Dentro de las voluntades y designios que nuestro más que debatido sistema económico genera, altamente dispar e injusto en cuanto a distribución de rentas se refiere, se engloban una serie de cualidades o causas propias que no distinguen de cunas o procedencias. Esos mecanismos dados, algunas veces ya restrictivos por si mismos, encierran un principio igualitario que los hace curiosamente distintos a los principios de dominación de poder, que a través del dinero, el capitalismo conlleva. Aunque bien pensado tampoco se podría afirmar que tales excepciones igualitarias arrastren consigo algún efecto positivo a ricos y pobres, al menos no por el momento, son sin duda casos a tener en cuenta. Y lo son debido a que es entonces cuando, a pesar de la más que segura negativa de aquellos que poseen fortunas en aceptar tales situaciones, todo aquél implicado en ellas pierde casi por completo su estatus económico y social y pasa a formar parte de un grupo prácticamente homogéneo.
Para hacerme entender, vamos a tratar de visualizarlo en una situación que muchos de nosotros hemos padecido de alguna forma. Hablo de los retrasos en los aeropuertos; esa horrible e inevitable espera en una Terminal determinada de un aeropuerto determinado, exactamente igual a cualquier Terminal en cualquier aeropuerto. En esos momentos de frustración durante la espera, todos somos víctimas por igual: da igual de dónde seamos, de que color tengamos la piel o de si tenemos una bonita casa, de si nuestro coche habla o de si acabamos de vender ciertos activos de tal empresa porqué poseemos información privilegiada que nos advierte de la inminente quiebra. I da lo mismo por que puede darse el caso de que en la misma situación en la que tu te encuentras – allí sentado, esperando –, haya alguien a quien el banco le acabe de quitar la casa y se encuentre arruinado, o alguien que esté intentando pasar la frontera con un pasaporte ilegal para buscarse una vida mejor, o incluso puede que algún feliz empleado de la empresa de la cual tu te acabas de vender los activos vuelva de sus felices vacaciones con su feliz familia.
Pero no vamos a ser excesivamente demagogos –¿quién puede evitar serlo un poco?-, acortaremos márgenes: Puede que ni aquellos verdaderamente pobres viajen en avión – aunque se puede ser muy pobre y hacerlo para emigrar - y que aquellos que son extremadamente ricos tengan su avión privado que les eluda esperar –aunque a veces los retrasos sean por razones meteorológicas-. Puede que todo esto suceda, así como que aquellos tocados con la vara del dinero tengan una espera más confortable en una sala aparte, o incluso puede que compren otro billete o que pasen el tiempo perdiendo un dinero que no les hace falta en el casino del aeropuerto, distraídos y divertidos. Así es posible que suceda, ya sabemos todos que las leyes universales no son muchas, y que incluso ésas pueden estar equivocadas nosotros sin saberlo, aunque nuestro ser consciente no nos va a negar que es ahí cuando un conglomerado de personas de distinta procedencia se reúne, y es en esas situaciones de impotencia, de espera forzada, donde el dinero pierde su valor más esencial: el poder. Es durante aquella espera, sentados en aquella silla que al principio nos pareció cómoda, volviendo la cabeza de vez en cuando para mirar en algún marcador electrónico cuanto nos queda allí sentados, observando las a veces inexpresivas, a veces agotadas caras de aquellos que nos rodean, es entonces cuando la división de clases que el hombre creó ya hace mucho desaparece casi por completo y deja paso a un sentimiento único: la frustración y hasta incluso la fraternidad con los demás allí damnificados. Por que no vamos a negar que uno de nuestros bienes más preciados, e igualmente valorado tanto por parte de ricos como de pobres, es este nuestro Tiempo, aquél con mayúscula, ya que todos sabemos lo escaso que nos es.
¿Quién puede entonces gritarle a la chica inocente de facturación que es tal o cual y que debe hacer algo por remediar la situación? O mejor: ¿Quién va a conseguir algo por ser alguien rico? No, solo queda esperar y mitigar la ira creciente, y pensar quizá en escribir algo sobre lo que está ocurriendo, como yo hice entonces.
ya.va
4/9/06
Puede que llegue el caso en que ningún tipo de estímulo exterior afecte el estado del sujeto. A eso le podríamos incluso llamar pasividad neuronal, aunque la actividad del paciente en estudio presente unos esquemas totalmente normales, incluso en cierto punto por encima de la media general. ¿Qué es lo que constituye la anormalidad entonces? Sin duda alguna la pasividad reflejada a los estímulos externos, que podría traducirse como síntoma de algún tipo de desatención psico-emocional derivada probablemente de un trauma en la etapa de crecimiento estructural, que en el caso en que nos ocupa no demostraría más que el ansia por evadirse de un mundo en el cual los intercambios afectivos para el paciente en cuestión han resultado ser fallidos, han provocado que los intentos por atraer la capacidad comunicativa y desencadenar algún tipo de reacción emocional hayan resultado igualmente fallidos.
Todo lo anterior me lleva a pensar que la capacidad constructiva del sujeto creador en cuestión se está viendo afectada positivamente, asumiendo con éxito creciente las tareas de estructuración en textos imaginativamente complejos teniendo en cuenta el grado y estadio del aprendizaje en el que se encuentra, constituyendo a la vez un ejercicio altamente válido para la progresión en el campo de la interpolación de verbos subordinados y conjugados, frases perifraseadas, así como la constatación personal de una mejoría narrativa. Al mismo tiempo aumenta la concepción interior de realidad, asumiendo el riesgo de un posible rechazo a ojos científicos, que no harían más que mermar momentáneamente la firme voluntad creadora, más diría el ego social, sobreponiéndome al instante debido a la férrea determinación que me lleva a soltar las más estúpidas estupideces convencido de la belleza global del esquema.
Todo lo anterior me lleva a pensar que la capacidad constructiva del sujeto creador en cuestión se está viendo afectada positivamente, asumiendo con éxito creciente las tareas de estructuración en textos imaginativamente complejos teniendo en cuenta el grado y estadio del aprendizaje en el que se encuentra, constituyendo a la vez un ejercicio altamente válido para la progresión en el campo de la interpolación de verbos subordinados y conjugados, frases perifraseadas, así como la constatación personal de una mejoría narrativa. Al mismo tiempo aumenta la concepción interior de realidad, asumiendo el riesgo de un posible rechazo a ojos científicos, que no harían más que mermar momentáneamente la firme voluntad creadora, más diría el ego social, sobreponiéndome al instante debido a la férrea determinación que me lleva a soltar las más estúpidas estupideces convencido de la belleza global del esquema.
Recaídas eternas
18/8/06
Hace tanto tiempo que no escribo nada que me resulta dificil empezar con algo concreto. Es como si mi cerebro haya quedado inerte de aquella parte que con tanto empeño antes destinaba a la reflexión y la profundización de las ideas. En cambio, divagar parece que se ha convertido en el más sencillo de los actos. Es por eso que lo que se sucede no es más que el resultado de la pereza intelectual que uno nunca desearía para otro, aunque algunas veces uno quiere para sí. En lo referente al tiempo invertido en otros asuntos y no en desperdiciar bytes de información gravada en vete tu a saber que servidor de qué recóndito país, la explicación es tan sencilla como estúpida; si en alguna parte he leído que la más profunda tragedia también puede ser la más amarga comedia, para mí la pérdida de mi ordenador, a manos de unos criminales sin corazón – no voy a desperdiciar materia gris maldiciendo a los autores – ha supuesto mucho más que una desgracia económica; ha supuesto el perder el contacto con el hábito de escribir. ¿Por qué? Pues, y ahí reside la parte cómica de todo, porque sin ordenador no soy capaz de escribir. Sin ordenador no tengo capacidad sintética. Todo se queda en meras ideas sin desarrollo posterior. Así que los susodichos autores del crimen material, también lo son de uno mental, ya que con ello se llevaron a mi preciado tesoro y a todo mi desarrollo. Pero que no decaiga el humor, ya que el que vino después (zeugma), fue mucho más intenso del que le precedió, ya que no todas las tragedias lo son tanto ni de todas las comedias nos reímos. Y si de cierto algun enlace neuronal se perdió en este tiempo, más a parte de mi ordenador, los venideros atraeran todo lo que me llevé de la inactividad creadora, ya que supuso, a mi buen entender, actividad conciliadora, receptiva y acumuladora. A éso, y al intento de poner orden a lo que siempre es desorden, ya que las ideas, que siempre son fortuitas, no son buenas si no disponemos de él, es a lo que voy a acometer justo después de este claro ejemplo de lo contrario.
Hasta entonces, pues.
Hasta entonces, pues.
tIEMPO
24/6/06
Tengo una obsesión con el Tiempo. Me di cuenta hace poco que le hecho mucha cuenta. Me di cuenta hace poco que hace mucho que le hecho cuenta. En principio no es algo por lo que deba preocuparme, aunque tener una obsesión no es precisamente motivo de alivio alguno. Sin embargo, actúa más como un interrogante que flota permanentemente en mi cabeza, como divisar algo a lo lejos, allá en la sombra. Y eso, a mi entender, puede significar dos cosas distintas: o bien que me hago viejo y empiezo a preocuparme por los días que me quedan en este mundo tan perro, o bien que el Tiempo es realmente una cuestión por la qué uno debe preocuparse y obsesionarse. Sin duda creo que mi obcecación se debe a la segunda opción, más aún cuando se trata de mi propia obsesión. Si hay algo más inconcreto, más variable, más abstracto y más escaso que nuestra propia vida eso es el Tiempo que la acompaña.
El vértigo que uno siente al hablar o pensar en él es suficiente como para no atreverse a pronunciar su nombre en demasiadas ocasiones, no peque uno de vanidoso. La cantidad en páginas de lo que el Tiempo compone y determina, conlleva o representa, nos estreñiría más de lo que la imaginación colectiva podría soportar. Una de las preguntas eternas, a la cual se la ha movido y removido sin parar, sin dejar nunca de plantear más dudas, más infinitos y más agujeros negros, pese a respuestas dadas que parecieron contentar a algunos, es la que me lleva a plantearme una vez más todo lo que ya muchos hicieron. ¿Cuántos pensaron conocer al Tiempo y murieron a sus espaldas? Aunque quizá mejor sería preguntar cuantos murieron creyendo conocerle y luego éste, traicionándolos con los que vinieron entonces, cambiaba en su percepción, en su forma y su función. Y de esto, de todo y de nada me refiero. De las mil caras que el Tiempo, éste que empieza en mayúscula, se nos puede aparecer. Un sin fin de explicaciones, razonamientos, planteamientos y preocupaciones que yacen entre nosotros desde los orígenes de la duda.
Por todo ello debo terminar algo que no tiene fin, por el bien de mi sustancia. Sin embargo, y también por ello, voy a continuar (por empezar) con la serie del Tiempo, una serie que tiene un inicio pero no tiene más razón que la de mi obsesión.
El vértigo que uno siente al hablar o pensar en él es suficiente como para no atreverse a pronunciar su nombre en demasiadas ocasiones, no peque uno de vanidoso. La cantidad en páginas de lo que el Tiempo compone y determina, conlleva o representa, nos estreñiría más de lo que la imaginación colectiva podría soportar. Una de las preguntas eternas, a la cual se la ha movido y removido sin parar, sin dejar nunca de plantear más dudas, más infinitos y más agujeros negros, pese a respuestas dadas que parecieron contentar a algunos, es la que me lleva a plantearme una vez más todo lo que ya muchos hicieron. ¿Cuántos pensaron conocer al Tiempo y murieron a sus espaldas? Aunque quizá mejor sería preguntar cuantos murieron creyendo conocerle y luego éste, traicionándolos con los que vinieron entonces, cambiaba en su percepción, en su forma y su función. Y de esto, de todo y de nada me refiero. De las mil caras que el Tiempo, éste que empieza en mayúscula, se nos puede aparecer. Un sin fin de explicaciones, razonamientos, planteamientos y preocupaciones que yacen entre nosotros desde los orígenes de la duda.
Por todo ello debo terminar algo que no tiene fin, por el bien de mi sustancia. Sin embargo, y también por ello, voy a continuar (por empezar) con la serie del Tiempo, una serie que tiene un inicio pero no tiene más razón que la de mi obsesión.
Un día...
12/6/06
Un día, sin más, la cagas. Sí, fuiste estúpido, y la cagaste. Todo te pasó porqué no fuiste lo suficientemente objetivo como para aceptar tu estupidez. ¿Será que no solemos prevenirnos a nuestra propia estupidez? No vale más mirarte y engañarte, porque la jodiste, y lo sabes. En tu ser más profundo, y a veces no hace falta cavar tanto, eres conciente de ello. Sin más! No intentes algo que ya conoces, no trates de fastidiarte porque las pruebas las tienes. Además, sabes que no funcionaría, así que…engulle tu vanidad y tu orgullo y acepta de una vez tu estupidez.
Nosotros, todos nosotros usamos distintos métodos para evitarnos caer en nuestra propia estupidez, el que no lo hace, porque se cree más listo que incluso él mismo, cae. ¿Acaso no escribimos aquello que debemos de hacer? Vale, quizá una agenda es un poco drástico; puede haber gente con muchas tareas a la que ni se le plantee no anotar nada, pero también es cierto que cierto tipo de gente no se anota nada “porque ya me voy a acordar”. Muchos olvidan. Entonces: ¿por qué no anotar? ¿Por pereza? Quizá. ¿Por soberbia? puede. ¿Por sobrestimación? Seguro. ¿Acaso uno no va a recordar lo qué le acaban de decir? Si tu eres de l@s que piensan que no, y que por eso te lo vas a anotar, tu aceptas tu estupidez. Aunque puede que siempre te acuerdes, un día no lo harás, y la cagarás. Acordarte de mirar la agenda es algo metódico, y es más fácil repetir que memorizar. Lo veis como no somos tan listos. Que nadie se tome a pecho lo de la agenda, yo mismo no tengo, aunque me anoto cosas…
Rutina y inteligencia son términos que no van precisamente juntos, ya que la rutina implica la sucesión continua de una misma cosa o acción, y es más instintivo, animal. Y la inteligencia, en cambio, viene precedida de un aprendizaje, que puede ser metódico, pero que no es de una misma cosa. Por eso se nos olvidan las cosas, porqué no son instintos primarios. La inteligencia la tenemos de hace muy poco tiempo, por eso falla, y la cagamos. Es como poner un vaso en el suelo, si lo pones, seguro que te olvidas que está ahí, y lo tiras. Si en cambio lo pones ahí cada día, aprenderás donde está situado y difícilmente lo volverás a tirar. No porqué seas un lumbreras, precisamente. Por otro lado, si no solemos poner el vaso en el suelo porqué sabemos que lo podemos tirar…estamos previniendo nuestra estupidez, porque somos conscientes de que nos podemos olvidar de que está ahí y tirarlo.
Nosotros, todos nosotros usamos distintos métodos para evitarnos caer en nuestra propia estupidez, el que no lo hace, porque se cree más listo que incluso él mismo, cae. ¿Acaso no escribimos aquello que debemos de hacer? Vale, quizá una agenda es un poco drástico; puede haber gente con muchas tareas a la que ni se le plantee no anotar nada, pero también es cierto que cierto tipo de gente no se anota nada “porque ya me voy a acordar”. Muchos olvidan. Entonces: ¿por qué no anotar? ¿Por pereza? Quizá. ¿Por soberbia? puede. ¿Por sobrestimación? Seguro. ¿Acaso uno no va a recordar lo qué le acaban de decir? Si tu eres de l@s que piensan que no, y que por eso te lo vas a anotar, tu aceptas tu estupidez. Aunque puede que siempre te acuerdes, un día no lo harás, y la cagarás. Acordarte de mirar la agenda es algo metódico, y es más fácil repetir que memorizar. Lo veis como no somos tan listos. Que nadie se tome a pecho lo de la agenda, yo mismo no tengo, aunque me anoto cosas…
Rutina y inteligencia son términos que no van precisamente juntos, ya que la rutina implica la sucesión continua de una misma cosa o acción, y es más instintivo, animal. Y la inteligencia, en cambio, viene precedida de un aprendizaje, que puede ser metódico, pero que no es de una misma cosa. Por eso se nos olvidan las cosas, porqué no son instintos primarios. La inteligencia la tenemos de hace muy poco tiempo, por eso falla, y la cagamos. Es como poner un vaso en el suelo, si lo pones, seguro que te olvidas que está ahí, y lo tiras. Si en cambio lo pones ahí cada día, aprenderás donde está situado y difícilmente lo volverás a tirar. No porqué seas un lumbreras, precisamente. Por otro lado, si no solemos poner el vaso en el suelo porqué sabemos que lo podemos tirar…estamos previniendo nuestra estupidez, porque somos conscientes de que nos podemos olvidar de que está ahí y tirarlo.
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Juan Ramón Jiménez