la llave de los cuales solo ellos mismos poseen, espacios acomodados a sus (mis) íntimas neurosis.

Es la magia de los magos que vuelve de nuevo, la locura de los necios (de los sabios) que aparece por enésima vez; enteógenos diluidos en los vasos sanguíneos que ayudan a olvidar y a crear eternamente en el círculo de la existencia creativa -no necesariamente activa-, que nos alimenta constantemente con la ilusión de la realidad.

La mañana de los magos

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28/3/08

-¿Quiero saber cuál es tu rollo, entiendes? Me harté ya de juegos estúpidos que no llegan a ninguna parte. Estás logrando que me vuelva loco...y que acabe por perder el interés en ti.

Sentados de frente, la tenue luz solo permitía ver sus rostros difusos, medio escondidos detrás de las sombras que la mesa de la esquina les ofrecía. Mientras tanto, la lluvia pegaba en los cristales de aquel bar cualquiera, dominando su propio tiempo, al compás de la razón que ella misma se imponía. Cuando quiso decir algo, no la lluvia, sino ella, él no pudo permitirlo y la interrumpió:

-¡No! ¡Es que no! -gesticuló con los brazos, acercando las manos a su cara, como mostrando su incredulidad-, no quiero perder el interés en ti. ¿No ves que ya me harté? Me duele. Sabía que todo era un juego, pero ya no se de qué trata. Me desconciertas...

-¿Pero de qué hablas? Yo no juego a nada, son solo tus imaginaciones, a mi me parece todo muy bien.

-¡Pues a mi no! -Gritó, liberando la rabia contenida. Nunca pensé que diría esto a nadie, pero no quiero volver a verte.

Y se levantó, se puso el abrigo, la bufanda y los guantes, consciente del frío que sentiría el resto de la noche, recogió el resto de cosas esparcidas por la mesa y se dispuso a salir.

-¡Espera! -soltó ella agarrándole del brazo. Entonces, después de un corto pero inolvidable momento, hizo un breve suspiro y dijo:

- De acuerdo, voy a dejarme querer.

La aventura de pasar inadvertido

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9/2/08

Rogelio hablaba de felicidad sin necesidad de serlo. Recordaba la insistencia de sabios antiguos y fósiles modernos por esclarecer los entresijos de la duda existencial; formulada a lo largo de los años, destapada, emponzoñada por muchos y bienvenida por otros, entre los cuales aquella panda de místicos posmodernos, de apariencia soluble y mirada grave. Sostenía, con una leve sonrisa de burla en los labios, que sin duda tales viejos asquerosos, como solía apellidar a todos, dieron por terminada su angustiosa existencia, como si de una representación teatral se tratara (un drama, por supuesto), presenciando la constatación, por hechos claros y demostrables, de que precisamente todo lo que habían concluido a lo largo de tan frustrante experiencia vital, después de años y años de metafísica trascendental, geofísica inmaterial, y más chorradas sacadas de libros, no era nada más que pura mierda intelectual, pura patraña sin ningún tipo de significado práctico actual. Porqué eso si: Rogelio solía expresarse de un modo vulgar, ofensivo incluso, pero no por ello manco de razones: ¿Qué me importan a mi todos tus años de miseria claustral? –gritaba al aire, como si delante se encontraran a todas esas eminencias empeñado a desmenuzar. ¿Dónde está la vida de ellos? ¿En su obra? ¿Qué maldita existencia significa la posteridad? ¡A tomar por el culo la posteridad! La obra que a mi me obsesiona de verdad es el polvo que voy a echar después contigo –y lo decía mirando a la chica que tenía al lado, aunque no fuera su novia-. Acto seguido, como si nada, fruncía el ceño acariciándose los labios con los dedos y centraba su mirada en algún lugar indefinido. Todos se quedaban mirándole fascinados, esperando a que continuara con la disertación que llevaban platicando, conscientes de que él, a pesar de sus reprobatorias palabras, también era como esos tipos a quien tanto enfrentaba, de barba blanca y rizada o fina y peinada y que aparecen en las contraportadas de libros gruesos o en bustos bibliotecarios. La diferencia era que él, inconscientemente aún entonces, estaba predestinado a enterrar a todos esos viejos, relevarles del poder. Y para ello antes tenía que despedazarles, ridiculizarles, deshumanizarles, quitarles cualquier resquicio de sentido de permanencia para el mundo que él consideraba el auténtico. Piensan que por citar al depresivo de Schopenhauer van a tener mi bendición –continuaba-, o que las teorías existen y que por ello debo comulgar con ellas; la vida no se reduce en aforismos, la vida está aquí, conmigo, con todos nosotros -dijo, cogiendo de las manos a quien tenía al lado, obligando al resto a hacer lo mismo-. ¿Y la felicidad? La felicidad la elegimos nosotros. ¡La elijo yo, joder!


A alguien que dice me va a leer, pero que no escribe.

Conciencia de Poder

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19/1/08

Leía disputas por el control político de un partido de ídem cuando una idea me asaltó; tuve, debido a mi totalitaria convicción de no dejar escapar ni una, la necesidad de anotarla. La precariedad de mi memoria, también totalitaria, es la que me obliga, por otra parte, a traducirlas siempre en palabras escritas. Pero eso no importa. Lo que importa es que justo en aquel instante me di cuenta que un ciego, disimuladamente, intentaba leer lo que en mi libreta escribía. Yo, celoso de mis ideas, esbozaba con mala caligrafía, ocultando el secreto a tan curioso compañero.

Un par de estaciones mas adelante unas niñas se sumaron a nosotros, solitarios viajeros. La más pequeña, que no llegaba a tocar con los pies en el suelo, se sentó al lado del ciego indiscreto. Clavó su mirada en mí. A los pocos segundos empecé a irritarme por tan insolente comportamiento, y noté un calor creciente en el cuerpo; ese pequeño ser de poco más de un metro de altura me hacía sentir incómodo. “¿No viste nunca a nadie escribir, niña?”, pensé con cara de rabia, desconcentrándome, perdiendo quizá para siempre la jodida idea. Por suerte no tardó en bajarse, y sus ojos, a través de aquellas gafas redondas y fijos en mi libreta, dejaron por fin de examinarme. “Vete, vete, niña. Corre con tus amigas”, balbuceé apretando los dientes.

El ciego seguía observándome. Lo sabía. El muy cabrón se ocultaba detrás de aquellas gafas oscuras, pero yo sabía que estaba husmeando en mis notas. En esas estaba yo cuando cinco chicas adolescentes entraron y se sentaron con nosotros. Como no había suficiente espacio para todas ellas, una tuvo que venirse con nosotros. Ya pasando me pisó un pie. Estaban con la tontería encima y se rió de mi queja al sentir el dolor del pisotón. Pidió perdón, pero las otras ya se tronchaban al haberse enterado de la escena. Les eché una mirada desaprovatoria a cada una de ellas y disimularon su descojone, como si fuera el profesor que las ha pillado haciendo algo malo e intentan ocultárselo sin resultado. Intenté volver a focalizarme en la lectura del periódico; mala idea. No tardé en observar que la mocosa que me había machacado el pie con el zapato de tacón (que evidentemente aún no sabía llevar) me miraba de reojo. Lo vi por qué en un momento eché un vistazo a través de la ventana y ella apartó la vista bruscamente. No era la mirada de la niña de antes. Era una mirada inocente y curiosa, si, pero había algo de deseo en ella. “¿Te gusto?”, pensé. Solo me faltaba esto, otra husmeadora y encima pretende que me fije en ella. Cubrí mi cara con el periódico, tapando cualquier campo visual con la adolescente y la olvidé.

Estaba a punto de llegar a mi destino y el ciego seguía allí, intentando confundirme, simulando un desinterés ficticio. Inexplicablemente había logrado quitarme de encima a las aprendices de brujas sin darme cuenta; “mi mirada las intimidó…hmmm, por lo menos hoy tengo autoridad con alguien”, pensé. Decidí levantarme unos segundos antes de que el tren se detuviese para recoger mis cosas y todo eso. Me gusta salir el primero, darle al botón que abre las puertas. En aquél instante mi mirada fue cautivada por algo fuera de lo común; agarrándose para no perder el equilibrio, delante de la puerta, con posado cinematográfico, mis ojos se vieron absorbidos por una mujer de unos treinta años, metro setenta o por ahí, larga cabellera morena y lisa, de tal belleza que parecía irreal. Me resultaba imposible no clavar los ojos en ella; no podían apartarse de su contorno estilizado. Era tan estéticamente ideal…

Sin embargo, no pude evitar ruborizarme cuando, apartándose el pelo de la cara y recogiéndoselo por detrás de la oreja, nuestras miradas se cruzaron. Fue directamente al centro de mis pensamientos y supo que la adoraba. Desvié la mirada de un modo fingido. Se dio cuenta. Lamenté ser tan estúpido, pero ni tan siquiera volvió a fijarse en mi (aunque estaba claro, y de ello me di cuenta más tarde, que me miraba a través del reflejo de la ventana). Las puertas se abrieron y ella salió la primera. Seguí sus pasos hasta que nuestros caminos se bifurcaron. No dejé de mirarla en ningún momento. En el último instante, cuando había logrado alcanzarla y nos disponíamos a separarnos, me regaló una segunda mirada, consciente de que estaba ahí, de que seguía ahí. Una leve sonrisa fue lo último que supe de ella. Eso y de qué sí: soy un maldito ciego pretencioso que aún no quiere enterarse que ellas, al iluminarse un día, cuando les llega el momento y se enteran, poseen el control absoluto que un día nosotros dejamos escapar. Por eso os amo.

Hablo de María, ¿queda claro?

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20/11/07

A Marisol Parreira le daba pereza levantarse del sofá. Todo debía de apuntar para no olvidarse. A cualquier cita, por ejemplo, llegaba tarde; no por desidia, más por descuidar del Tiempo. Es conocido que un día, cuando el sueño era ya insoportable, fue y volvió durante horas y horas metida en el mismo tren. Cuando alguien le advirtió de que empezaba a roncar, simplemente se despertó, miró indiferente a su alrededor y salió en la siguiente estación. Curiosamente era la suya. Al llegar a casa, Marisol se quitaba la ropa muy, muy lentamente. En invierno el proceso era aún más doloroso: primero la bufanda colgada en la entrada...la chaqueta encima..."ay...ahora entra, sácate el jersey, ahora los zapatos...los pantalones", y pum! el móvil que se cae del bolsillo. "Qué tonta -piensa María-siempre me pasa lo mismo", entonces recoge el aparato: la batería por un lado, tírate al suelo que la tapa se fue debajo de la cama, junta todo de nuevo..."ayyy"...se queja María mientras se pone camisón y un batín de lo mas kitsch, dispuesta a tirarse encima de su mejor amigo, el sofá. Allí es donde Marisol se siente mejor con María. Sin nada importante que hacer, solo ella, el sofá, un libro y sus ideas. No como quitarse la ropa. Banalidades.

Perfecta

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"Viviste siempre entre esquinas, sin embargo, prefieres las casas redondas, las de esos lugares donde los bordes no duelen porqué la imperfección no existe". "¿Has visto nunca ciudades perfectas? Ésas, sí. Las que tu imaginación dobla hasta tener al alcance, a la misma distancia del centro."


El tesoro

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19/11/07

La mujer interrumpe a las chicas que hablan y, mirando a la que se encuentra más cerca, dice: "Creo que se te cayó el botón". La chica mira a la mujer, luego a su mano, donde muestra un botón negro, y contesta: "No señora, no es mío". "Ah, perdona, pensé que era tuyo", gesticula decepcionada, al mismo tiempo que tira el botón negro al suelo, como si no fuera de nadie.


Si os dan papel pautado, escribid por el otro lado.

Juan Ramón Jiménez

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