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Day in, day out.

1c

21/3/09

1.

Sabes que nada de lo que escribes es para hoy, ni debe serlo. Aún así, el vacío que recorre tu cuerpo ante la posibilidad de perderlo, de olvidar todo lo que aprendiste y ser incapaz de crear nada con sentido, nada nuevo, ni un poco brillante o deslumbrante que te permita sentirte satisfecho, un poco menos predecible y un poco más sutil. Ese temor que hincha tu estómago de la nada más profunda te envuelve y te paraliza por completo. Esa idea y el vacío que genera te exprime, te absorbe y te consume hasta que el jugo de tu ser, cual racimo de uvas se diluye y fermenta y desaparece ante la espantosa intuición de no ser más que un pequeño e insignificante bote empujado a merced de vientos, corrientes y dioses caprichosos en el vasto océano; de estar desempeñando no más que un triste y banal papel en esta estúpida función de guión confuso y a menudo contradictorio que es la existencia humana.

El rumbo, el mar y la tristeza de un solitario pescador mientras recoge pausadamente su red agudizan esa sensación. Allí a lo lejos, dibujando una nítida silueta donde el horizonte se pega al cielo, rojo y amarillo atardecer y azul, mostrando todo su esplendor antes de teñirse de negro, el solitario pescador prepara la vuelta a tierra. Parece tranquilo rodeado de un mar calmado. Emprende la marcha dejando tras de si la estela del rumbo, el ronsel gallego que se pierde y desaparece entre la agitación del atardecer, entre esos mundos que se cruzan al esfumarse la luz, aproximándose y de pronto alejándose en una mutación cíclica, sin fin. Es quizá esa sensación de algo que se extingue lo que provoca esa tristeza en mi.

Entonces, ante el temor de verme envuelto de nuevo en la oscuridad de la incapacidad, del enésimo desconsuelo del amor, lanzo un grito desesperado hacia mar, hacia el pescador, que parece incluso escuchar: ¡Déjame descansar, vida! Deja que me detenga un minuto aquí, encima de las rocas del rompiente; a oler el sabor del mar, a probar el aroma de la sal que las olas furiosas de mi alma al golpear me alcanzan. Solo hoy, solo unos días más, pero déjame respirar. Me siento ahogado, perdido, sin rumbo. No quiero pensar en todo lo que pasó, en lo que salió bien o en porqué salió mal; en lo que hay detrás de mí ni en lo que dejé o en lo que ya no quiero más.

Déjame por qué quiero cerrar los ojos y encontrarme bien, junto a ti, junto al triste pero tranquilo pescador, tomando unos pinchos de tortilla, bien hecha, no cruda, como te gusta. Sorber hasta la última gota de sidra y escanciar más. Abandonar el coche en la cuneta y huir a pie corriendo por el monte; subir por Igeldo y bajar hasta encontrar la Concha, cruzar la orilla absorbiendo el mar por los tobillos, librar una carrera al más veloz y remontar hasta Jeizkibel; andar, sentirme libre empaparme de sal y reír. Reencontrarme con los balidos de las lanudas ovejas en las verdes y húmedas vertientes, observar esos dos caballos cepillándose la crin, y pasar junto aquél taxista pagando por sentirse aliviado de su frustrante vida sexual, de su frustrante vida; sentirme yo bien y no extraño ni engañado ni ausente de magia entre los dos.



2.



Por la radio, en el transistor se escuchan gritos desesperados… Day in, day out, day in, day out, day in, day out…

Y Así, cual Ian Curtis bipolar, tratando de olvidar. A cientos de quilómetros. A pocos días. Catapultado hasta los barrios obreros de la Manchester post-industrial, nada de Igeldos ni ovejas ni dulces caballos amorosos, nada de tristezas; ciudad de adosadas de ladrillo rojo que un día estaban, al siguiente eran demolidas y al otro reemplazadas por enormes y monótonos bloques futuristas de hormigón gris. Al año ya eran cárceles, cárceles de obreros, donde el más posible de los futuros terminar explotado y enfermo por el humo tóxico de la fábrica donde te arrancarían el alma. Barrios cultivos de pesimismo, hartazgo, drogas y punk. Nidos de jóvenes sin futuro, rebeldes cuyo único pensamiento era cerveza y los Sex Pistols.

Day in, day out,…

Pero la oscuridad, como la noche, no se concibe sin la luz, sin el día. La esclavitud: sin la liberación. Y las letras y la voz y los movimientos ezquizoides de Curtis, con tan solo diecinueve y casado y esclavo y libre a la vez, apostando los ahorros; una leyenda. Por el amor, por algo mucho más etéreo que el hollín de las chimeneas, pero mucho más valioso, más puro. Y se elevan hasta lo más alto; pureza fruto de la rabia, de la indignación y la ausencia de futuro. Y ya son un mito. Eso es Joy Division. ¿Y yo? ¿Qué soy yo? Preocupado por engaños publicitarios, un ego insaciable, un amor imposible pero real y poético; respuestas conocidas, preguntas repetitivas. Desviándome de mi eje vital, de mi esencia, de las razones que me condujeron hasta aquí.



3.



Por mi ventana puedo ver como los días se alargan y la oscuridad pierde terreno. La luz, mi luz, a cada momento más diáfana, ilumina la habitación mientras escribo, por fin, mientras hablo y reencuentro una alma transoceánica; hermano misteriosamente perdido en rumbos cruzados, mares profundos donde es imposible distinguir entre la nada y algo, y bosques oscuros en los que incluso el más valiente de los lobos teme cruzar.

Hablamos de todo lo que nos sucede y de nuestra existencia y de los más elevado y lo más banal, de los recuerdos que nos unen, de los amigos de lo que importa y de lo que debe dejar de importar. De cómo me siento por Blanca, esa Blanca que me hace gritar Digital (day in, day out), de lo estúpido y cruel del amor y de lo cierto y fácil que parece todo ahora que hablamos.

- Fíjate bien en esto. Es el mejor bourbon que jamás probé. Es dulce y delicioso. Lo traje de Texas.

Y acerca la botella, a miles de quilómetros de distancia y puedo leer Maker’s Mark en la etiqueta, y puedo intuir el suave y afrutado aroma que desprende.

- Deja que lo apunte, preguntaré al tipo de la bodega –le digo, consciente que lo haré.

Entonces proponemos compartir un poco de maría. Expandir nuestras mentes. Así que nos liamos un porro, yo bajo la luz anaranjada del atardecer y tu ante la claridad de la mañana bonaerense. Y lo encendemos y seguimos conversando, tu en tu día y yo en mi atardecer, mientras nuestros biorritmos siguen trabajando, coordinándose.

Un bondadoso cosquilleo empieza a recorrer de los pies hasta las abatidas neuronas. Nos reímos y miramos a los ojos.

-¿Cuánto tiempo hacía que no hablábamos? –me interrogo sorprendido, frunciendo el ceño, incrédulo ahora-. Parece imposible que olvidara lo mucho que te necesito, la importancia que tiene para mi lo que piensas, lo que dices. Siempre fuente de inspiración...

La hierba en nuestra mente empieza a hacer efecto, y nosotros seguimos con aquello que nos duele por dentro, con lo que nos preocupa. Y nos reímos de ello.

- Al fin y al cabo, siempre son las mujeres –le digo, convencido.

Y nos hace gracia. Curiosamente, por algún extraño condicionante humano, siempre queremos a la mujer que no nos quiere, o a la que no nos quiere suficiente o nos quiere de un modo que no somos capaces de comprender. En cambio despreciamos las que nos adoran. Imagino que es algún tipo de penitencia por las veces en que no correspondemos, por el daño que hicimos y es una cuestión de equilibrio. O quizá es demasiado improbable encontrar a alguien que quiera compartir, en este preciso y delicado instante, el mismo camino el suficientemente tiempo y al ritmo correcto para que ninguno de los dos se sienta cansado o quiera detenerse a descansar o apartarse de ti y tomar otro cruce. Maldito pasado ¿por qué nos condiciona de tal modo?

- Hay que ser como los niños –entona convencido Japhy. Da una honda calada, retiene el humo unos segundos antes de dejarlo escapar lentamente, y sigue:

- Los niños aprenden jugando, y lo hacen sin ningún tipo de idea preconcebida. Descubren por ellos mismos. Asocian ideas y crean conceptos de la nada, son limpios y puros y no temen nada, porqué no conocen el temor.

-Hasta que les hacemos temer.

-Exacto. Y desde aquel instante ya empezamos a estar contaminados – resuelve-. A partir de ahí todo es desconocido pero a la vez está condicionado por lo que viviste antes.

Eso me hace pensar en la historia que una amiga me contó hace poco. Estábamos en un bar y de pronto empezó un partido de fútbol en la televisión. Inevitablemente mis ojos empezaron a desviarse en dirección al aparato, con lo cual, ante el temor que se enfadara (o quizá por hablar de algo), empecé a hablar de lo mucho que interesa el fútbol, de lo mucho que atonta a la gente y la cantidad ingente de páginas de periódico y minutos de televisión que llena. Resultó que ella odiaba ese deporte por culpa de un exnovio adicto: “El sábado tenía partido por la mañana y claro, iba a verle. Por la noche quizá había cena con los del equipo de fútbol y el domingo más fútbol por la tele. Y encima me hablaba de su equipo, compraba el periódico deportivo y me hablaba de los fichajes. En algunos momentos pensé que nuestra vida era solo fútbol, fútbol y fútbol. Llegó a ser insoportable”. Me dio verdadera lástima y no extrañé que acabara por dejarle. Dios, por suerte el fútbol es solo una pequeña parte de mi. “Mi padre también es así. Antes, teníamos un perro que cuando veía la televisión de color verde salía corriendo y se escondía”. Esa es la historia. “Supongo que sería el jaleo que armaban cuando veían un partido que el perro asoció el verde con gritos y locura y jolgorio, y se asustaba”. A Japhy eso también le hace gracia.

- Puede que los niños sean un poco como ese perro…

- Si, crear miedos a partir de ideas asociadas a algo indeseable. Me gusta -digo, en tono trascendental.

- No está mal la hierba, no –responde riéndose-. No sabes lo que echo de menos a las mujeres de allí…

- Bueno, no te quejarás -replico, consciente que para él conocer mujeres nunca fue un problema.

- Así es, amigo mío. Aquí las mujeres están todas relindas, cierto; se cuidan un montón ¿sabes? Van todas al gimnasio y todo eso, pero es difícil encontrar una buena conversación. No sabes lo que es. Y nosotros necesitamos eso también, sino terminas por aburrirte. Además, tu sacás una mujer a cenar y se ofende si pretendes pagar a medias. Todo está como antes, no lo puedo creer…y lo caro que te sale salir con una.

- De hecho –le interrumpo, riéndome al imaginarme a Japhy ante esa situación-, luego cuando te cases te harán la cena y te traerán cerveza mientras estés viendo el partido ¿no?

- Si…y se sentarán de rodillas frente tuyo haciéndote la pija.

- Y el perro escondido debajo la cama.

- ¡Pero no por los gritos del fútbol!

Entonces, entre carcajadas, con el dedo índice levantado, una mirada pícara y una sonora risa que se expande por las dos habitaciones, con sus luces dispares, hasta llenar todos los rincones de ambos lados del planeta, llenos de libros y fotografías y hasta un dibujo copiado de Banksy, nuestras almas se encuentran en pleno proceso de fusión.

Es en este preciso instante, entre risas contagiosas, cuando los miles de quilómetros literales que nos separan se diluyen y puedo incluso tocarle y beberme su bourbon y olerlo; sentirme completamente renovado, inocentemente feliz, consciente de la importancia y la vigencia de nuestro vínculo. Y esa enorme fuerza de atracción magnética me permite olvidar todo el sufrimiento y obcecación estúpida que estos días estuvieron persiguiéndome, verlo todo más liviano compartiéndolo y sentirme feliz de nuevo.


4.


Hoy al mediodía comí en el centro rodeado de monopatines y chicos jóvenes tomando el sol y mayores hablando y mostrándose como si fueran modelos; todos guapos todas guapas. Fui a esa pequeña tienda japonesa con su pequeña dueña japonesa y me pedí el vegetal y los palillos y me lo comí de vuelta allí sentado; primero a la sombra que se estaba bien y luego al sol que ¡oh! ya calienta y mucho. Qué rollitos, que arroz qué fideos yakisoba y ¡qué mujeres! Me llenaba de fideos y del sol y de todas esas mujeres y hasta estuve a punto de tirarme a los pies de una increíble morena de pelo corto y andar elegante que pasó cerca de mi y me miró con sus ojos verde claro que recorrieron todos los rincones de mi corazón hasta desnudarme y desarmarme por completo. Me pareció sencillamente ideal, con un estilo inigualable, y sentí que leía también en su alma y podría pasar el resto de mi vida a su lado si me lo pidiera, tener muchos hijos y luego una feliz y tranquila vejez y poder morir en paz, satisfecho, pleno, junta a ella. Luego se fue y no la veré nunca más y te sigo queriendo a ti pero la primavera ya está aquí, la ciudad bulle de gente y la alegría salió a las calles de nuevo. Así que ¡demonios! Voy a dejar de torturarme más y aceptarlo de una vez. ¿Dónde está el límite de mi insistencia? ¿de mi cabezonería? Siento que la poesía se esfuma entre la niebla como el puente de Getxo, que no se deja encontrar. Todo lo mágico deja de brillar y hasta sufrir me parece demasiado esta vez.

- Empecé uno de los libros que me dejaste prestados. De hecho empecé como cuatro libros desde que terminé a Fante y no logré engancharme a ninguno. El otro día, a la vuelta del norte me dije “tienes que volver a ellos”. No pude resistir más y entré en la Central y fui directo a la sección de narrativa anglesa traduïda y después de echar un vistazo rápido fui directo a la K, compré los Vagabundos del Dharma y empecé a leer.

Japhy y yo, yo y Japhy estábamos fumados por completo. La conversación entre nosotros era también hacia nosotros. Las palabras empezaron a salir de mi y vi lo que yo sentía reflejado en ellas. Le hablaba pero me hablaba a mi y me escuchaba y me entendía.

- Y ya estoy terminándolo. Él ha encontrado el budismo y olvida por momentos la tristeza y el alcohol. Con su amigo Japhy, como tu, que es un auténtico bodhisattva, la vieja madre de la tierra, un auténtico vagabundo del dharma, deciden que deben subir al Matterhorn pero no el de los Alpes sino el californiano y antes de llegar a la cumbre, después de dos días subiendo y durmiendo al raso compartiendo el saco bajo un asombroso cielo estrellado, a unos trescientos metros Ray no puede más y cae rendido al suelo respirando entrecortadamente por la altura y el cansancio y dice: "¡me quedo aquí!" Con lo que Japhy replica: "¡vamos Smith, solo quedan otros cinco minutos." Pero sus fuerzas no dan para más. "Me quedo aquí ¡Está demasiado alto!" Y Japhy sigue sin decir nada. Entonces Ray se acurruca en el suelo y se pregunta por qué tenemos que nacer y solo por eso nuestra pobre carne queda sometida a unos horrores tan terribles como las enormes montañas y las rocas y los espacios abiertos.

La pasada noche soñé que estabas conmigo pero todo era muy extraño ya que todos me hablaban menos tu y me decían “¿no lo ves? No te hace caso”, pero yo no podía darme cuenta y te miraba y no decías nada; tu cara reflejaba inexpresividad pero no podía reprocharte nada. Luego me desperté y me quedé sentado en la cama pensando en el sueño. Me sentía extraño y solo entonces recordé lo que Ray piensa cuando ya no puede más y decide tumbarse exhausto en el suelo a solo trescientos metros de la cumbre del Matterhorn, después de lamentarse por no poder llegar hasta el final, y es un famoso dicho zen que le tranquiliza y le da fuerzas para la vuelta que reza: “Cuando llegues a la cumbre de una montaña, sigue subiendo”. Y aunque Ray nunca llega a esa cumbre, si es capaz de intentarlo y casi lograrlo y con ello superarse. Comprende que no es necesario llegar a la cumbre para sentirse satisfecho. Es más, comprende que las cumbres no existen si lo más importante es seguir subiendo. Pase lo que pase, no te detengas nunca.


Nulla die sine linea


Espasmos finales sentado en rocas, adulteradas montañas

0c

30/1/09

Ladridos de perros
y carros en el pesado
asfalto
llegan alcanzan la cumbre
de minúsculas montañas
donde se avistan
rastros humanos
el ferrocarril
torres de medio y alto
voltage.

La huida de frenéticos ansiosos
que se arrastran
a interminables esperas, vueltas
a insoportables realidades
provienen de laderas
taladas y sobrecargadas;
parques turísticos
de nieve, esperas, gente,
más de lo mismo

Y veo: distancias que se funden
en este instante, en este lugar,
estas vertientes
de nieve, musgo y piedras,
que nacen y fallecen en imprecisos
estanques de humanos,
la nieve, la ciudad, la nieve, la ciudad, la ciudad, la nieve,…
que se derrite bajo mis pies
del sol, de la niebla que absorbe
y decide: pasen dejen a los ciclos fluir
de horas, días, siglos y geológicos tiempos

Distancias que se cruzan y alejan
ajenas entre si,
aquí delante de mis ojos, mis manos
congeladas por el viento que sacude
a los gratos fecundadores de
arrasados senderos de fin de semana
a fin de semana, año a año,
ante encendedores que no se
encienden y fotografías que no se dejan
tomar.

Por ello escribo

Y la luz cortante y nieve
que persiste donde se oculta,
cede donde se asoma
el Sol.

Cumbre de Todo
el espacio infinito que se oye y siente,
mitad dividida,
distinto pero el mismo
destino
el que hordas de foráneos
malolientes no las apacibles vacas
sino urbanos
deciden.

La Cerdanya, 4 de enero de 2009

Dichosa desdicha

0c

23/1/09

¡Joder! La pesada alarma suena ya por quinta vez esta mañana. Será insistente… No hay modo de despertarse; fuera, una suave corriente de aire helado se restriega contra la ventana, haciendo llegar un débil zumbido a mis oídos; es el intenso frío que intenta traspasar mis protectoras paredes. Ni de coña, me digo. Levanto la cabeza para atestiguar lo que ya sé; por entre las cortinas recién estrenadas puedo intuir la oscuridad que inunda la ciudad, que se mantiene calma y silenciosa, aparentemente inamovible. Constato que aún es de noche…no puede ser verdad. Suspiro. La conciencia de la inevitable decisión de levantarme es tremendamente frustrante. Cubro mi cuerpo entero con el edredón -como si con ello fuera a desaparecer la maldita obligación- y cierro los ojos con fuerza, intentando olvidarlo todo. Por mi cabeza la idea de no acudir al trabajo se me antoja una salvación. Hoy no. Les diré que estoy enfermo. Que la lluvia caló en mis huesos y dio paso a un colosal resfriado. Hay una plaga de no se qué. Me lo invento, da igual. Últimamente hay plagas de todo tipo ¿verdad? Será fácil y tampoco es nada grave. Suplicaré si es necesario. Total, de todos modos si termino por ir al trabajo no pienso hacer absolutamente nada. Me limitaré a sentarme delante del ordenador y matar el tiempo en internet hasta las seis… O hasta que el tiempo acabe conmigo. Y otra vez: ¡Joder! Hasta las seis… Eso acaba por ponerme de mala leche. Parece imposible que tenga que pasar por esto. No termino de acostumbrarme; en días como hoy, lo mandaría todo a la mierda.

La imagen del andén abarrotado no mejora las perspectivas. Sorteo un grupo heterogéneo de cabezas protegidas por gorros de lana, ojos soñolientos y miradas perdidas. Siento que soy una bola de billar antinatural, intentando no darme con nadie y evitando que caigan en el supuesto agujero. Si… se me ocurre lo fatal que puede llegar a ser caerse en el agujero de una mesa como ésta. Así que la finalidad del juego es no meter a nadie en ningún lugar, sino meterte tú entre esos lugares, sin tampoco caerte en el agujero.

Con no pocas fintas de hombros, logro sortearles a todos y abrir el libro ya en mi posición habitual: apoyado en uno de los arcos que impidieron hasta el día de hoy que la negra y sucia bóveda se viniera abajo. Esperando el tren, como cada mañana, a pesar de intuir algo distinto en el ambiente, convencido de abstraerme en la lectura.

No puedo más que leer un par de frases de Fante subsistiendo a base de naranjas guardadas debajo de la cama, lo que hace que tome un poco de distancia ante mi aparente desdicha y empiece a sentirme mejor, cuando oigo el inconfundible zumbido del tren al aproximarse, mucho más penetrante e intenso que el viento intentando entrar a través de mis paredes. Todo se sucede despacio, preciso y diáfano al mismo tiempo; los cristales y las caras incrustadas a ellos escenifican la tragedia de este lunes. Ojos tristes y fatigados por un sufrimiento cruel e injusto ¡a las ocho de la mañana! O precisamente por ello. Da igual, parece que me lo dejan claro: ¿no pretenderás entrar? ¿No querrás entrar? Ya ves como vamos, no merece la pena pasar por esto. Momentáneamente percibo un grito ahogado de suplica, puede que incluso se arrodillaran…si pudiesen. Pero es imposible insistir más: el vagón se detiene. Entonces, como si de hordas de orcos tolkianos se tratara, empeñados en alcanzar como sea el objetivo por el que fueron creados, una avalancha de seres adormecidos se amontona exasperada ante las puertas de los vagones, con el único propósito de meterse dentro ¡De meterse ahí! Ya no hay esperanza, me digo incrédulo. La frustración me lleva a pensar en una alternativa. Las puertas se abren y lenta pero inexorablemente empiezan a moverse. Como representante singular de esta calaña, descarto cualquier otro modo de llegar al trabajo. Soy de los primeros en asaltar la fortaleza. Consigo entrar, más por la presión que siento detrás de mi que no por el espacio en el interior, muy por encima del límite de lo soportable. Mi voluntad deja de pertenecerme en este preciso instante, pero una extraña sensación de éxito me seduce. En cambio, la idea de seguir leyendo abandona súbitamente mi razón. Ni por asomo me atrevería. ¡Loco! parece que dice. Podríamos levantar los brazos y mirar hacia arriba, le propongo tímidamente…, pero como casi siempre, la razón acaba venciendo, así que olvido la idea y decido dejarme llevar por la voluntad colectiva que me guía hasta el interior de la máquina diabólica, calefactor humano, gimnasio matinal y forzoso, territorio de sufridos trabajadores trajeados, mártires del engranaje mundial, abandonándome al pensamiento de la desdicha en que nos vemos atrapados en este maldito mundo surreal… mientras por detrás siguen empujándome con fuerza y desdén.

Me dedico a hacer lo único que soy capaz de hacer: pensar. Pienso en lo extraños y desvirtuados de interacción que son los viajes en metro. En el fondo, no llegar a comprenderlo del todo despierta mi interés, así que sigo destrozado por la situación que me envuelve, poéticamente destrozado, y dándole vueltas al asunto. La conclusión a medio recorrido deriva en un par de hits comunicativos ahí abajo: las abuelas pretendiendo quitarme el sitio y los niños llorones. Poco más. Por las noches, en esas etílicas madrugadas, a la gente no le importa tanto mirarse ni examinarse; arman lío, gritan y escupen en el suelo. Entonces si se interactúa. De día eso solo sucede en estados de ánimo alterados o en situaciones extremas. Puedes ver la diferencia un sábado a las siete de la mañana: los borrachos mezclados con los soñolientos y madrugadores currantes. Lo he vivido como ambos y puedo asegurar que los que se ríen es porqué lo pasan bien y los que no, esos están deseando estrangular a los otros. A pesar de todo ello, mirando por encima del mar de cabezas anónimas soy consciente que encontrarse circulando a ochenta por hora a veinte metros de profundidad bajo ríos, cloacas u restos de especies extinguidas, ante esas enormes ventanas con excelentes vistas a la nada no ayuda mucho a fomentar las relaciones humanas, que digamos. La mayoría de veces, como hoy, se trata de una experiencia frustrante, en la cual la mejor parte consiste en toparse de nuevo con el tráfico y sus asfixiantes gases. Por otra parte, el contacto físico con los demás es una constante, incluso desagradable; gente maloliente, esos barrotes sudados… Pero hay días en que puede que delante de tí –por divino capricho de la voluntad colectiva-, topes con alguna bella mujer, la mujer de tus sueños incluso. Y puede que llegues a intercambiarte miradas, fantasear un rato con ella, aumentando a cada momento la sensación de que realmente si: es la mujer de tus sueños ¡es ella! La que todos andamos buscando. De paso el trayecto puede que se te haga más llevadero. Sin embargo, muy a pesar de la infinidad de ocasiones en que eso me ocurrió, eso es, reconozcámoslo, nada menos que poco probable. Más si tenemos en cuenta un lunes por la mañana como éste, en el que los astros montaron tal cristo encima del cielo nublado de la puta ciudad que ni un congreso de maestros del vudú practicando la última versión del hechizo especial sería capaz de arreglarlo. Lo más probable es tener que tragarte, literalmente, el abrigo del tipo casposo de aquí delante, de calva en avanzadilla, con todo su poco amor propio y desprestigiada responsabilidad higiénica.

En esas que, con la vista pegada en el sucio abrigo, llegamos a la siguiente estación, Hostafrancs, y curiosamente las caras de los que esperan en el andén, atónitas, me resultan familiares. Sería estúpido preguntarme cuál es la mía ¿verdad? La incredulidad crece exponencialmente: Dios, si existes, gracias por ponerme en todas las situaciones posibles para de ese modo aprender a odiar a todos en su justa medida. El tren no puede absorber a nadie más, estoy convencido de ello; lo siento chicos, deberéis esperar al siguiente, creo que hubo algún problema con el anterior. Sé que tenéis prisa por llegar pero ya veis como está esto… Sorprendentemente tal evidencia no lo es para todos y la otra voluntad consigue sobreponerse a la nuestra, que no pretendía ceder ni un milímetro. A base de empujones y actitudes que buscan de nuestra compasión, terminan por conseguirlo. No fue buena idea. A los pocos segundos, una voz femenina sin ojos ni nariz ni orejas rompe ese silencio que impera en esos momentos de dolor y sufrimiento y que ahora nos hace más soportable la tortura: Muévete para dentro, niño, que no me dejas espacio. Ordena ella. Señora ¿de qué espacio me habla? ¿No ve que estamos todos aquí apretados? Le replica resignado el chaval, al que si puedo dibujar una cara de mierda resignada ¡¡Ay!! por favor, y ¿qué pretendes? ¿Que me quede atrapada en la puerta? si no te gusta esto cógete un taxi. Joder con la vieja… ya la tuvo que soltar. Como si tuviéramos tantas alternativas. Eso me molesta y también me hace pensar. La idea de un taxi en la puerta de mi casa aguardándome con la calefacción en marcha dulcifica por un instante la asfixiante realidad, desapareciendo súbitamente al encontrarme de nuevo esos hombros cubiertos de motitas blancas ¡Qué horror! No puedo leer y ahora no puedo ni ir en taxi al trabajo. Menuda manera de empezar la semana. Los astros ahora si parece que acordaron en joderme la mañana. En jodérnosla a todos.

Ya en la oficina nada parece mejorar. Era de esperar. Esa agenda que no tiene más uso que el de bloc de notas lleva unos días atrasada. La observo en su esquina, al lado de la pantalla, pulcra, sin anotación alguna. Un lugar destacado. Aunque recuerde la mayoría de citas y por tanto no es para nada necesaria, siempre quise tener una. Contemplo las impolutas hojas. Miro el reloj en la esquina inferior de la pantalla. Vuelvo la vista de nuevo hacia la agenda, resignado por el lento transcurrir del tiempo. Entonces me fijo en un detalle de la agenda, y es que en una de sus esquinas hay un dibujo del sol amaneciendo y otro atardeciendo. Justo al lado, la hora en que sale el sol este día: las ocho y diecisiete. Y en que se pone: las cinco cuarenta y siete. Muchas gracias por la información, agenda. Ya fuiste útil hoy. Una suave pero helada brisa me resopla en el cogote. La piel se tensa y los pelos se me erizan. Alguien abrió la puerta del patio y dejó entrar el tan poco valorado frío invernal, lo que suma un poco más de odio a todo lo acumulado. Apoyo los codos en la mesa apoyándome encima de mis manos y cierro por un momento los ojos. Entonces pienso que entro a trabajar cuando el sol apenas hizo acto de presencia y me largo unos minutos después de que el gran Astro nos abandone a nuestra suerte. Opto por ser práctico y conservar un poco de amor propio; tomo una real pero al mismo tiempo angustiante conciencia de la importancia de la electricidad. Intento recuperar el calor tapándome el cuello y abrochándome el jersey, pero al voltear la cabeza en busca de algo de luz natural recuerdo que no, que en esta minúscula y mal ventilada sala, con sus retratos nigrománticos y pequeños mausoleos retóricos no entra un ápice de luz solar. Si, la electricidad permite la desnaturalización, la pérdida continua del contacto con el mundo exterior, de los hechos naturales, y permite cosas extrañas, increíblemente sutiles, como aterrarnos ante la leve insinuación de oscuridad. Todo va a peor. No hay escapatoria.

En mis últimos minutos postrado en esta silla soy como un vampiro que, ansioso ya por salir a por una ración de fresca y sedante recompensa, aguarda impaciente la hora en que el sol se retire. Metido en mi ataúd, las horas pasan despacio, cual conjura del Tiempo privándome de la redención. Hay días realmente prescindibles. Los lunes directamente no deberían existir. Más bien la obligación de que existan debería ser opcional; levantarnos sin apetito, ducharnos para combatir el sueño, meternos en latas rodantes para sentarnos un tercio o más de ese repugnante día a esperar que las horas simplemente pasen lo más rápido posible. Qué mal te lo montas.

Con la convicción que las seis de la tarde ayudaran a evitar el desastre anunciado, soy capaz de enfrascarme en la misión de intentar ver a un amigo, muy a pesar que los dos sabemos que no queremos vernos. Es esa contradictoria obligación de tener que hacerlo que nos empuja a ello. Quizá la falta de coordinación de los últimos días influyera inconscientemente en mi fantástico día. Nada más lejos que la realidad: que si quiero ir a cenar con él y algunos de sus amigos, que si quiere venirse al cine… No nos veremos ya, quizá en mucho tiempo. Así que me meto en el cine.

Brillante idea ¿aún esperanzado por salvar algo? Pues una buena dosis de surrealismo e inconexión literaria te convencerán de lo contrario. Los primeros diez minutos versan sobre la necesidad de mantenerse despierto o sucumbir al agotamiento y desalentador inicio del filme. Después, todo lo que me llega son mensajes confusos sobre ¡curioso! el competitivo mundo de las relaciones empresariales, la selección de personal y el supuesto pasado de unos oligarcas de multinacionales con el nazismo. Demasiado para hoy ¡Demasiado para nunca! Solo unas seis personas me acompañan en la sala. Me doy definitivamente por vencido, así que la vuelta a casa es silenciosa, a paso lento y con una profunda melancolía envolviendo todos y cada uno de mis pensamientos. Entonces una fina lluvia empieza por humedecer mi pelo, lo que añade un punto de dramatismo a la escena. Pronto se convierte en un diluvio despiadado.

Llego a casa jadeando por la carrera. Chorreando por los cuatro costados ¡Oh, por fin! Refugio de tristezas y baúl de las más profundas penas: gracias por encontrarte aquí, sin sobresaltos, sin sorpresas, en tu lugar. Gracias por ofrecerme la más sublime protección, la del ciego y gran redentor, tu que sabes guardar mis mayores secretos, cobijarme y secarme las lágrimas de dolor en un día como hoy.

Me dejo caer en la cama. Sin embargo, soy incapaz de conciliar el sueño; mi mente repasa todo lo que aconteció durante un buen rato hasta llegar a la ambigua conclusión que nada ocurre en vano.

Lo descubro al día siguiente mientras me levanto sobresaltado por culpa de los destellos del sol penetrando por la ventana. Es una luz blanca y potente gracias a las nuevas cortinas. Llegaré tarde al trabajo y no me importa; solo entonces puedo entenderlo. Irremediablemente me abalanzo a escribirlo todo. Es martes. El día después. El ciclo empieza de nuevo. Para mí: martes de resurrección. Y para que así sea, toda esa mierda debe de ocurrir un lunes. Eso es.

Semlali Ahmed

1c

10/12/08

Entro por la puerta y la tenue luz del comedor me susurra que alguien ya está allí. Por lo menos la estufa estará ya encendida, pienso. Es una suerte cuando alguien lo hizo por mí y ya no tengo que calentar el comedor. Otras veces, un firme deseo de ser el primero en entrar y que la casa esté vacía se apodera de mi justo en el momento de hacer girar la llave, sentir el gruñir de la puerta al abrirse y dar el primer paso. Si luego no es así, una pequeña contracción de desasosiego cerebral me hace odiar a esa o esas personas durante un instante, para dar paso inmediatamente a un sentimiento de desprecio hacia mi persona por desear aquello, o encerrarme en mi habitación durante un tiempo prudencial –unos minutos, unos días-, incapaz de otorgarles el perdón por ello. La sensación siempre me ha resultado extraña, intuyo que lo que ocurre los otros días, en los que voy despertando el lugar de su paciente sueño; enciendo algunas luces, caliento el comedor, hago sonar un poco de Mehldau… y la sensación que a ello asocio: hacerme dueño de la casa, el único que mande sus servicios (consciente de sus limitaciones), estar disfrutando sus ternuras ni que sea por un espacio finito de tiempo, tiene gran parte de culpa en que me sienta así. El caso, sin embargo, no es que a pesar de la leve contracción de mi cerebro hoy el comedor ya está subyugado a los designios de otro, más bien viene luego, después de sacar el teléfono de la cazadora y colgarla -con las llaves en el bolsillo (rutina recientemente adquirida)-, y fijarme en un par de cartas encima la barra en la que me gusta desayunar y prácticamente nada más. La otra quiere que active no sé qué tarjeta de crédito (bueno sí sé, pero eso otro día). La contracción aún no desaparece. Entonces el marrón del sobre y la irregularidad de mi nombre y dirección escrito en él me están diciendo que es una carta diferente, cuando resulta que esta trae consigo todo un mundo mágico incrustado.

Ahmed me escribe desde Marruecos. En el sobre hay una postal de Asilah envuelta en una cuartilla pautada que empieza con “único dios”, firmada del diecisiete de noviembre. Entre otras cosas me habla de usted en un español rudimentario, que se entremezcla con el francés. También sus hermanas, Amina y Touria, me mandan saludos. Termina con el deseo de que cuando vuelva a Marruecos le llame. Formalmente tiene poco contenido. En realidad dice mucho más...contiene toda una eternidad de razones.

Hablo de cartas a puño y letra. Hablo de cartas que recibes, estas noches pasadas, y las otras también. Del acto de afecto más digno y humilde que existe y que nos permite soñar, salvar cualquier distancia. La sucesión de voluntades que permiten que tu, Ahmed, allí sentado con tu chilaba puesta, tu blanco bigote cubriéndote las arrugas que el tiempo y el ejército dibujó, aunque con ese aire juvenil, elástico, selles el sobre bajo la atenta mirada de tus hermanas, que nunca permiten que el frío se apodere de ese comedor, y en siete, catorce o veintiún días da igual, ésta entre por el espacio que la puerta deja entre ella y el suelo, para quedarse ahí, en el recibidor, inmutable pero ansiosa por ser finalmente abierta. Es la noción de que tuvo que pasar por un número insospechado de manos con un único propósito, metiéndose en sacos repletos de otras miles de cartas que cruzándose y entrelazandose para ser separadas de nuevo, cruzar desiertos y volar por encima de nubes y tormentas, pasar el frenético test del olfato de perros drogadictos y hasta permanecer olvidada en oxidados y fríos estantes (solo un par de días) consigan alcanzar su destino sin que por todo ello su propósito se vea alterado lo más mínimo. Que a pesar de sospechosos ojos fisgones que traslucen e incluso abren y leen y esfuman las cartas y cualquier posibilidad de crear magia (en algunos países aún sucede, en éste la magia ya no tiene ninguna importancia), y a pesar de por ello traicionar el único propósito al que las cartas se deben, que sean abiertas por su destinatario, aún incluso hoy es posible recibirlas y tomar consciencia de que aquello te pertenece exclusivamente a ti, que las palabras fueron escritas para ti, en algún momento y algún lugar quizá fascinante, pensando en ti, y que nadie más conoce ni puede siquiera imaginar el valor que traen consigo, ni nada de lo que contienen más que tu mismo, por qué son para ti, o porque las escribiste tu.

Dicen que lo que realmente nos importa pasa inadvertido. Algunas veces soy incapaz de darme cuenta de lo que me hace feliz. Sé que hay cierto tipo de cosas que van a producirme bienestar, y puede que por ello me considere alguien moderadamente satisfecho. Incluso puede que tenga mayor capacidad que la media para relativizar los hechos, o sea para no tomarme demasiado mal lo que me decepciona de entrada ni mostrar una euforia irreal con lo que me alegra. Soy más bien del pensar que nada puede ser ni tan malo ni tan bueno, y que a menudo juzgamos sin conocer, lo que nos lleva a sentirnos defraudados, ya sea por uno u otro motivo. O sea que mejor tomárselo con calma y de la mejor de las maneras, que por otro lado nunca es en negativo. En otras ocasiones soy demasiado vulgar y débil como para no sentirme seducido por lo banal y dejarme caer en las fauces del hedonismo que nos rodea. Desprecio la mente y me tiró al cuerpo. Desnudo y practico sexo con la mirada, en el metro. Me como un enorme hamburgesón grasiento y clónico o me trago la mierda de los que salen en la tele para ver como se escupen y retuercen las entrañas, para luego sentirme vulgar y desgraciado. Sin embargo, en otras ocasiones, mis ojos son capaces de abstraerse y disipar esa nieblina apestosa, el humo de la contaminación que se esparce por las cloacas de la sociedad, por todas partes, vomitándonos egoísmo y vanidad, placeres efímeros y valores que esconden mezquinas repercusiones.

Leo y releo la carta en busca de detalles inadvertidos. Repaso la caligrafía de un árabe que se expresa en caracteres latinos. Entonces esa carta me transporta a las cartas que he recibido y que envié, de esta que leí y la otra que escribí, a lo largo de mi vida. Recuerdo conversaciones recientes que me hacen sentir feliz, de esas en que estamos solos los dos en ese local abarrotado. Y me siento feliz por haber hecho feliz al escribir desde allí, desde aquí. Soy feliz por que ellas me hicieron también feliz, me hicieron afortunado. Por qué mi puño y mi letra es lo último que me queda, lo último de lo que nos queda que nos pertenece y que nos permite vivir el mismo tiempo a pesar de la distancia. Y es solo tuyo y mío.

Día a día me alejo más del cariño y me acerco más al dolor, al amor

Muros transparentes

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22/11/08

No soy aquél de allí
no soy ni estoy aquí,
estoy confundido,
inducido por
los infinitos túneles del metro,
las oscuras intenciones de los seres que
sorben
fisgonean mi cuenta de ahorros
ordenan mis propósitos
relamen los restos de mis sueños
y luego escupen.

Por favor lavado espiritual; La Central
Comelade y el xolófono,
cine en el Institut Française,
lo que sea.
necesito sentir algo propio y olvidar,

Paseando por el raval
es imposible evitar,

El drama invisible de los desechos,
partículas de polvo que se retuercen
en esquinas inyectándose bimbos de carrefures
aspirando el imposible vaho de la nouvelle cuisine
que se muere en el cristal
desde el cual

Los amargos caprichos de esta ambigüedad
que llamamos ciudad
de este destino fugaz
totalmente incapaz
aparecen incoloros, ubicuos,
[despreciables, estupiduos...

Yo aquí y no allí
balanceándome en lo alto de la cuerda
persistiendo en negar la inevitable resolución
de tener que escoger
entre tirarme y caer
por el falso
destino de la hipocresía,
o por la infeliz
dicha del dolor.

New Order

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6/11/08

Te rondan por la cabeza estructuras mundiales que dominan por completo mentes ilusas. Esos que llaman del grupo Bildelberg; líderes de gobiernos y de las finanzas que se reúnen cada año y mientras beben y fuman -y no quieras saber qué cosas más- deciden las sucesivas acciones que les permitan alcanzar su único y verdadero objetivo: el poder absoluto.

Pienso eso hablando de otros tiempos, unos que parecen ya muy lejanos y más que nada ajenos. De las universidades y de compañeros de piso psicomaníacos, a los que te encuentras por el camino y desaparecen, conoces y quieres (u odias).

Así llegamos a Zeitgeist, ese increíble documento que nunca verás en los periódicos, rechazado e ignorado por los medios. Claro, los medios que ellos mismos controlan, los que si se aceptan y tienen alcance. Pero ya no importa más... ¿a quién le importa? ¿Nuevo Orden mundial? Pues bien, mientras no desordenen demasiado el mío, que hagan lo que quieran con el suyo. Total, mejor el FMI que no el Parlamento Chino. Mejor Disneylandia que Dubai, el Vaticano a la Meca! No merece nuestros mayores esfuerzos luchar contra lo que ni siquiera sabemos qué es exactamente, qué forma toma o en quien se plasma. De acuerdo: Capitalismo multinacionales intereses deuda especulación. Quizá incluso merezca nuestra vida. Pero ¿en qué forma se nos aparece todo eso? No voy a hacerme asceta. Por otro lado: Privilegios. Estoy aquí, sentado frente un ordenador que vale lo que para aproximadamente la mitad de la humanidad significa un año de su sueldo ¡y todo lo demás! Ya sabéis...¡todos sabéis! Pero nadie está dispuesto a hacer. En el fondo tenemos conciencia de grupo y aquél más extenso en el que te identificas es en la civilización, puto occidental. No vas a permitir que te quiten derechos en beneficio de otros ¡maldito egoísta! Desde Jesús a la Reserva Federal que te la están metiendo doblada y tu sigues creyendo que vas a salir bien parado, aceptas que te metan solo la puntita, con tal no te la metan entera. Pero lo cierto es que por tu cortísima memoria -ellos llevan anotando todo desde siempre- no te das cuenta que algún día, como les sucedió a tus abuelos y antepasados, incrédulos y fieles, patriotas y rebeldes, cuando menos te lo esperes vendrán y te dirán: ves lo que hay ahí fuera, lo que ves cada día, pues olvídate de todo porqué a partir de hoy todo eso ya no existe. Y por cierto: mientras te agachas sujétate fuerte por qué te va a doler.

Y entonces me pregunto qué cojones de absurdidad monumental es esto... Nada tiene ningún sentido. Elegimos algo por qué debemos elegir, lo que sea. Nos montamos toda una estructura mental para justificar las decisiones que tomamos y después, un día cualquiera, percibimos lo que es el principio del fin. Al siguiente día ya no crees nada de lo que creíste por la noche y todo se ha desvanecido. Múltiples fuerzas te absorben y succionan, primero la piel, luego los órganos, los huesos y por último lo que te queda del alma. Y ya eres aquél que siempre quisiste ser. Completamente aquél Insatisfecho, rechazas a Zeitgeist y las teorías de la conspiración por un nuevo orden mundial, te asomas a la ventana y quieres primero, antes que nada, encontrar la respuesta a tu propia locura, la que irremediablemente crece junto a la ajena. Entonces decides que hoy vas a ser un revolucionario pero que el resto del año vas a intentar apañarte con lo que hay, que no es mucho.

Así que piensas que es estúpido ser idealista teniendo un trabajo estable y facturas. Bodas, partos, encerronas del banco y escapadas sanatorias de fin de semana y congestión a la vuelta no perciben siquiera el significado de esa palabra. Es rematadamente fácil ser estudiante y salir a la calle a gritar y no beber la chispa de la vida. Cuando te agarras a la enorme rueda en que a fuego hay gravado “Sociedad global”el único deseo que asoma por tu angustia es no morir aplastado por ella. Pero eso no es lo que venía a decir: Quiero que alguien del futuro, con su nave intertemporal, aterrice a mi lado y me susurre la Verdad al oído. Que después de hacerlo se acerque a ese imbécil que se llena la boca de palabrería y le muestre como él mismo, dentro de veinte años, estará dando de palos a los que ahora son como él desde una cómoda silla en un decimotercer piso. Y le dirá: “Lo mejor de todo es que entonces no serás consciente de nada de eso. Lo único que te importará será el jodido euribor y los pañales para tu hijo cagón”. Ni por asomo va a plantearse si es o no es feliz. Solo lo hará si algún día ese lunático que nunca dejó de ser estudiante ni idealista es capaz de dar por el culo a su país entero, porqué los pobres son pobres pero son muchos y también están locos, así que no dudéis, por mucho que rechazéis a Zeitgeist y a las teorías de la conspiración, os lamentéis de Bilderberg u del capitalismo radical, ese otro malnacido disfrazado de negro, musulmán, indígena, conseguirá finalmente la llave de tu casa, entrará y te dirá: “ves todo lo que hay aquí a tu alrededor, pues vete olvidando de todo porqué ahora es mío. Fuera de mi vista maldito miserable”. La rueda te estará entonces aplastando. Y sí, a ser hijos de puta sabemos jugar todos, por lo cual ahora mismo solo nos queda algo: hacer como que no oímos, no vemos, no sentimos nada. Y lograremos sobrevivir.

El hombre marroquí y el hombre español: algunas estúpidas diferencias importantes . Cap. I

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26/8/08

Se me ocurre la idea de explorar los rasgos que diferencian al “hombre prototipo español” con el “hombre prototipo marroquí” en la calle, de camino al McDonald’s (ya contaré porqué tuve que ir otro día…), que se encuentra en una plaza justo detrás del hotel, cuando a mi lado pasa un grupo de tres amigos en el que dos de ellos andan cariñosamente cogidos de la mano. Inmediatamente imágenes de Barcelona y sus consecuencias acuden a mi cabeza. No puedo más que reflejarlas: cantidad de gays invadiendo sus calles, cada día más asombrosa, más si tu vida transcurre en mitad del “gaixample”, ese falso topónimo inventado por algún iluminado periodista en una noche de lujuria y inspiración mientras le metían el dedo en el culo, destinado a designar y proteger la zona que poco a poco van conquistando con hoteles, tiendas, bares y saunas E-X-C-L-U-S-I-V-A-M-E-N-T-E destinadas a ellos; a defender en un futuro no muy lejano, en que puedan incluso pedir la declaración de (su) barrio como independiente, leyes que no permitan por ejemplo tener perros más grandes que una mierda de san bernardo… que obliguen a caminar pomposamente… ir al gimnasio por lo menos dos veces al día (¿por qué irán al gimnasio tanto? me preguntaba inocentemente antes de ir -una vez- a uno frecuentado por gays…), o responder con un “¿qué quieres, guapo?” y miradas viciosas a todo hombre que acuda a uno de los comercios o bares del ghetto. Ya me imagino a los señores diputados postrándose ante la marea homosexual con aspiraciones imperialistas… pero volvamos al tema. La comparación inevitable: una muestra de afecto interpretada de distinto modo aquí o allí: mientras para unos es solo un signo de amistad, de buena amistad, caminar por la calle cogidos de la mano, allí en España (allí por qué estoy aquí), es vista como un signo de otro tipo de afecto; sentimental, sexual, matrimonial o como quieras llamarle, y (quizá ahora ya no tanto, por lo menos en la Barcelona ocupada), también como de identificación personal, de pertenencia a un grupo social que durante mucho tiempo le fue vetada la existencia por su condición sexual, y cruel e injustamente reprimido por ello. Mis dudas, sin embargo, permanecen por el lado marroquí, donde manifestaciones de ese tipo son inconcebibles a día de hoy, aunque si bien comprendo que para ellos ir cogidos de la mano es un puro acto de amistad, éste suele darse entre hombres jóvenes, probablemente solteros. También es cierto que deben andar muchos gays reprimidos por aquí…

Otra de las particularidades que distinguen a unos y a otros son los vicios ante los que se lanzan sin freno ni piedad por ellos mismos. Si bien el hombre español se dedica por entero al consumo de pornografía, café, alcohol y cocaína, el hombre marroquí redime su angustia por vivir con otras sustancias como el café con leche, el té, el hachís, el kif o el taba.

Yo tardé un par de días de sinsabores y de sabios consejos a darme cuenta que debo pedir siempre café con leche en vez de café solo. No hay marroquí que no pida café con leche, a no ser que se encuentre en un bar donde le conozcan y le tengan aprecio. Lo que ocurre de otro modo (y creédme, a los turistas les sucede siempre), es que de una misma carga de café saquen más de una dosis. No tengo ni idea de cuantas son capaces de sacar los cabrones, pero cuando toméis café, si no queréis notar su sabor amargamente aguado, siempre con leche.

El té constituye sin duda el más extendido y menos perjudicial de los vicios marroquís. Es la bebida nacional. Se toma a todas horas y en cualquier lugar, pero hay predilección a tomarlo por la tarde o la noche, cuando el calor ya no es tan sofocante y la gente empieza a inundar las calles. Para los que no sepan, aquí se prepara con hierbabuena y mucho azúcar, lo que le confiere un sabor extra dulce, y es verdaderamente adictivo. Lo particular del ritual del té es que sueles tomarlo con tus amigos, o bien en casa o en una terraza en la calle, con lo cual es el momento ideal para reunirse y contar a tu amigo confesor los melones que vendiste hoy, los alumnos que suspendieron en el último examen sorpresa que les hiciste, lo feliz o lo insatisfecho que estás. No hay alguien en Marruecos que no tome té, me atrevería a decir, en algún momento u otro del día.
Asimismo el hachís, y ya entrando en el grupo de dorgas ilegales, es el más caro de los tres vicios, y aunque Marruecos es uno de los mayores productores del mundo y su precio aquí está por los suelos, no está al alcance de todos. Los jóvenes son los que más lo consumen (en eso se parece al hombre español, sin duda), aunque no está bien visto entre los de clase acomodada, y también lo consumen los hombres aburridos, que así llamo a los que ves en un bordillo sentados todo el santo día, sin hacer nada, absolutamente nada, a parte de fumar o hablar. Los efectos el hachís marroquí son parecidos a los de la marihuana: de sequedad en la boca, apetito, risa fácil, etc., a hipersensibilización física y mental, viajes cósmicos y demás. Como en todo, hay de distintos precios y calidades, que varían según el lugar donde te encuentres (si estás en las montañas del Rif, Ketama o el santuario de Chaouen estás en el lugar adecuado), o de tu propia habilidad para negociar.

Por otro lado encontramos el kif. El kif, o kiffi, es la marihuana (que no es de muy buena calidad) seca y picada que se usa para hacer el hachís (que por el contrario si suele serlo), y generalmente se fuma con una pipa de madera o de metal. Lo fuman gente mayor pero también los jóvenes en algunos bares, discretamente en aceras o en parques a hurtadillas, su olor es inconfundible y su efecto instantáneo; un dolor intenso oprime tu cabeza desde la primera calada y puede ir acompañado de nauseas. El motivo principal de su uso es que te deja antontado y por tanto tu lastimoso dia lo pasas un poco menos consciente de ello.

El taba es un tipo de planta que se machaca hasta obtener un polvo marrón y se esnifa. Lo he visto usar principalmente a hombres mayores y del campo: se tiran un poco de polvo mágico en la mano, sobre el dedo índice en su base, hacen una rallita y esnifan con los dos orificios, ¡zum, zum! de ida y de vuelta. Sus efectos son difíciles de apreciar, básicamente son parecidos a los de la cafeína, con la diferencia que cuando esnifas taba tu nariz empieza a picar como una condenada y te pones a toser o incluso te cae alguna lágrima por la mejilla (eso a los novatos, claro).

Sin embargo, y a pesar de esas diferencias en lo que los hombres se meten aqui i alla, unos y otros no dejan de ser hombres, y dentro de la generalidad existen otras generalidades que implican semejanzas entre ambos. Al fin y al cabo, aunque las sociedades con las que se encontraron sean distintas, sus mentes originales y simples persiguen los mismos objetivos, y sus vidas no dejan de ser menos miserables. Así pues, tanto el hombre marroquí como el español se droga (pongamos libera sus angustias, ya sea con alcohol o kif), generalmente acompañado de otros hombres (tengamos en mente el bar “casa pepe” a las ocho de la tarde, la barra atestada de currantes borrachos, todos ellos hombres), lo que es un rasgo que les asemeja. Asimismo, ambos son fumadores empedernidos de tabaco (unos compran paquetes enteros y hay de los otros que aún cigarrillos sueltos –a 18 cts-), hablan cerdadas de mujeres y fútbol y tienen verdadera pasión por discutir sobre todo ello, con la particularidad que también todos presumen llevar la razón. Son profusamente machistas, solo que para unos constituye una verdad “aceptada” y para los otros una actitud deleznable, pero todo eso ya es tema del siguiente capítulo…

Mercados, memorias, gritos y resurrecciones

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24/8/08

Los ruidosos e incesantes gritos de algún vendedor ambulante -que cabalga con apremio arriba y abajo como si voces no alcanzaran rincón alguno-, activan mi conciencia como un rayo de luz, y antes de abrir los ojos me recuerdan el lugar donde me encuentro, un poco entre el bien y el mal o ambos o ninguno, y que no hay tiempo que perder: todo por descubrir, un mundo de sorpresas por destapar.

El primer día en el primer lugar de cualquier viaje a un nuevo mundo, a un punto que agregar en la construcción de nuestro propio universo, hay que dedicarlo a callejear. Y en una mañana calurosa pero radiante como ésta, con el sol alcanzando su cenit pero los párpados abiertos de par en par, con los mejores intenciones y los más ambiciosos propósitos en ésta, si, una ciudad árabe, el mejor lugar es el gran zoco de la medina antigua, donde las raquíticas calles ofrecen rutas de sombra en su interminable zigzag y la efervescencia de lo terrenal se desenvuelve con mayor fuerza.

Aunque claro, Tánger crece crece y son más de dos millones de almas las que inundan las calles; son niños afroeuropeos de vacaciones con, familias de emigrantes en el fruto de sus logros continentales de cuatro ruedas, lujosos y jóvenes paseando (aún durmiendo muchos de ellos; las noches son aquí muy largas), la playa enorme inmensa repleta de ellos y todos y más vendedores ambulantes, chapoteando en el parsimonioso proceder de las olas, frenadas por acción de la bahía, que las invita a pasar con restricciones; “calma y tranquilidad, pasen” le rumorea la costa al mar; el avanzar del viento que se lleva gritos y te ofrece gritos de luchas y partidos con balones distantes y sollozos de helados en la arena, juegos en la orilla y madres todas a resguardo del sol, bien tapadas con el parasol; también hombres cubiertos de arena en un extraño ritual, relajando su espíritu, dándose un baño de arena blanca, arena africana…
Entonces llega la Medina antigua, que se levanta en la esquina occidental, a los ojos de cualquier navegante que atraviesa el estrecho que separa las dos tierras con el mar. Es la primera inspección obligatoria, no la última, de calles estrechas y tiendas de ah! ya recuerdo, pollos frescos que viven y compras y zas! a pedazos te llevas, toneladas de amarillos melones, frutas multicolores y nobles partes y no tan nobles de animales en carnicerías distinguibles (en la más pobre el hombre pobre apenas si tiene carne que vender y la que tiene son enormes lenguas de vacas y su cabeza entera y estómagos y bueno ya sabes cosas que ni sé lo que son), huevos de gallinas aún calientes, todos los huertos incluso lenguados sardinas gallinitas del mar (¡qué ricas! no llevan espinas). Y todos se encuentran ahí debajo de telas que impiden el ataque del sol: carniceros, fruteros, chatarreros, curtidores, herreros, zapateros, vendedores de aceitunas, de especies y condimentos y latas de conserva, cambiadores, limpiabotas, todos arremolinados, todos en las estrechas calles del zoco que se extienden por la ladera de esta colina ya erosionada por las pisadas de los siglos siglos siglos de mercaderes, negociantes, compradores, traficantes, vendedores de cigarrillos y ahora también de recuerdos (¡recuerdos!) vagabundos y borrachos que “yo solo quiero hablar nada de dinero” ¡mentira! y los niños algunos pidiendo muchos jugando saltando gritando corriendo y atareadas mujeres e hijas algunas tapadas pero no muchas, incapaz de distinguir la infelicidad (pero ¡oh! existe ahí en las grietas de las esquinas o en los precipicios a punto de saltar), entre la multitud de rostros resplandecientes y caricias celestiales de gatos enviados por Allah. Y todo eso envuelto en el ruido incesante de todos ellos, locos genios mercaderes del Pan, más los coches que imponen su paso y los irrespetados pitos de los policías (no pueden hacer mucho más la verdad), el chirriar de esos mutantes de motocicletas que son mitad ellas mitad remolque (y que transportan butano carne o melocotones), volando delante de tus narices tal cual el mundo fuera a terminar, obligando a echarse a un lado; y ofertas de fruta ropa, electrodomésticos de tercera mano y sofás lámparas de lo más kitsch, sofás para bodas (ahí donde se sientan los novios ya veréis), en tiendas que se esparcen encima de calles hasta no alcanzar el fin y de sucias aceras de limpieza espontánea cuya memoria se remonta a conquistas y reconquistas de los hombres y mujeres que infatigablemente cada día las pisaron, siguen pisando y que invariablemente seguiran pisando por los siglos de los siglos. Insh'allah!

!Todo el puto día para servirle, señol!

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11/8/08

Estoy viendo a los malditos chinos dejarme con el culo en el suelo y por momentos los pelos de mis brazos se erizan ante la increíble fuerza de la voluntad humana, que es capaz de lo peor así como de lo más bello y genial -Observo mi cuerpo dormido y embarcado en etéreas naves de placer, desplazado de la perfección visual recuperando sueños robados por noches locuras –Saliendo tumbos abajo camino de la luz el aire y sociedad que recuerdan estoy aquí y mezclado otra vez – Libros nuevos encontrados comprados de Vosotros ya me conocéis no puedo dejar de escribir ni leer(os) - Sobredosis de electrónica narcótica en plantas y plantas de individuos y estantes con placeres y aglomeraciones; guitarristas virtuales que pretenden ser bandas de quinceañeros oscuros satánicos en consolas de hedonismo (por qué coño se le llaman así, consolas?) y sonidos envolventes pantallas de altas definiciones más perfectas que realidades mismas. Destellos de flaqueza de publicidad insistente joder está buena la jodida droga que le inyectan en La Hamburguesa, en mi la abstinencia solo aparece cada trimestre o así, en otros al rato y gordos enfermos mueren – Cuando abajo percibo de nuevo la existencia de mi ser en la memoria y estoy en la Rambla (no la plasta que te mueve en zigzag no, la otra de palmeras y chilabas negros borrachos y pijos, descafeinados yuppies disfrazados de hipsters hippies de marca y gente de buen rollo, todos esos), entonces percibo como mi alma se eleva encendiendo las ideas en los pulmones de raquíticas plantas que aunque poco y mal dieron lo suyo, se eleva leyendo primeras palabras de páginas recién tomadas debajo palmeras que iluminan artificiales luces y “gracias por permitirme leer”. Así que leo y recuerdo a grandes mujeres cruzando delante de mi, la mitad de ellas con mi corazón ya rendido de antemano (y tapado para que no lo descubran), dispuesto a dejarlo todo por sus pies y la ilusión de su perfección. También a bajitos hombres malayos sonriendo satisfechos y paquis hablando enfundados en sus largos vestidos veraniegos que dejan pasar el aire y tocar tu piel (siempre les envidié, como a los escoceses), pero los que a pasear mujeres no dejan, discutiendo en su idioma musical gracioso verdad y más si fumas un poco –La bici que me lleva se desplaza cuesta abajo a pesar de vivir en lo alto, no solo llego sino que paso de largo y me topo con la mujer mayor que pide tres veces perdón (no es tan mayor) por meterse en nuestro camino y la miro y no puedo más que reír y ella asustada por pensar ¡morir atropellada por bici y encima sin indemnizar! y también se ríe. La bici sigue por mi así que puedo pensar y sonreír disfrutar de los edificios que me envuelven tan mágicos y de una belleza tan natural (como todos deberían ser, pienso) entonces me encuentro por allí los coches detrás de mi paso, yo dominando la calle y esquivando los peatones por Sol i Revolució, la que constantemente está en mi, esparcida en alma de bici que de vuelta me lleva directo al bar delante de mi casa en el que solo una vez entré donde camareras cálidas e increíblemente hermosas me hablan y tipos que sueltan “adiós” al salir aquí en Barcelona soy del barrio, mi barrio, hay que hacerse del barrio, comunicarse con el barrio…y así sonriendo asombrado de estar viviendo todo eso se encamina a su casa para escribirlo todo y se olvida de mirar al chino de la tienda “todo el puto día abierto para servirle, señol” , y no da cuatro pasos más que da la vuelta entra en la tienda a comprar cualquier excusa arrepentido con ganas de saludar y la mujer allí escondida detrás de la caja con la pasta siempre sonríe hoy tengo ganas de hablar y te animo te hablo de los jodidos chinos que bien lo hicisteis todo belleza visual y me responde ella trabajar no podel miral pregunto de nuevo pero si no son los precios ella no sabel será por qué nadie le comunica si tu ser del barrio aunque quizá aún no descubril como ¡yo te voy a enseñal!

Beijing (tengo más, mucho más de ésto)

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19/7/08

¿De qué colores se llenan los sueños de viajes en ciclos por ciudades extrañas?

Quiero recordar a Johnny subido en su moto alquilada con su sombrero y camiseta de tirantes pasando frío, sus pantalones blancos y sandalias bailando en medio de la pista con el frenesí de un loco desatado, contando increíbles historias de su mundo neoyorquino y vietnamita; ¿qué edad tienes? pregunta si está bien preguntarlo, y le respondo que bueno, depende, y me contesta "en vietnam es la primera pregunta que se hace, eso condiciona el resto de la conversación". Y seguimos hablando de italianos de new jersey que (¡Los Soprano! digo, y "si" responde) y fumando delante de la brisa del mar que viene del puerto y la puerta de atrás de la ciudad: miles de cajitas (desde allí parecen cajitas, sucedaneo de Super Mario) que son contenedores llenos de droga y productos que ni imaginamos que llegan para ser traídos o llegan en largos camiones o trenes que paran y se quedan o se van para ser llevados; infinidad de luces que resplandecen en la noche "Oh! pueden verse las estrellas: la polución urbana nos abandona por esta noche" Y muelles que se reproducen hasta alcanzar aviones en la lejanía que aterrizan para traer nuevos habitantes y se elevan para llevarse otros; ríos que no se distinguen en el dominio de la fábrica y lo sucio pero al mismo tiempo bello: ¡lo disfrutamos todos! (justo a la espalda de todo esto), de la droga y lo inimaginable que llevan los videojuegos que son cargueros chinos y vietnamitas alguno y los Johnny que regalan los aviones en esta bella noche de aire fresco, estrellas, cena, vino, maría, nu jazz, cine, risas, muchas risas contagiosas, motocicletas, puertos e inútiles faros que guían a perdidos veleros ante la confusión de las abarrotadas luces costeras; nocturnos paseos en busca de interminables fiestas capaces de saciar nuestras almas sedientas de más, un poco más, por la ciudad vacía, vacía de todo lo que sobra el resto del día.

Horas intempestivas

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14/5/08

No eran horas intempestivas cuando esbocé una sonrisa al abrir bien los ojos. Al silencioso desplazamiento por la ciudad aquella tarde de domingo, los colores de la ciudad impregnaron mis retinas. Si, colores. Fue como una liberación. Después de semanas, de meses deseando, implorando la compasión del cielo, sacudiendo la conciencia del más inconsciente, por fin el agravio, la vergüenza cultivada durante años de imprevisión, imprudencia y prejuicios había marcado un punto y seguido y de arriba la lluvia por fin todo lo mojaba. ¡Y de qué forma! Litros y litros empapando montañas, bosques, prados, parques, tejados, avenidas y calles. Salía y pensaba: ¡Qué no pare! Que siga días y días. Y estoy convencido que nadie pensaba lo contrario, nadie que sufriera por ver discusiones vacías sobre los pozos también vacíos. ¿Qué hacéis con paraguas? Mojaros y dejad que la lluvia os demuestre que seguís vivos. Echad la cabeza hacia atrás, cerrad los ojos y abrid bien la boca, que el sabor del alivio recorra vuestras entrañas. Disfrutad del momento, desead con todas vuestras fuerzas que siga lloviendo. Y así fue: me levanté al día siguiente y seguía lloviendo. Más, más y más agua. ¡Que corra! Que se llenen los ríos y los embalses; recoged todo lo que podáis, metedlo todo en cantimploras y sacos enormes y guardadlos o yo qué sé, pero que no desaproveche nada.

No eran horas intempestivas sino el final de ese sueño vuelto colores en la ciudad. Fue un baño a conciencia; todo quedó reluciente y nítido. La escorrentía se había llevado lo feo y lo despreciable. No había rastro de polvo ni suciedad en las calles. El cielo seguía azul oscuro, casi negro, esperanzador aún. Nunca vi árboles tan verdes ni tal cantidad de pájaros perder la timidez, esa que el calor sofocante y el ruido y el amarillo de lo seco les obliga a tomar. ¡Porqué no había ni ruido! La gente seguía bajo sus tejados y mi ciudad estaba limpia, de colores y descreída. Los jardines podían vivir un tiempo más sin agua. Todo estaba más tranquilo, aliviado como el preso a quien aflojan las esposas. Firmamos una tregua.

Pero aunque los árboles se sujetaran a la vida y los bosques permitieran que el agua corriera y reavivara los torrentes, los ríos llenaran de nuevo sus cauces y los acuíferos se empeñaran en renacer a las secas fuentes, los invertebrados dejaran paso a las generaciones futuras y a los demás seres se les permitiera vertebrarse un poco, después de la lluvia y los colores y los pájaros tomando la ciudad y el verde de los árboles dilucidando el placer que sintieron con el festín que se dieron, que todos nos dimos, a pesar de todo ese goce y alegría somos conscientes que seguimos esposados a la voluntad de lo impredecible; la voluntad de la estupidez humana. Lo somos ¿verdad?

Pensamientos estúpidos

3c

24/3/08

Vas paseando por la calle y ¿qué ves? En principio diría que no solemos mirar mucho lo que hay en la calle. Más que nada nos concentramos en nosotros mismos, en nuestros pensamientos, problemas, o en el lugar hacia el cual nos dirigimos. Sin embargo, sabemos que a nuestro alrededor hay más; todos aquellos con quien nos cruzamos también andan pensando en sus cosas, probablemente, pero hay quien no camina solo. Estos suelen hablar entre ellos, a veces. Andando solo, en esos días en que simplemente vas, sin pensar en nada, con la mente abstraída y concentrado en tus pasos, en el momento de cruzarte con esos tipos que hablan entre ellos, sin quererlo cazas un par de palabras de su conversación. Siempre me ha parecido fascinante lo que la gente habla, aunque parezcan estupideces me atrae saber que es lo que se cuentan, diría que es mi interés sociológico, pero mentiría si no reconociera un poco de curiosidad y otro poco de morbo en ello. Cuando solo es una parte de lo que hablan lo que llega a mis oídos, entonces intento adivinar que es lo que sigue, o que es lo que les llevó a decir aquello en concreto. Un día me crucé con un grupo de chicos, de vuelta a casa, y uno de ellos decía: “…hay un vibrador que lo puedes conectar a la guitarra eléctrica”. Sin más. Evidentemente la duda (del antes, del después y del porqué) se prolongó mucho más que mi camino de vuelta.

Otro de lo que puedes ver en la calle son gente paseando a sus perros. Es posible identificar, por la raza de los perros que ves, si una zona es de clase alta o de clase media. Normalmente en los barrios más degradados los perros se pasean solos. En donde yo vivo, concretamente, predominan más los perros de raza, por lo tanto, sin necesidad de mirar a nada más que a los chuchos, puedo afirmar que vivo en un barrio de gente rica. Ahora el perro que está más de moda es el bulldog francés. El otro día entré en un hipermercado de animales y vi a uno con una expresión tan boba y simpática a la vez que quería comérmelo. Luego miré el precio, le eché un nuevo vistazo e inmediatamente perdí el interés en él. También existen unos cuantos tópicos acerca de los perros; a parte del que son “el mejor amigo del hombre”, circula el que dueños y canes se parecen (hecho que se cumple la mayoría de las veces, más debido a que solo nos acordamos del tópico cuando se cumple que a que así sea), o que los dálmatas tienen tendencia a quedarse ciegos, ¿o era sordos? Hablando de dálmatas, ciegos o sordos o nada de ello, hay uno, me contaron, que mantiene una galleta en la boca hasta que no le das permiso para comerla. ¡Pobrecillo! Me lo imagino babeando por todas partes. Debe ser horrible; como estar meándose delante de un retrete y no poder utilizarlo. Pero eso no era todo, ya que el animal solo podía dormirse cuando alguien (de la familia, se entiende), ¡se acercaba a taparle con su mantita! ¿No es encantador? Se ve que hasta que no acudes ladra, como si fuera tu hijo pidiéndote un cuento antes de dormir. Ese, por lo tanto, no cumpliría el tópico de mejor amigo del hombre, más bien sería el de hijo del hombre, ignoro si el mejor, aunque probablemente sí el más barato. Además, definir al perro como el amigo fiel del hombre por su docilidad y sumisión a éste me parece de una demagogia aplastante; ¿necesitamos realmente siempre sentirnos dominadores? ¡Que se coma la galleta cuando quiera, coño!

Así que cuando vayas por la calle, si te aburres, intenta captar algo de lo que hablan esos que andan hablando, o si estás en una nueva ciudad o un barrio que jamás pisaste, fíjate en los perros, por qué quizá no sepas si son el mejor amigo del hombre o de la mujer, pero sí que su dueña pagó un pastón por qué ella lo tiene. Si más no, encontrar un vibrador compatible con tu guitarra eléctrica puede resultar complicado, y nefasto si no eres buen músico, aunque pensar en aquellos cuatro chicos un jueves por la noche hablando de juguetes sexuales puede inducirte a montarles una vida ficticia, o a llenarte la cabeza con pensamientos estúpidos, como querer comprarte un bulldog francés o un dálmata lacayo. Pensamientos estúpidos o un modo de andar por la calle.





Muros

2c

28/11/07

-Hay demasiados filtros en las realidades ajenas, es imposible creer en ellas, ¿te diste cuenta? No son más que distorsiones que nos influyen del mismo modo que ellas mismas han sido influenciadas por otras.
-¡Venga ya!¿No crees que fumaste ya bastante?
-De verdad te lo digo: ¿no ves lo que ocurre cuando hablas con alguien y te das cuenta que reproduces lo que te dijeron así de golpe, sin tu haberte preocupado de analizarlo cuidadosamente? Puede que hables de un país, de alguien conocido, y te atrevas a decir que es que allí se comen a los pollos vivos o que se ve que el otro es muy vicioso, cuando en realidad lo oíste de tu vecina, que quizá lo había oído de la radio -aunque sea medio sorda-, y aunque sepas que no escucha la radio.
-Mira colega no se pa que me junto yo contigo que siempre me metes esos rallazos. Cuando pillas el papel de argentino psicoanalista no hay quien te soporte. ¡Qué no! Que a mi no me engañas más.
-Lo que yo te digo, demasiados filtros, demasiados tópicos, demasiada pereza.

Filtros que distorsionan

1c

27/9/07

Como actua el mecanismo mediante el cual nuestras ideas toman forma? No tengo ni la menor sospecha. Sin embargo, estoy totalmente convencido que las primeras imagenes que percibimos sobre aquello totalmente nuevo, desconocido, son las que constituyen la principal fuente para crearl esas ideas.

Antes de subir al bus el nerviosismo es mayor que en otras ocasiones. Ahi, sentados, hay un par de tipos con traje y aspecto severo que parecen sospechosos, a mis ojos y debido a mis (pre) ideas. Detras de mi mantienen una larga conversacion dos chicos jovenes, asi como si un run run sin sentido entrara por mis oidos, cuando de pronto capto unas palabras sueltas: barcelona, messi,...otra vez el futbol! Me vuelvo para preguntar el resultado final del partido de ayer y entonces las facciones de Ferdi (nombre que mas tarde conoceria), al averiguar que yo soy de Barcelona, cambian completamente. Una expresion entre sorpresa e ilusion inunda sus facciones. "Creia que nunca conoceria a nadie de Barcelona", es su siguiente frase. En este momento todos mis temores, todas las ideas que las imagenes habian creado en mi mente, se desvanecen.

Pristina es una ciudad balcanica como cualquier otra, con sus diferencias y parecidos. Un lugar donde la gente quiere levantarse cada dia para ir a trabajar, a la universidad o al mercado, e intentan que sus vidas sean lo mas cercano a la normalidad posible, a pesar de la visible presencia de instituciones internacionales que tutelan la region de Kosovo. Es desde un despacho cualquiera, sin embargo, de una ciudad occidental cualquiera, desde donde un gobierno cualquiera por unos intereses muy concretos, ha insertado las imagenes que todos llevamos incrustadas en la mente, de guerra, conflicto, destruccion, miseria, peligro.

Si te limitas a decidir lo que es cierto y lo que no lo es mediante lo que otros ojos ven y juzgan lo cierto que aquello que ven es, y no lo que tus ojos creen ver, nunca vas a saber lo que realmente es, ya que lo es realmente real es aquello que uno ve, y no lo que otros nos dicen que ven.

Yo veo y he visto, algo. Muy poco, seguro. Pero aun asi, vi una sonrisa en un rostro por ser yo de donde soy, y seguro que veran una en el mio si algun dia alguien me dice que es de aqui, ya que ahora mi idea de este lugar me la proporciona la imagen de un rostro sonriente y no la de un ninyo llorando, aunque lloren.

Pristina, Kosovo, 27/09/07

Anarchy

0c

19/4/07

¿Alguien se ha aventurado nunca a contar el número de días que puede vivir? Probablemente, plantearse algo así resulta a primer golpe de vista demasiado ambicioso o pretencioso, más por el hecho de no saber, a priori, los días que nos quedan por vivir y no querer arriesgarnos a cagarla en sobremanera, que no por la curiosidad de conocer cuantos días exactamente pueden ser. Aunque quizá puede que el número de días que viviremos no nos diga mucho, puede que pienses: "menuda chorrada". Sin embargo, y por seguir adelante con mi propósito, que es a lo que me debo, podemos hacer cálculos aproximados si, tan amantes como parece que en esta sociedad somos de las estadísticas, hacemos el producto de la esperanza media en España. En este caso (el mío) voy a tomar la esperanza de vida al nacer de los hombres: 77 años (no está nada mal teniendo en cuenta que en países como Afganistán es de 42 en ambos sexos). El resultado de cada uno de los años por el número de días por año (en este caso pasé de los años bisiestos) es de 28.105 días en la vida de un hombre medio (y no creas que no me repatea el término "medio"). Y eso son un montón de días, ¿verdad? Para aquellas curiosas que leéis ésto, deciros que si, las mujeres españolas viven más (de media, no lo olvidemos). Concretamente 83 años, que traducido a días son 30.295. Es decir, 2.190 más que los hombres.

¿Y esto a qué nos conduce? Pues la primera reflexión que podemos hacernos, es que de mis 28.105 días, ¡sólo me quedan 19.710! Además, de los 8.395 que ya pasaron...la mayoría de ellos me los pasé o bien ensuciándome los pañales, o reventándome granos contra el espejo. Aunque la verdad, en contra de lo que pueda parecer, eso es algo que más bien me complace, ya que 19.710 días que me quedan por delante no son pocos, y tal y como me encuentro ahora,...bueno, con tantos días que tengo por delante, hay margen de mejora.

Eso, sin embargo, teniendo en cuenta que mi cuerpo cumpla los estereotipos del hombre español medio, cosa de la que dudo mucho. Además, las estadísticas, que nombramos y de las que hacemos proselitismo como si de la palabra de Dios se tratara (en caso que fuéramos creyentes), pueden contener muchos datos ocultos y engañosos. En este caso concreto, los 77 años no vendrían más que ser al nacer. Es decir: alguien con 1 año de vida tiene la esperanza (que bonito palabro) de cumplir 77 más. Sin embargo, una persona de 77 años no significa que vaya irremediablemente a morir dentro de aquel año. Su esperanza de vida entonces, evidentemente no va a ser de 77 años, aunque las propias estadísticas tienen en cuenta este factor, y puede ser luego de 10 años, por ejemplo. De ahí provienen muchos de los errores que se cometen más bien por ignorancia general. En un país africano que tiene una esperanza de vida de 37 años, como Zimbabwe, el dato en sí no significa que el país en cuestión esté vacío de viejos, más bien ese dato indica que por ejemplo la tasa de mortalidad infantil es muy elevada, haciendo descender la esperanza del conjunto de la población. Seguro que alguien se ha preguntado de donde salen los viejos africanos que ven por la tele cuando le están diciendo que la esperanza de vida es de 40 años. ¿Será que a los 40 ya parece que tengan 80? ¡Ay! ¡Las estadísticas!

Puede que ahora, después de esta breve clase de demografía aplicada, los 28.105 días del hombre medio, o los 30.295 en el caso de las mujeres, nos parezcan un poco más interesantes. Si más no a mí me lo parecen. En primer lugar por qué el día es la unidad básica de nuestra existencia: lo clasificamos todo por días y así todo lo sentimos. Tenemos sensaciones que engloban tal viaje, o aquél amor que nos llenó tantos días, aunque siempre recordamos qué hicimos éste o aquél día en concreto. Hoy mi día, y desvelando así el motivo que me condujo a desenvolver todo esto, estuvo condicionado por una increíble, una enorme y continuada sensación de sed. Salí por la mañana y solo entrar en el ascensor tenía sed , llegué a casa y bebí medio litro de un trago porqué tenía sed. Sed, pura sed de agua fue lo que condicionó mi unidad básica de existencia hoy. Uno de mis 28.105 días giró entorno a la sed que tuve...aunque los días, con la llegada de la noche, pueden también cambiar. Hoy puede que mi sed cambie...puede que tenga sed de cerveza. Si, creo que tengo sed de cerveza.


Si os dan papel pautado, escribid por el otro lado.

Juan Ramón Jiménez

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