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Dichosa desdicha

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23/1/09

¡Joder! La pesada alarma suena ya por quinta vez esta mañana. Será insistente… No hay modo de despertarse; fuera, una suave corriente de aire helado se restriega contra la ventana, haciendo llegar un débil zumbido a mis oídos; es el intenso frío que intenta traspasar mis protectoras paredes. Ni de coña, me digo. Levanto la cabeza para atestiguar lo que ya sé; por entre las cortinas recién estrenadas puedo intuir la oscuridad que inunda la ciudad, que se mantiene calma y silenciosa, aparentemente inamovible. Constato que aún es de noche…no puede ser verdad. Suspiro. La conciencia de la inevitable decisión de levantarme es tremendamente frustrante. Cubro mi cuerpo entero con el edredón -como si con ello fuera a desaparecer la maldita obligación- y cierro los ojos con fuerza, intentando olvidarlo todo. Por mi cabeza la idea de no acudir al trabajo se me antoja una salvación. Hoy no. Les diré que estoy enfermo. Que la lluvia caló en mis huesos y dio paso a un colosal resfriado. Hay una plaga de no se qué. Me lo invento, da igual. Últimamente hay plagas de todo tipo ¿verdad? Será fácil y tampoco es nada grave. Suplicaré si es necesario. Total, de todos modos si termino por ir al trabajo no pienso hacer absolutamente nada. Me limitaré a sentarme delante del ordenador y matar el tiempo en internet hasta las seis… O hasta que el tiempo acabe conmigo. Y otra vez: ¡Joder! Hasta las seis… Eso acaba por ponerme de mala leche. Parece imposible que tenga que pasar por esto. No termino de acostumbrarme; en días como hoy, lo mandaría todo a la mierda.

La imagen del andén abarrotado no mejora las perspectivas. Sorteo un grupo heterogéneo de cabezas protegidas por gorros de lana, ojos soñolientos y miradas perdidas. Siento que soy una bola de billar antinatural, intentando no darme con nadie y evitando que caigan en el supuesto agujero. Si… se me ocurre lo fatal que puede llegar a ser caerse en el agujero de una mesa como ésta. Así que la finalidad del juego es no meter a nadie en ningún lugar, sino meterte tú entre esos lugares, sin tampoco caerte en el agujero.

Con no pocas fintas de hombros, logro sortearles a todos y abrir el libro ya en mi posición habitual: apoyado en uno de los arcos que impidieron hasta el día de hoy que la negra y sucia bóveda se viniera abajo. Esperando el tren, como cada mañana, a pesar de intuir algo distinto en el ambiente, convencido de abstraerme en la lectura.

No puedo más que leer un par de frases de Fante subsistiendo a base de naranjas guardadas debajo de la cama, lo que hace que tome un poco de distancia ante mi aparente desdicha y empiece a sentirme mejor, cuando oigo el inconfundible zumbido del tren al aproximarse, mucho más penetrante e intenso que el viento intentando entrar a través de mis paredes. Todo se sucede despacio, preciso y diáfano al mismo tiempo; los cristales y las caras incrustadas a ellos escenifican la tragedia de este lunes. Ojos tristes y fatigados por un sufrimiento cruel e injusto ¡a las ocho de la mañana! O precisamente por ello. Da igual, parece que me lo dejan claro: ¿no pretenderás entrar? ¿No querrás entrar? Ya ves como vamos, no merece la pena pasar por esto. Momentáneamente percibo un grito ahogado de suplica, puede que incluso se arrodillaran…si pudiesen. Pero es imposible insistir más: el vagón se detiene. Entonces, como si de hordas de orcos tolkianos se tratara, empeñados en alcanzar como sea el objetivo por el que fueron creados, una avalancha de seres adormecidos se amontona exasperada ante las puertas de los vagones, con el único propósito de meterse dentro ¡De meterse ahí! Ya no hay esperanza, me digo incrédulo. La frustración me lleva a pensar en una alternativa. Las puertas se abren y lenta pero inexorablemente empiezan a moverse. Como representante singular de esta calaña, descarto cualquier otro modo de llegar al trabajo. Soy de los primeros en asaltar la fortaleza. Consigo entrar, más por la presión que siento detrás de mi que no por el espacio en el interior, muy por encima del límite de lo soportable. Mi voluntad deja de pertenecerme en este preciso instante, pero una extraña sensación de éxito me seduce. En cambio, la idea de seguir leyendo abandona súbitamente mi razón. Ni por asomo me atrevería. ¡Loco! parece que dice. Podríamos levantar los brazos y mirar hacia arriba, le propongo tímidamente…, pero como casi siempre, la razón acaba venciendo, así que olvido la idea y decido dejarme llevar por la voluntad colectiva que me guía hasta el interior de la máquina diabólica, calefactor humano, gimnasio matinal y forzoso, territorio de sufridos trabajadores trajeados, mártires del engranaje mundial, abandonándome al pensamiento de la desdicha en que nos vemos atrapados en este maldito mundo surreal… mientras por detrás siguen empujándome con fuerza y desdén.

Me dedico a hacer lo único que soy capaz de hacer: pensar. Pienso en lo extraños y desvirtuados de interacción que son los viajes en metro. En el fondo, no llegar a comprenderlo del todo despierta mi interés, así que sigo destrozado por la situación que me envuelve, poéticamente destrozado, y dándole vueltas al asunto. La conclusión a medio recorrido deriva en un par de hits comunicativos ahí abajo: las abuelas pretendiendo quitarme el sitio y los niños llorones. Poco más. Por las noches, en esas etílicas madrugadas, a la gente no le importa tanto mirarse ni examinarse; arman lío, gritan y escupen en el suelo. Entonces si se interactúa. De día eso solo sucede en estados de ánimo alterados o en situaciones extremas. Puedes ver la diferencia un sábado a las siete de la mañana: los borrachos mezclados con los soñolientos y madrugadores currantes. Lo he vivido como ambos y puedo asegurar que los que se ríen es porqué lo pasan bien y los que no, esos están deseando estrangular a los otros. A pesar de todo ello, mirando por encima del mar de cabezas anónimas soy consciente que encontrarse circulando a ochenta por hora a veinte metros de profundidad bajo ríos, cloacas u restos de especies extinguidas, ante esas enormes ventanas con excelentes vistas a la nada no ayuda mucho a fomentar las relaciones humanas, que digamos. La mayoría de veces, como hoy, se trata de una experiencia frustrante, en la cual la mejor parte consiste en toparse de nuevo con el tráfico y sus asfixiantes gases. Por otra parte, el contacto físico con los demás es una constante, incluso desagradable; gente maloliente, esos barrotes sudados… Pero hay días en que puede que delante de tí –por divino capricho de la voluntad colectiva-, topes con alguna bella mujer, la mujer de tus sueños incluso. Y puede que llegues a intercambiarte miradas, fantasear un rato con ella, aumentando a cada momento la sensación de que realmente si: es la mujer de tus sueños ¡es ella! La que todos andamos buscando. De paso el trayecto puede que se te haga más llevadero. Sin embargo, muy a pesar de la infinidad de ocasiones en que eso me ocurrió, eso es, reconozcámoslo, nada menos que poco probable. Más si tenemos en cuenta un lunes por la mañana como éste, en el que los astros montaron tal cristo encima del cielo nublado de la puta ciudad que ni un congreso de maestros del vudú practicando la última versión del hechizo especial sería capaz de arreglarlo. Lo más probable es tener que tragarte, literalmente, el abrigo del tipo casposo de aquí delante, de calva en avanzadilla, con todo su poco amor propio y desprestigiada responsabilidad higiénica.

En esas que, con la vista pegada en el sucio abrigo, llegamos a la siguiente estación, Hostafrancs, y curiosamente las caras de los que esperan en el andén, atónitas, me resultan familiares. Sería estúpido preguntarme cuál es la mía ¿verdad? La incredulidad crece exponencialmente: Dios, si existes, gracias por ponerme en todas las situaciones posibles para de ese modo aprender a odiar a todos en su justa medida. El tren no puede absorber a nadie más, estoy convencido de ello; lo siento chicos, deberéis esperar al siguiente, creo que hubo algún problema con el anterior. Sé que tenéis prisa por llegar pero ya veis como está esto… Sorprendentemente tal evidencia no lo es para todos y la otra voluntad consigue sobreponerse a la nuestra, que no pretendía ceder ni un milímetro. A base de empujones y actitudes que buscan de nuestra compasión, terminan por conseguirlo. No fue buena idea. A los pocos segundos, una voz femenina sin ojos ni nariz ni orejas rompe ese silencio que impera en esos momentos de dolor y sufrimiento y que ahora nos hace más soportable la tortura: Muévete para dentro, niño, que no me dejas espacio. Ordena ella. Señora ¿de qué espacio me habla? ¿No ve que estamos todos aquí apretados? Le replica resignado el chaval, al que si puedo dibujar una cara de mierda resignada ¡¡Ay!! por favor, y ¿qué pretendes? ¿Que me quede atrapada en la puerta? si no te gusta esto cógete un taxi. Joder con la vieja… ya la tuvo que soltar. Como si tuviéramos tantas alternativas. Eso me molesta y también me hace pensar. La idea de un taxi en la puerta de mi casa aguardándome con la calefacción en marcha dulcifica por un instante la asfixiante realidad, desapareciendo súbitamente al encontrarme de nuevo esos hombros cubiertos de motitas blancas ¡Qué horror! No puedo leer y ahora no puedo ni ir en taxi al trabajo. Menuda manera de empezar la semana. Los astros ahora si parece que acordaron en joderme la mañana. En jodérnosla a todos.

Ya en la oficina nada parece mejorar. Era de esperar. Esa agenda que no tiene más uso que el de bloc de notas lleva unos días atrasada. La observo en su esquina, al lado de la pantalla, pulcra, sin anotación alguna. Un lugar destacado. Aunque recuerde la mayoría de citas y por tanto no es para nada necesaria, siempre quise tener una. Contemplo las impolutas hojas. Miro el reloj en la esquina inferior de la pantalla. Vuelvo la vista de nuevo hacia la agenda, resignado por el lento transcurrir del tiempo. Entonces me fijo en un detalle de la agenda, y es que en una de sus esquinas hay un dibujo del sol amaneciendo y otro atardeciendo. Justo al lado, la hora en que sale el sol este día: las ocho y diecisiete. Y en que se pone: las cinco cuarenta y siete. Muchas gracias por la información, agenda. Ya fuiste útil hoy. Una suave pero helada brisa me resopla en el cogote. La piel se tensa y los pelos se me erizan. Alguien abrió la puerta del patio y dejó entrar el tan poco valorado frío invernal, lo que suma un poco más de odio a todo lo acumulado. Apoyo los codos en la mesa apoyándome encima de mis manos y cierro por un momento los ojos. Entonces pienso que entro a trabajar cuando el sol apenas hizo acto de presencia y me largo unos minutos después de que el gran Astro nos abandone a nuestra suerte. Opto por ser práctico y conservar un poco de amor propio; tomo una real pero al mismo tiempo angustiante conciencia de la importancia de la electricidad. Intento recuperar el calor tapándome el cuello y abrochándome el jersey, pero al voltear la cabeza en busca de algo de luz natural recuerdo que no, que en esta minúscula y mal ventilada sala, con sus retratos nigrománticos y pequeños mausoleos retóricos no entra un ápice de luz solar. Si, la electricidad permite la desnaturalización, la pérdida continua del contacto con el mundo exterior, de los hechos naturales, y permite cosas extrañas, increíblemente sutiles, como aterrarnos ante la leve insinuación de oscuridad. Todo va a peor. No hay escapatoria.

En mis últimos minutos postrado en esta silla soy como un vampiro que, ansioso ya por salir a por una ración de fresca y sedante recompensa, aguarda impaciente la hora en que el sol se retire. Metido en mi ataúd, las horas pasan despacio, cual conjura del Tiempo privándome de la redención. Hay días realmente prescindibles. Los lunes directamente no deberían existir. Más bien la obligación de que existan debería ser opcional; levantarnos sin apetito, ducharnos para combatir el sueño, meternos en latas rodantes para sentarnos un tercio o más de ese repugnante día a esperar que las horas simplemente pasen lo más rápido posible. Qué mal te lo montas.

Con la convicción que las seis de la tarde ayudaran a evitar el desastre anunciado, soy capaz de enfrascarme en la misión de intentar ver a un amigo, muy a pesar que los dos sabemos que no queremos vernos. Es esa contradictoria obligación de tener que hacerlo que nos empuja a ello. Quizá la falta de coordinación de los últimos días influyera inconscientemente en mi fantástico día. Nada más lejos que la realidad: que si quiero ir a cenar con él y algunos de sus amigos, que si quiere venirse al cine… No nos veremos ya, quizá en mucho tiempo. Así que me meto en el cine.

Brillante idea ¿aún esperanzado por salvar algo? Pues una buena dosis de surrealismo e inconexión literaria te convencerán de lo contrario. Los primeros diez minutos versan sobre la necesidad de mantenerse despierto o sucumbir al agotamiento y desalentador inicio del filme. Después, todo lo que me llega son mensajes confusos sobre ¡curioso! el competitivo mundo de las relaciones empresariales, la selección de personal y el supuesto pasado de unos oligarcas de multinacionales con el nazismo. Demasiado para hoy ¡Demasiado para nunca! Solo unas seis personas me acompañan en la sala. Me doy definitivamente por vencido, así que la vuelta a casa es silenciosa, a paso lento y con una profunda melancolía envolviendo todos y cada uno de mis pensamientos. Entonces una fina lluvia empieza por humedecer mi pelo, lo que añade un punto de dramatismo a la escena. Pronto se convierte en un diluvio despiadado.

Llego a casa jadeando por la carrera. Chorreando por los cuatro costados ¡Oh, por fin! Refugio de tristezas y baúl de las más profundas penas: gracias por encontrarte aquí, sin sobresaltos, sin sorpresas, en tu lugar. Gracias por ofrecerme la más sublime protección, la del ciego y gran redentor, tu que sabes guardar mis mayores secretos, cobijarme y secarme las lágrimas de dolor en un día como hoy.

Me dejo caer en la cama. Sin embargo, soy incapaz de conciliar el sueño; mi mente repasa todo lo que aconteció durante un buen rato hasta llegar a la ambigua conclusión que nada ocurre en vano.

Lo descubro al día siguiente mientras me levanto sobresaltado por culpa de los destellos del sol penetrando por la ventana. Es una luz blanca y potente gracias a las nuevas cortinas. Llegaré tarde al trabajo y no me importa; solo entonces puedo entenderlo. Irremediablemente me abalanzo a escribirlo todo. Es martes. El día después. El ciclo empieza de nuevo. Para mí: martes de resurrección. Y para que así sea, toda esa mierda debe de ocurrir un lunes. Eso es.

Muros transparentes

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22/11/08

No soy aquél de allí
no soy ni estoy aquí,
estoy confundido,
inducido por
los infinitos túneles del metro,
las oscuras intenciones de los seres que
sorben
fisgonean mi cuenta de ahorros
ordenan mis propósitos
relamen los restos de mis sueños
y luego escupen.

Por favor lavado espiritual; La Central
Comelade y el xolófono,
cine en el Institut Française,
lo que sea.
necesito sentir algo propio y olvidar,

Paseando por el raval
es imposible evitar,

El drama invisible de los desechos,
partículas de polvo que se retuercen
en esquinas inyectándose bimbos de carrefures
aspirando el imposible vaho de la nouvelle cuisine
que se muere en el cristal
desde el cual

Los amargos caprichos de esta ambigüedad
que llamamos ciudad
de este destino fugaz
totalmente incapaz
aparecen incoloros, ubicuos,
[despreciables, estupiduos...

Yo aquí y no allí
balanceándome en lo alto de la cuerda
persistiendo en negar la inevitable resolución
de tener que escoger
entre tirarme y caer
por el falso
destino de la hipocresía,
o por la infeliz
dicha del dolor.

New Order

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6/11/08

Te rondan por la cabeza estructuras mundiales que dominan por completo mentes ilusas. Esos que llaman del grupo Bildelberg; líderes de gobiernos y de las finanzas que se reúnen cada año y mientras beben y fuman -y no quieras saber qué cosas más- deciden las sucesivas acciones que les permitan alcanzar su único y verdadero objetivo: el poder absoluto.

Pienso eso hablando de otros tiempos, unos que parecen ya muy lejanos y más que nada ajenos. De las universidades y de compañeros de piso psicomaníacos, a los que te encuentras por el camino y desaparecen, conoces y quieres (u odias).

Así llegamos a Zeitgeist, ese increíble documento que nunca verás en los periódicos, rechazado e ignorado por los medios. Claro, los medios que ellos mismos controlan, los que si se aceptan y tienen alcance. Pero ya no importa más... ¿a quién le importa? ¿Nuevo Orden mundial? Pues bien, mientras no desordenen demasiado el mío, que hagan lo que quieran con el suyo. Total, mejor el FMI que no el Parlamento Chino. Mejor Disneylandia que Dubai, el Vaticano a la Meca! No merece nuestros mayores esfuerzos luchar contra lo que ni siquiera sabemos qué es exactamente, qué forma toma o en quien se plasma. De acuerdo: Capitalismo multinacionales intereses deuda especulación. Quizá incluso merezca nuestra vida. Pero ¿en qué forma se nos aparece todo eso? No voy a hacerme asceta. Por otro lado: Privilegios. Estoy aquí, sentado frente un ordenador que vale lo que para aproximadamente la mitad de la humanidad significa un año de su sueldo ¡y todo lo demás! Ya sabéis...¡todos sabéis! Pero nadie está dispuesto a hacer. En el fondo tenemos conciencia de grupo y aquél más extenso en el que te identificas es en la civilización, puto occidental. No vas a permitir que te quiten derechos en beneficio de otros ¡maldito egoísta! Desde Jesús a la Reserva Federal que te la están metiendo doblada y tu sigues creyendo que vas a salir bien parado, aceptas que te metan solo la puntita, con tal no te la metan entera. Pero lo cierto es que por tu cortísima memoria -ellos llevan anotando todo desde siempre- no te das cuenta que algún día, como les sucedió a tus abuelos y antepasados, incrédulos y fieles, patriotas y rebeldes, cuando menos te lo esperes vendrán y te dirán: ves lo que hay ahí fuera, lo que ves cada día, pues olvídate de todo porqué a partir de hoy todo eso ya no existe. Y por cierto: mientras te agachas sujétate fuerte por qué te va a doler.

Y entonces me pregunto qué cojones de absurdidad monumental es esto... Nada tiene ningún sentido. Elegimos algo por qué debemos elegir, lo que sea. Nos montamos toda una estructura mental para justificar las decisiones que tomamos y después, un día cualquiera, percibimos lo que es el principio del fin. Al siguiente día ya no crees nada de lo que creíste por la noche y todo se ha desvanecido. Múltiples fuerzas te absorben y succionan, primero la piel, luego los órganos, los huesos y por último lo que te queda del alma. Y ya eres aquél que siempre quisiste ser. Completamente aquél Insatisfecho, rechazas a Zeitgeist y las teorías de la conspiración por un nuevo orden mundial, te asomas a la ventana y quieres primero, antes que nada, encontrar la respuesta a tu propia locura, la que irremediablemente crece junto a la ajena. Entonces decides que hoy vas a ser un revolucionario pero que el resto del año vas a intentar apañarte con lo que hay, que no es mucho.

Así que piensas que es estúpido ser idealista teniendo un trabajo estable y facturas. Bodas, partos, encerronas del banco y escapadas sanatorias de fin de semana y congestión a la vuelta no perciben siquiera el significado de esa palabra. Es rematadamente fácil ser estudiante y salir a la calle a gritar y no beber la chispa de la vida. Cuando te agarras a la enorme rueda en que a fuego hay gravado “Sociedad global”el único deseo que asoma por tu angustia es no morir aplastado por ella. Pero eso no es lo que venía a decir: Quiero que alguien del futuro, con su nave intertemporal, aterrice a mi lado y me susurre la Verdad al oído. Que después de hacerlo se acerque a ese imbécil que se llena la boca de palabrería y le muestre como él mismo, dentro de veinte años, estará dando de palos a los que ahora son como él desde una cómoda silla en un decimotercer piso. Y le dirá: “Lo mejor de todo es que entonces no serás consciente de nada de eso. Lo único que te importará será el jodido euribor y los pañales para tu hijo cagón”. Ni por asomo va a plantearse si es o no es feliz. Solo lo hará si algún día ese lunático que nunca dejó de ser estudiante ni idealista es capaz de dar por el culo a su país entero, porqué los pobres son pobres pero son muchos y también están locos, así que no dudéis, por mucho que rechazéis a Zeitgeist y a las teorías de la conspiración, os lamentéis de Bilderberg u del capitalismo radical, ese otro malnacido disfrazado de negro, musulmán, indígena, conseguirá finalmente la llave de tu casa, entrará y te dirá: “ves todo lo que hay aquí a tu alrededor, pues vete olvidando de todo porqué ahora es mío. Fuera de mi vista maldito miserable”. La rueda te estará entonces aplastando. Y sí, a ser hijos de puta sabemos jugar todos, por lo cual ahora mismo solo nos queda algo: hacer como que no oímos, no vemos, no sentimos nada. Y lograremos sobrevivir.

El poema optimista

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19/9/08

Esta noche quizá camine, quizá hable con la noche…

de los días de caos que me acosan
de la inexistente calma que ansío
y de una respetable ciudad que succiona
en agradables calles que rebosan:

de destellos de regularidad pasmosa
y cabellos tráfico enredos
en giros de cabeza rutinas
que amas como cualquier cosa.

Y es que,

veinticuatro escasas horas dan
para cinco horas de sueño
ocho de aire viciado y pantalla
y algo que sabe a poco entre uno y ello.

quizá la noche hoy me hable y me distraiga…
hoy es el quinto día, me levanto y a ver que pasa
de todos modos nada creo que caiga.

!Todo el puto día para servirle, señol!

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11/8/08

Estoy viendo a los malditos chinos dejarme con el culo en el suelo y por momentos los pelos de mis brazos se erizan ante la increíble fuerza de la voluntad humana, que es capaz de lo peor así como de lo más bello y genial -Observo mi cuerpo dormido y embarcado en etéreas naves de placer, desplazado de la perfección visual recuperando sueños robados por noches locuras –Saliendo tumbos abajo camino de la luz el aire y sociedad que recuerdan estoy aquí y mezclado otra vez – Libros nuevos encontrados comprados de Vosotros ya me conocéis no puedo dejar de escribir ni leer(os) - Sobredosis de electrónica narcótica en plantas y plantas de individuos y estantes con placeres y aglomeraciones; guitarristas virtuales que pretenden ser bandas de quinceañeros oscuros satánicos en consolas de hedonismo (por qué coño se le llaman así, consolas?) y sonidos envolventes pantallas de altas definiciones más perfectas que realidades mismas. Destellos de flaqueza de publicidad insistente joder está buena la jodida droga que le inyectan en La Hamburguesa, en mi la abstinencia solo aparece cada trimestre o así, en otros al rato y gordos enfermos mueren – Cuando abajo percibo de nuevo la existencia de mi ser en la memoria y estoy en la Rambla (no la plasta que te mueve en zigzag no, la otra de palmeras y chilabas negros borrachos y pijos, descafeinados yuppies disfrazados de hipsters hippies de marca y gente de buen rollo, todos esos), entonces percibo como mi alma se eleva encendiendo las ideas en los pulmones de raquíticas plantas que aunque poco y mal dieron lo suyo, se eleva leyendo primeras palabras de páginas recién tomadas debajo palmeras que iluminan artificiales luces y “gracias por permitirme leer”. Así que leo y recuerdo a grandes mujeres cruzando delante de mi, la mitad de ellas con mi corazón ya rendido de antemano (y tapado para que no lo descubran), dispuesto a dejarlo todo por sus pies y la ilusión de su perfección. También a bajitos hombres malayos sonriendo satisfechos y paquis hablando enfundados en sus largos vestidos veraniegos que dejan pasar el aire y tocar tu piel (siempre les envidié, como a los escoceses), pero los que a pasear mujeres no dejan, discutiendo en su idioma musical gracioso verdad y más si fumas un poco –La bici que me lleva se desplaza cuesta abajo a pesar de vivir en lo alto, no solo llego sino que paso de largo y me topo con la mujer mayor que pide tres veces perdón (no es tan mayor) por meterse en nuestro camino y la miro y no puedo más que reír y ella asustada por pensar ¡morir atropellada por bici y encima sin indemnizar! y también se ríe. La bici sigue por mi así que puedo pensar y sonreír disfrutar de los edificios que me envuelven tan mágicos y de una belleza tan natural (como todos deberían ser, pienso) entonces me encuentro por allí los coches detrás de mi paso, yo dominando la calle y esquivando los peatones por Sol i Revolució, la que constantemente está en mi, esparcida en alma de bici que de vuelta me lleva directo al bar delante de mi casa en el que solo una vez entré donde camareras cálidas e increíblemente hermosas me hablan y tipos que sueltan “adiós” al salir aquí en Barcelona soy del barrio, mi barrio, hay que hacerse del barrio, comunicarse con el barrio…y así sonriendo asombrado de estar viviendo todo eso se encamina a su casa para escribirlo todo y se olvida de mirar al chino de la tienda “todo el puto día abierto para servirle, señol” , y no da cuatro pasos más que da la vuelta entra en la tienda a comprar cualquier excusa arrepentido con ganas de saludar y la mujer allí escondida detrás de la caja con la pasta siempre sonríe hoy tengo ganas de hablar y te animo te hablo de los jodidos chinos que bien lo hicisteis todo belleza visual y me responde ella trabajar no podel miral pregunto de nuevo pero si no son los precios ella no sabel será por qué nadie le comunica si tu ser del barrio aunque quizá aún no descubril como ¡yo te voy a enseñal!

Horas intempestivas

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14/5/08

No eran horas intempestivas cuando esbocé una sonrisa al abrir bien los ojos. Al silencioso desplazamiento por la ciudad aquella tarde de domingo, los colores de la ciudad impregnaron mis retinas. Si, colores. Fue como una liberación. Después de semanas, de meses deseando, implorando la compasión del cielo, sacudiendo la conciencia del más inconsciente, por fin el agravio, la vergüenza cultivada durante años de imprevisión, imprudencia y prejuicios había marcado un punto y seguido y de arriba la lluvia por fin todo lo mojaba. ¡Y de qué forma! Litros y litros empapando montañas, bosques, prados, parques, tejados, avenidas y calles. Salía y pensaba: ¡Qué no pare! Que siga días y días. Y estoy convencido que nadie pensaba lo contrario, nadie que sufriera por ver discusiones vacías sobre los pozos también vacíos. ¿Qué hacéis con paraguas? Mojaros y dejad que la lluvia os demuestre que seguís vivos. Echad la cabeza hacia atrás, cerrad los ojos y abrid bien la boca, que el sabor del alivio recorra vuestras entrañas. Disfrutad del momento, desead con todas vuestras fuerzas que siga lloviendo. Y así fue: me levanté al día siguiente y seguía lloviendo. Más, más y más agua. ¡Que corra! Que se llenen los ríos y los embalses; recoged todo lo que podáis, metedlo todo en cantimploras y sacos enormes y guardadlos o yo qué sé, pero que no desaproveche nada.

No eran horas intempestivas sino el final de ese sueño vuelto colores en la ciudad. Fue un baño a conciencia; todo quedó reluciente y nítido. La escorrentía se había llevado lo feo y lo despreciable. No había rastro de polvo ni suciedad en las calles. El cielo seguía azul oscuro, casi negro, esperanzador aún. Nunca vi árboles tan verdes ni tal cantidad de pájaros perder la timidez, esa que el calor sofocante y el ruido y el amarillo de lo seco les obliga a tomar. ¡Porqué no había ni ruido! La gente seguía bajo sus tejados y mi ciudad estaba limpia, de colores y descreída. Los jardines podían vivir un tiempo más sin agua. Todo estaba más tranquilo, aliviado como el preso a quien aflojan las esposas. Firmamos una tregua.

Pero aunque los árboles se sujetaran a la vida y los bosques permitieran que el agua corriera y reavivara los torrentes, los ríos llenaran de nuevo sus cauces y los acuíferos se empeñaran en renacer a las secas fuentes, los invertebrados dejaran paso a las generaciones futuras y a los demás seres se les permitiera vertebrarse un poco, después de la lluvia y los colores y los pájaros tomando la ciudad y el verde de los árboles dilucidando el placer que sintieron con el festín que se dieron, que todos nos dimos, a pesar de todo ese goce y alegría somos conscientes que seguimos esposados a la voluntad de lo impredecible; la voluntad de la estupidez humana. Lo somos ¿verdad?

Guerras, taxistas y pepinillos

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3/5/08

El control del subconsciente incita a la subordinación
de las mentes, sino, díselo a mi gato.

Rebuscando en la despensa algo con lo que saciar un incipiente apetito, el tarro de pepinillos –que entonces ya tenía entre manos- hizo que me acordase de aquella historia tan singular que hablaba de un tipo que el día en que se levantó con la polla tan pequeña como un pepinillo su mundo se vino abajo. Forjado donde las virtudes se expresan en centímetros, ese grandullón pasó a ser chiquitín y los días, como los pepinillos, con vinagre algunos y agridulces otros tantos. Tal era la constelación de perjuicios que su diminuto instrumento acarreaba con el mero hecho de su existencia, que sin más preludio, un día no pudo soportarlo un segundo más y ¡zas! Cortó en seco. “Ya está –dijo con el culpable entre sus toscos dedos-. Problema resuelto”.

“¿Qué capullo verdad? -pensaba mientras observaba uno de esos pepinillos-. No entiendo en qué resolvería cortarse el pito sus problemas –y le daba un mordisco-. Un tío sin polla. ¿Qué solución es esa?” y seguí saciando mi apetito.

Por aquel entonces no comprendía nada. De pronto, como intentando buscar respuestas, saqué mi pene y lo miré; estuve un rato reflexionando. Si, era cierto, le tenía un aprecio especial; me importaba, sentía que era mío, parte de mi. Pero nada más: estaba ahí, cambiaba de tamaño, tenía días tontos y otros menos, como todos, pero seguía siendo el mismo. Seguía siendo yo.

Ahora lo pienso y sigo sin comprender tal historia, más soy consciente que el orden de lo inaudito está más cerca de lo que creemos. Y si un tarro de pepinillos puede saciar mi apetito y transportarme a historias imposibles, cortarte la polla y creer que así resuelves tus problemas puede ser perfectamente posible.

Paseando por esas calles homosexualizadas del Eixample, un yanqui de blanco que repasó mi figura de arriba a abajo hizo acordarme que el gobierno de su país ideo hace algún tiempo una bomba “gay”. Si, si: una puta bomba “gay”, la llamaron. Supuestamente, tal artefacto liberaba un tipo de gas (o feromonas o qué coño sé yo) cuyo efecto, al ser inhalado, incitaba a los soldados a dejar las armas y a meterse al trapo, o al trabuco, para emplear un lenguaje más castrense. Entonces era el momento del contraataque, con las tropas se supone que de festín singular en tierra de nadie. Resultó ser un fracaso. No tengo ni idea de por qué, pero imagino que la incomodidad del campo de batalla, entre barro, trincheras, alambre de espino y los capullos del otro lado mirándote con prismáticos echaban más para atrás que no el jodido gas afrodisíaco. O quizá más bien todo lo contrario: que el efecto del gas les resultara contraproducente ya que al sembrar tal cantidad de desenfreno entre las filas enemigas, éstos volvíanse, debido al roce propio del acto mismo, un grupo más unido y por tanto más difícil de vencer. “Eso les debe ocurrir a los gays, por eso crean sus propios guetos y montan hoteles para, tiendas de, viajes con, fiestas por el…”, pensé yo. Aunque si ese fuese el caso, tengo por seguro que a buen recaudo tendrán guardada la fórmula estos yanquis, no vaya a esparcirse tal semilla y San Francisco, Mikonos o Barcelona (con el hotel Axel al frente) se rebelen contra el imperio de lo hetero, o peor: no vayan a terminarse las guerras por contagiar el mundo entero con el deseo de fornicar a todas horas, con todo dios.

¿Qué demonios le pasa a este mundo de tarados mentales que secuestran a hijas y se las follan y tienen hijos con ellas y se las siguen follando y subyugando y torturando? Mierda, que los taxis echen gas follador por los tubos de escape, incluso así los taxistas puede que algún día conduzcan bien, y nos dejemos de guerras estúpidas por la cola del pan o las muestras gratis de paté de jengibre.

Pero no, las guerras, como los tarados, seguirán existiendo. Lo menos contraproducente, en este caso, es no tenerla demasiado grande, no sea que algún día te digan que no es tan grande como creíste, y estar lo suficientemente tarado como para no entenderte algunas veces, pero no tanto como para llegar a cortarte tu pepinillo. Tío: no pasa nada por tener un pepinillo chiquitito, tu hija no merece ser secuestrada y violada durante veinte años por eso. No va a solucionar tus problemas. Mejor acéptalo y dedícate a chuparlos si acaso, cabrón.

Pensamientos estúpidos

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24/3/08

Vas paseando por la calle y ¿qué ves? En principio diría que no solemos mirar mucho lo que hay en la calle. Más que nada nos concentramos en nosotros mismos, en nuestros pensamientos, problemas, o en el lugar hacia el cual nos dirigimos. Sin embargo, sabemos que a nuestro alrededor hay más; todos aquellos con quien nos cruzamos también andan pensando en sus cosas, probablemente, pero hay quien no camina solo. Estos suelen hablar entre ellos, a veces. Andando solo, en esos días en que simplemente vas, sin pensar en nada, con la mente abstraída y concentrado en tus pasos, en el momento de cruzarte con esos tipos que hablan entre ellos, sin quererlo cazas un par de palabras de su conversación. Siempre me ha parecido fascinante lo que la gente habla, aunque parezcan estupideces me atrae saber que es lo que se cuentan, diría que es mi interés sociológico, pero mentiría si no reconociera un poco de curiosidad y otro poco de morbo en ello. Cuando solo es una parte de lo que hablan lo que llega a mis oídos, entonces intento adivinar que es lo que sigue, o que es lo que les llevó a decir aquello en concreto. Un día me crucé con un grupo de chicos, de vuelta a casa, y uno de ellos decía: “…hay un vibrador que lo puedes conectar a la guitarra eléctrica”. Sin más. Evidentemente la duda (del antes, del después y del porqué) se prolongó mucho más que mi camino de vuelta.

Otro de lo que puedes ver en la calle son gente paseando a sus perros. Es posible identificar, por la raza de los perros que ves, si una zona es de clase alta o de clase media. Normalmente en los barrios más degradados los perros se pasean solos. En donde yo vivo, concretamente, predominan más los perros de raza, por lo tanto, sin necesidad de mirar a nada más que a los chuchos, puedo afirmar que vivo en un barrio de gente rica. Ahora el perro que está más de moda es el bulldog francés. El otro día entré en un hipermercado de animales y vi a uno con una expresión tan boba y simpática a la vez que quería comérmelo. Luego miré el precio, le eché un nuevo vistazo e inmediatamente perdí el interés en él. También existen unos cuantos tópicos acerca de los perros; a parte del que son “el mejor amigo del hombre”, circula el que dueños y canes se parecen (hecho que se cumple la mayoría de las veces, más debido a que solo nos acordamos del tópico cuando se cumple que a que así sea), o que los dálmatas tienen tendencia a quedarse ciegos, ¿o era sordos? Hablando de dálmatas, ciegos o sordos o nada de ello, hay uno, me contaron, que mantiene una galleta en la boca hasta que no le das permiso para comerla. ¡Pobrecillo! Me lo imagino babeando por todas partes. Debe ser horrible; como estar meándose delante de un retrete y no poder utilizarlo. Pero eso no era todo, ya que el animal solo podía dormirse cuando alguien (de la familia, se entiende), ¡se acercaba a taparle con su mantita! ¿No es encantador? Se ve que hasta que no acudes ladra, como si fuera tu hijo pidiéndote un cuento antes de dormir. Ese, por lo tanto, no cumpliría el tópico de mejor amigo del hombre, más bien sería el de hijo del hombre, ignoro si el mejor, aunque probablemente sí el más barato. Además, definir al perro como el amigo fiel del hombre por su docilidad y sumisión a éste me parece de una demagogia aplastante; ¿necesitamos realmente siempre sentirnos dominadores? ¡Que se coma la galleta cuando quiera, coño!

Así que cuando vayas por la calle, si te aburres, intenta captar algo de lo que hablan esos que andan hablando, o si estás en una nueva ciudad o un barrio que jamás pisaste, fíjate en los perros, por qué quizá no sepas si son el mejor amigo del hombre o de la mujer, pero sí que su dueña pagó un pastón por qué ella lo tiene. Si más no, encontrar un vibrador compatible con tu guitarra eléctrica puede resultar complicado, y nefasto si no eres buen músico, aunque pensar en aquellos cuatro chicos un jueves por la noche hablando de juguetes sexuales puede inducirte a montarles una vida ficticia, o a llenarte la cabeza con pensamientos estúpidos, como querer comprarte un bulldog francés o un dálmata lacayo. Pensamientos estúpidos o un modo de andar por la calle.





¡Silencio!: jornada de reflexión

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7/3/08

El tiempo lo marcaba el café que tomaban. El movimiento circular de la cucharilla y el repicar en la cerámica marcaron el tempo que les balanceaba. Ese sonido: pura perfección aleatoria. Ciertamente no había lugar para la duda: hablaban de ellos mismos. Cada cual exponía su propia experiencia en cada uno de los argumentos. Piensan que son íntegros, pero ni entonces lo eran. En una tarde nublada defendían seguir, en la siguiente sale el sol y prefieren quedarse. Se trataba de la condición humana, suficientemente maleable como para no sostenerse firme todo el tiempo. Sin embargo, convencidos de hablar verdad, se dedicaban a subrayar los defectos del otro, o de lo que el de aquí hablaba, mientras el café seguía reloj de arena a su antojo.

Tres minutos, lo que pactaron; cuatro segundos por contraplano, veintiún grados en la sala. Nadie alrededor; solo ellos, un agujero donde fijar la mirada y la verdad por delante. Su verdad. La misión es intentar convencer al mayor número de verdades posible. Eso es lo único que les interesa. Da igual lo que les pase por la cabeza, da igual que duden de lo que dicen por qué la condición humana ha sido eliminada por la voluntad de rozar la perfección argumental. La indecisión es tratada como signo de debilidad. La ambigüedad es apreciada por la amplitud de interpretaciones. Por eso no pueden ponerse de acuerdo. Nunca van a aceptar un ápice de la verdad ajena. Aunque sepan de sus debilidades, aunque sepan que uno no existe sin el otro, o más bien debido a que son conscientes de sus debilidades y a que existen gracias a uno y a otro. Se transforman en recetas morales de una ideología particular, más o menos divergente de las otras, pero con el precio que hay que pagar por ello e dejan algo más importante: su humanidad, aquella que permite la duda y el error, pero también la rectificación y la comprensión.

A ellos hablar del futuro les es imposible. Por eso se dedican a vender ilusión en turnos de tres minutos.

El café terminará por enfriarse i la cucharilla perderá su función. Entonces, hablando con el pasado, el presente les convencerá a ambos que lo únicamente cierto es que su tiempo lo decidieron ellos y que sus verdades quizá mañana sean también las del otro, o dejen de ser verdad. Sin embargo, al volver de nuevo a incluirse en el bullicio de la sociedad, hay algo que les empujará, sin más remedio, a gritar: ¡un poco de silencio, por favor!

Dicen que hoy se reflexiona. Lo que ocurre es simplemente que hoy regalan un poco de silencio.

Día de acción del blog.

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18/10/07

"Un día que yo tengo fiesta y tu vas y te tiras a mi padre..." Tomé asiento escuchando tal conversación. Medio dormido, giré levemente la cabeza para visualizar de qué boca salían tales agravios; una mujer de mediana edad, de voz imprecisa, parca en palabras pero suelta en afirmaciones hablaba por teléfono supuestamente con la amante de su padre. Camino a la universidad la lectura no fue posible en tales circunstancias: la necesidad de atender al sujeto de mi libro, entregado de conciencia, factible en la mayoría de trayectos en los cuales los ruidos extraños se ausentan, si más no en semejantes ondas y en tan alterado tono, se convirtió en tarea inalcanzable, y por tanto me rendí a lo que acontecía. No voy a menospreciar, sin embargo, la curiosidad que asoma ante tales sucesos, y que es, cuanto menos, suficientemente vivaz como para despistar dirigiendo los ojos a la página abierta de "Rayuela", mientras las orejas restan atentas a la conversación que transcurría a mi derecha. Quizá fuera la particularidad de conocer solo la mitad del diálogo lo que aumentó mi interés por no perderme ningún detalle, consciente de que pudiera algún día como éste sacarle partido narrativo al agravio que inconscientemente esa mujer estaba cometiendo, en aquel lugar, hacía su propia persona, aunque e ella poco le importara. Porqué si hay mente cotilla, evidentemente, esta es una como la mía, tan necesitada de historias, temas e ideas con las cuales rellenar lares cibernéticos como éste. Así que no pretenderé confundir a quien me lea: estaba encantado de asistir a esa representación, que por lo menos rompía la monotonía habitual. Ya sonreía pensando en lo que iba a escribir. Saqué la libreta y apunté, como si de un periodista en una rueda de prensa se tratara, las frases más destacadas, que coincidían plenamente con aquellas que rezumaban una mayor morbosidad en si mismas. Tal es el caso que, aunque aparentemente los demás pasajeros imitaban leer el periódico, mirar por la ventana o dormir (¡qué buenos actores somos cuando no se espera que así actuemos!), todos estábamos con las antenas sintonizadas, atentos a lo que aquellas dos mujeres argüían, sedientos de mezquindades escupidas, de sumo interés propio, de banal importancia personal.

¿Qué carácter implica que airear tu vida privada ante un público tan numeroso además de silencioso, no te importe lo más mínimo? ¿Quizá fuera yo capaz de semejante acción bajo la influencia de la ira que la poseía? A mi entender, y la lástima fuere que no actuara realmente como buen periodista y no le hiciere la correspondiente entrevista, la historia no era tan singular, pero no por ello ausente de pasiones: la mujer agravadora -diremos-, acusaba a la agraviada de acostarse con el padre de ella (se entiende, la agravadora) aprovechando su ausencia. Aquí se introduce el factor clandestinidad, ya que supuestamente la hija del asaltado (sexualmente, pero consentido) también se encargaba de la tarea de vigilar al pobre padre indefenso del ataque de arpías extranjeras, y ésta aprovechó "su día de fiesta"(de la agravadora) para abalanzarse sobre la presa y mantenerlo después en el anonimato. Y afirmo extranjera en base a las notas de qué dispongo, que son, a saber: "tu lo que quieres es traerte a tus hijas...si yo te doblo la edad...vamos a ver quien tiene más fuerza...tu no sabes como soy yo...no me vengas que te conozco...yo prefiero que vuelva con la Carmen antes que contigo...quieres quedártelo todo" Sin mantener necesariamente este orden ni ser exclusivamente tal y como las reproduzco. Así que a pesar de conocer solo la mitad de lo hablado, todo está muy claro...del lado de la agravadora. Por qué pensaría, digo yo: mujer extranjera, más joven que yo, que mi padre ni digamos, se lo tira...¿Qué quiere? Conclusión fácil y llanamente plausible, sin muchos rodeos, sin pensar demasiado: sacarle dinero (y por ende quitármelo a mí). Por otra parte, explicación no necesariamente veraz, desde luego. O no menos egoísta, ¿cierto? Quizá no merece ella más dinero que la amante...quizá no hay dinero por en medio...nada, seguro que hay dinero por en medio.

En definitiva: ¿Lucha generacional? ¿Envidia? ¿Xenofobia? ¿Temor por un padre incapaz de valerse por si mismo (pero si follar)?¿Qué pensaría el padre de todo ello?¿Que querría realmente la agraviada?¿Sentiría amor por el padre? Si fuera así, ¿porqué enfrentarse a la hija, a esa hija precisamente, con el miedo que yo le tendría a una persona así? Dudas con millones de respuestas. Me las guardo para cuando pueda sacar dinero con ellas.

Otra sonrisa asoma en mí pensando en una escena mejorada: agravadora encontrándose a las 9 de la mañana a agraviada y al padre en el mismo tren, en el día de fiesta de la agravante con las hijas de la extranjera en los brazos de él! Final: agravadora cambia nombre de su personaje por el de homicida, seguro.

Moralejas: cuantas verdades pueden darse a partir de una media conversación a las 9 de la mañana en un día cualquiera en un tren abarrotado. Anota siempre aquello que se te antoje interesante, siempre podrás matar el tiempo pensando en ello algún otro día, sin el menor objeto, con todo el sentido. ¿Alguna más? Seguro.

Cercanías

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5/3/07

"A veces me duele la cabeza de preguntarme según que cosas, en todas partes y de cualquier manera acuden a mi mente temas de lo más insólitos, aunque lo mejor de todo es que, sean ciertas o no, siempre consigo encontrar respuestas que me satisfacen."

Intenta imaginar que vives en una pequeña aldea de poco más de un puñado de vecinos, las casas todas ellas dispersadas por el monte y donde el centro del pueblo, si es que así se le puede llamar, está formado por una diminuta iglesia románica, con sus gruesos muros y su oscuro interior. Ésta se encuentra flanqueada por no más de unas pocas viviendas de alguna o ninguna planta, donde una de ellas es utilizada como oficina correos, detalle solo apreciable por el amarillo buzón de su fachada; a pocos pasos de allí vive el tendero, en una diminuta vivienda que es en su mitad comercio, uno de esos que parece que nunca estén abiertos, aunque en realidad nunca cierra.

Para ir de tu casa a la tienda, debes seguir el camino que baja por la colina -desde donde el campanario siempre es tu faro-, bordear el bosque que se asoma, y superar el repecho a partir de donde se suceden tus vecinos. Aunque por sus características no pueda definirse como tal, ya estás en la calle principal; desde allí puedes ver la puerta de la iglesia, y justo en frente, el lugar donde vas a comprar un poco de conversación. Como cualquier mañana, pasaste por casa del ganadero, el caserío frente el cual los campesinos continúan con su interminable tarea, y por delante de casa del alcalde, que ostenta este cargo más por tradición que por vocación. Saludaste, como cada día, a todos ellos. Dejaste mensajes para aquellos que esperabas encontrar y no fue así, e incluso te detuviste a comentar banalidades con alguno; ir a la tienda se convierte en una excusa para poner al día los asuntos concernientes a lo que menos trascendencia tiene, pero que más a todos incumbe; se habla incluso de lo que ocurre un poco más lejos, aunque realmente no le afecte demasiado a nadie, con las nevadas que siempre caen en un lugar como éste, la guerra en Irak o la paz en Sudán.

Ahora piensa en la ciudad; en tu vida allí. Te cruzas sin mirar, te asomas sin mostrar ningún tipo de emoción. Posas tu ser en el vagón del metro con los auriculares rezumando autismo ante lo que te rodea, sumergiéndote en páginas que te transportan muy lejos de allí. Lo que sucede a dos metros de ti no te causa la menor impresión; no despierta en ti el más mínimo interés. Sin embargo te bombardean con campañas mundiales, con noticias que provienen del congreso de Kinshasha, que según ellos tanto va a influirte, respiras aromas del Caribe y escuchas música eslavo-índica. De camino al supermercado, donde los empleados siguen en la posición en la que los dejaste la semana pasada, te cruzas con más de una mirada conocida; son del barrio y puede que te preguntes que harán en sus vidas, cuanto querrán a sus hijos o a que equipo de fútbol siguen; a veces incluso te es sabido su horario de trabajo, así es: tenéis el mismo horario, sus bostezos te son contagiados por él y tu cansancio al volver se nota también en sus ojos. A pesar de ello, ha de pasar mucho tiempo para que les saludes.

La vida en la ciudad hace que nos empeñemos en ahorrar calor humano. Consideramos un desperdicio mostrar una sonrisa con quien a las ocho de la mañana topamos. Consideramos que saludar a alguien a quien conocemos, con quien compartimos más de lo que creemos, es desperdiciar nuestro tiempo, obligándonos por ello ya siempre más a saludar, quien sabe si incluso debido a ello nos obligemos a mantener una conversación de ascensor, que desde luego es lo último a lo que deseamos enfrentarnos.

En cambio permanecemos atónitos contemplando las imágenes que nos hablan de una hambruna de la que nunca vamos a saber nada de cierto; nos escandalizamos por la paliza que alguien recibió a cinco mil doscientos kilómetros de nuestra casa, de la cual nunca vamos a sentir ningún dolor; nos reímos de las bromas que un inglés hace sobre un alemán, sin haber conocido nunca un inglés o un alemán; pretendemos sufrir por algo a lo que no nos sentimos unidos por nada, por mucho que se empeñen en decirnos lo contrario. Sin embargo, no vamos a permitirnos de sufrir por lo que si nos sabemos responsables.

Nos detenemos a contemplar lo que ocurre muy lejos para evitar sentir que algo nos incumbe muy cerca de nosotros. Cuando algo ocurre a nuestro alrededor nos ponemos los cascos y seguimos leyendo algo que sabemos que no es cierto, que sabemos que alguien conduce y que no va a molestarnos; que podemos controlar simplemente dejando de leer; girando la cara o fingir que no vimos. Si hay alguien que nos necesita de camino a cualquier parte, no nos incumbe.

Por eso evitamos saludar, para evitar que nos importe, para evitar sentirnos responsables. Creemos que siempre hay alguien que lo debe ser por nosotros, así todos eludimos lo que es de todos, y nadie hace lo que debe hacerse, que es responsabilizarse.

Yo soy el primer culpable, a pesar de que esté convencido de que en los ascensores nacieron grandes amistades.

Mundo caníbal

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18/2/07

Uno que sabe dijo un día que preocuparse en lo que los demás dicen de ti es pensar continuamente en ti. Eso que puede resultar tan obvio a primer golpe de vista, tiene una trascendencia mayor si nos fijamos bien; en primer lugar, podría parecer que quien tan preocupado está por lo que de él se habla es alguien débil y sin estima propia, por eso tiene que refugiarse en las opiniones del resto para justificarse, o para caer en un pozo de depresión si estas no le satisfacen. Sin embargo, en segundo lugar, el hecho de depender de las opiniones de los demás puede ser al mismo tiempo, aunque no complementariamente, síntoma de poseer un ego desbordante. ¿No es cierto que aquellos que tanta energía retienen para si mismos, mucha deben de recibir?

Independientemente del tipo de persona que seamos, si nos importa o no lo que los demás piensen de nosotros, así como si somos frágiles o por contra poseemos un gran ego que nos proporciona seguridad, que duda cabe que los demás nos ven de un modo determinado; hay un conjunto de sensaciones que captamos cuando entramos en contacto con las personas de nuestro alrededor (el trato que recibimos, la atención, la credibilidad, el tono, el cariño, la dependencia,...) que ayudan a construir nuestra personalidad social, e intrínsecamente forma nuestra propia personalidad, aunque es un proceso recíproco.

En cuanto a los demás, podríamos distinguir entre los cercanos, los conocidos y los extraños. Usando la misma categorización, nos podríamos atrever a considerar a la opinión de los primeros como la de más importancia -independientemente de la importancia que nosotros le demos-, para lo que podríamos llamar nuestro EGO SOCIAL, y así sucesivamente hasta la opinión de los extraños, que en principio es la que menos influencia tiene para nosotros (aunque puede que en algunas personas, como los políticos, sea de vital importancia, incluso si a ellos mismos no les importa en absoluto). De ese modo, y a través del contacto con las personas, que invariablemente nos transmiten sus percepciones sobre nosotros, en un acto que constituye la base esencial para la formación de las redes sociales, vamos modificando nuestro propio Ego, así como el Ego social, que no es si no aquél que de todas las influencias humanas externas adquirimos. Así pues, bajo mi punto de vista estos dos términos estarían relacionados, en cuanto alguien de quien nadie tiene una opinión positiva, y que constantemente recibe estímulos negativos de su entorno, difícilmente va a ser una persona egocéntrica, ya que el ego de éste no podría sostenerse bajo ninguna opinión para crecer lo suficientemente como para considerarse alguien egocéntrico. Por otro lado, la misma imposibilidad de mantener un cierto aprecio por uno mismo (base sobre la que se mantiene el ego) genera un tipo de carácter más bien pesimista y fatalista: "si nadie dice bien sobre él, no hay bien que él pueda hacer".

Así caemos, en la sociedad en la que vivimos, en la voluntad de los demás, y por eso la relación que con nuestro entorno mantenemos influye de tal manera en nosotros mismos. Aquellos que son egocéntricos lo son porque se le es permitido. Sin embargo, puede que aquello que hace expresar nuestros sentimientos respecto a alguien provenga de prejuicios, como podrían ser los que generan el estatus social, determinado enormemente por lo llena que lleves o no la cartera. Alabamos o maltratamos a alguien dependiendo del dinero, los amigos, las influencias o el lugar donde viva, despreciando al individuo por lo que realmente es. Fingiendo de ese modo, conseguimos movernos por intereses, no por sentimientos, creando redes sociales ficticias, que se destruyen tan pronto esas personas pierden su estatus, o nosotros perdemos el nuestro. Entonces el ego se desvanece y dejamos de considerarnos importantes.

Es por todo ello que la trascendencia que otorgamos a lo que de nosotros se habla, no debe de ser más que la trascendencia que nosotros podemos atribuir a lo que de esas personas hablamos. Porque de otro modo, las apariencias solo sirven a nuestra vanidad, mientras que los sentimientos de aquellos que nos valoran por lo que somos, no por como nos vestimos, son los que nos proporcionan el ego necesario para superar la derrota, si un día perdemos todo lo demás.

Fast.

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24/1/07

Salió del vagón y siguió, resignado, la amalgama de señales que de color verde le indicaban su camino a casa, o por lo menos el que le acercaba allí. Concretamente a cuatro calles, tres pasos de peatones con sus respectivos semáforos, un vado de fango amañado por unas obras interminables, una gasolinera con riesgo de atropello por las motocicletas de la pizzería de la esquina, y probablemente a un encuentro con una de sus pesadas vecinas, que si no preguntan por cualquier asunto altamente superfluo a su entender, de temática probablemente vecinal; la fachada que pintar, una antena que colocar o ¡que sé! un platillo volante que aterrizó en su balcón, probablemente esté sacando a su siempre estruendoso, irritante e insoportable perro ladrador.

Así, cada día perseguía las mismas indicaciones y repetía los mismos trucos urbanos; intentar entrar, si no está el tren ya llegando, en el último de los vagones, ahorrándose así unos segundos, en su destino, evitando recorrer todo el andén a contracorriente del resto de seres que, hábilmente, ya tomaron esa decisión. Pero eso, solo cuando hay tiempo para ello, ya que curiosamente, o como él de hecho atribuye: debido a la más grande de las maldiciones suburbanas, la boca por la que debe meterse se encuentra justamente en el lado opuesto por el que, unas sacudidas y estaciones más adelante, va a tener que salir. Por qué a veces justo desde arriba ya vislumbra los faros aproximandose al andén, o incluso antes de poderlos ver, le oye: entonces a correr, y no porqué él pretenda correr, sino porqué se ve empujado a ello por todo el gentío que se pone a galopar a sus espaldas. Entonces, después de sentirse una sardina en corbata unos minutos, se encuentra persiguiendo carteles verdes; ya solo le queda subir las escaleras mecánicas (recostado siempre a su lado izquierdo y evitando así que aquellos que extrañamente tienen tanta prisa para alcanzar el final de algo que no saben si realmente está allí: la siguiente lata, le arroyen en su frenética carrera), pero eso sí, sin tocar el cultivo de gérmenes que la cinta, gracias a las sucias y sudorosas manos de muchos ha llegado a convertirse. Acto seguido le toca girar a la derecha, bajar siete escalones, un puñado de metros hacia adelante, volver a subir los mismos siete escalones, girar esta vez hacia la izquierda y entonces el momento del pasillo, el túnel, el via crucis, el corredor de la agonía civilizada…el interminable, monótono, cansino, odiado, repetitivo, eterno pasillo.

Unas pocas personas -las más lejos quizá a unos doscientos metros-, con su calor corporal todas ellas, incrementan, invariablemente, la temperatura de un túnel completamente cerrado, sin ventilación, de doscientos metros de largo, de un modo, además de considerable, proporcional al asco que cada uno le tenga. Si encima tres es la altura a la que nos estamos refiriendo, y las pocas personas no son tal, son multitud, son una marea de cabecitas que a lo largo parecen moverse arriba y abajo en vez de hacia atrás y adelante, con su ritmo egoísta en las orejas, su ritmo acelerado en los pies y sus trayectorias zigzagueantes cuando no enfrentadas, el resultado previsible cualquier día, aquél día, es pararse en mitad de la penitencia, poner espalda contra pared, empezar a sudar, a respirar entrecortada y convulsivamente y padecer allí mismo, ante la mirada incrédula de todos los anónimos transeúntes, un cuadro clínico que solo un buen puñado de ansiolíticos, calmantes, estabilizantes, conservantes, colorantes y su puta madre con todos ellos puedan ser capaces de remediar.


Si os dan papel pautado, escribid por el otro lado.

Juan Ramón Jiménez

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