Todavía no.

0c

25/4/07

La espera impaciente.
Patología habitual
que
resuelve la duda principal:
quien aguarda nunca resuelve.

Corazón inexperto
que nunca aprende
en cambio,
que siempre pretende
soñar que cierto,
el momento llegue.

Vuela y vuela antes que ascienda
Alto, ¡más alto!
más:
¡Alto! no es a ti a quien esperan.

Son ellos que resquebrajan
la imagen del momento que barajas,
...los canales y ciclos sin riendas
...los que aparecen en la nube

Son las enmiendas,
las de la urbe.

Anarchy

0c

19/4/07

¿Alguien se ha aventurado nunca a contar el número de días que puede vivir? Probablemente, plantearse algo así resulta a primer golpe de vista demasiado ambicioso o pretencioso, más por el hecho de no saber, a priori, los días que nos quedan por vivir y no querer arriesgarnos a cagarla en sobremanera, que no por la curiosidad de conocer cuantos días exactamente pueden ser. Aunque quizá puede que el número de días que viviremos no nos diga mucho, puede que pienses: "menuda chorrada". Sin embargo, y por seguir adelante con mi propósito, que es a lo que me debo, podemos hacer cálculos aproximados si, tan amantes como parece que en esta sociedad somos de las estadísticas, hacemos el producto de la esperanza media en España. En este caso (el mío) voy a tomar la esperanza de vida al nacer de los hombres: 77 años (no está nada mal teniendo en cuenta que en países como Afganistán es de 42 en ambos sexos). El resultado de cada uno de los años por el número de días por año (en este caso pasé de los años bisiestos) es de 28.105 días en la vida de un hombre medio (y no creas que no me repatea el término "medio"). Y eso son un montón de días, ¿verdad? Para aquellas curiosas que leéis ésto, deciros que si, las mujeres españolas viven más (de media, no lo olvidemos). Concretamente 83 años, que traducido a días son 30.295. Es decir, 2.190 más que los hombres.

¿Y esto a qué nos conduce? Pues la primera reflexión que podemos hacernos, es que de mis 28.105 días, ¡sólo me quedan 19.710! Además, de los 8.395 que ya pasaron...la mayoría de ellos me los pasé o bien ensuciándome los pañales, o reventándome granos contra el espejo. Aunque la verdad, en contra de lo que pueda parecer, eso es algo que más bien me complace, ya que 19.710 días que me quedan por delante no son pocos, y tal y como me encuentro ahora,...bueno, con tantos días que tengo por delante, hay margen de mejora.

Eso, sin embargo, teniendo en cuenta que mi cuerpo cumpla los estereotipos del hombre español medio, cosa de la que dudo mucho. Además, las estadísticas, que nombramos y de las que hacemos proselitismo como si de la palabra de Dios se tratara (en caso que fuéramos creyentes), pueden contener muchos datos ocultos y engañosos. En este caso concreto, los 77 años no vendrían más que ser al nacer. Es decir: alguien con 1 año de vida tiene la esperanza (que bonito palabro) de cumplir 77 más. Sin embargo, una persona de 77 años no significa que vaya irremediablemente a morir dentro de aquel año. Su esperanza de vida entonces, evidentemente no va a ser de 77 años, aunque las propias estadísticas tienen en cuenta este factor, y puede ser luego de 10 años, por ejemplo. De ahí provienen muchos de los errores que se cometen más bien por ignorancia general. En un país africano que tiene una esperanza de vida de 37 años, como Zimbabwe, el dato en sí no significa que el país en cuestión esté vacío de viejos, más bien ese dato indica que por ejemplo la tasa de mortalidad infantil es muy elevada, haciendo descender la esperanza del conjunto de la población. Seguro que alguien se ha preguntado de donde salen los viejos africanos que ven por la tele cuando le están diciendo que la esperanza de vida es de 40 años. ¿Será que a los 40 ya parece que tengan 80? ¡Ay! ¡Las estadísticas!

Puede que ahora, después de esta breve clase de demografía aplicada, los 28.105 días del hombre medio, o los 30.295 en el caso de las mujeres, nos parezcan un poco más interesantes. Si más no a mí me lo parecen. En primer lugar por qué el día es la unidad básica de nuestra existencia: lo clasificamos todo por días y así todo lo sentimos. Tenemos sensaciones que engloban tal viaje, o aquél amor que nos llenó tantos días, aunque siempre recordamos qué hicimos éste o aquél día en concreto. Hoy mi día, y desvelando así el motivo que me condujo a desenvolver todo esto, estuvo condicionado por una increíble, una enorme y continuada sensación de sed. Salí por la mañana y solo entrar en el ascensor tenía sed , llegué a casa y bebí medio litro de un trago porqué tenía sed. Sed, pura sed de agua fue lo que condicionó mi unidad básica de existencia hoy. Uno de mis 28.105 días giró entorno a la sed que tuve...aunque los días, con la llegada de la noche, pueden también cambiar. Hoy puede que mi sed cambie...puede que tenga sed de cerveza. Si, creo que tengo sed de cerveza.

Círculos perfectos

5c

27/3/07

Te quitas lo sobrante, das un vistazo alrededor y compruebas que todo esté en su sitio; todo está dispuesto y entonces te metes en la cama; después de un primer momento en que el frío te invade, tu cuerpo va encontrándose a gusto y tu peso disminuye a medida que, gracias a la ropa que te cubre y abriga, el colchón te absorbe. Entonces cierras los ojos y tu mente empieza un viaje...

Unas veces el día vivido se asoma ante nosotros, otras muchas nuestra mente se traslada más allá; soñamos con situaciones imposibles, hacemos posibles situaciones soñadas. Pensar con los ojos cerrados, totalmente protegidos del frío exterior, sin ningún ruido perturbador, dejando todos los músculos fláccidos, descansando, provoca en todos que lo más deseado acuda a nuestra conciencia. Son sueños mientras despiertos. Son deseos pocos o ninguno de ellos plausibles, o eso creía...

Últimamente, durante esos momentos de placer, donde cualquier cosa se nos hace posible gracias a la voluntad de la noche, hay algo que frena mis pensamientos. Si empezaba a confundir lo onírico de lo consciente, en ese estado que entramos en el mundo de lo insospechado, del cual no volvemos hasta el cabo de unas horas, un pensamiento acudía a mi y me hacía perder la pista de todo el trayecto recorrido. La magia desaparecía: lo creíble volvíase irrealizable, los sueños pasaban a ser simples sueños y todo lo imaginado, sencillamente por haberse formulado en mi mente, se tornaba imposible.

Hoy decidí que tenemos la fuerza suficiente para ver realizado cualquier sueño, solo hay algo que nos lo impide, y es la voluntad que nos conduce a ella, que nos permite conocer nuestra fuerza. Aún así, de lo que escaseo es de la voluntad de creer en mi y en mis sueños.

¿De qué tenemos miedo?

Sé que aún me asusto, me da pánico, me aterroriza. Pero hoy supe que mi voluntad es lo único que necesito, de algún modo, para perder el miedo que me impide dormir mientras estoy soñando en aquello que sé real.

Cercanías

1c

5/3/07

"A veces me duele la cabeza de preguntarme según que cosas, en todas partes y de cualquier manera acuden a mi mente temas de lo más insólitos, aunque lo mejor de todo es que, sean ciertas o no, siempre consigo encontrar respuestas que me satisfacen."

Intenta imaginar que vives en una pequeña aldea de poco más de un puñado de vecinos, las casas todas ellas dispersadas por el monte y donde el centro del pueblo, si es que así se le puede llamar, está formado por una diminuta iglesia románica, con sus gruesos muros y su oscuro interior. Ésta se encuentra flanqueada por no más de unas pocas viviendas de alguna o ninguna planta, donde una de ellas es utilizada como oficina correos, detalle solo apreciable por el amarillo buzón de su fachada; a pocos pasos de allí vive el tendero, en una diminuta vivienda que es en su mitad comercio, uno de esos que parece que nunca estén abiertos, aunque en realidad nunca cierra.

Para ir de tu casa a la tienda, debes seguir el camino que baja por la colina -desde donde el campanario siempre es tu faro-, bordear el bosque que se asoma, y superar el repecho a partir de donde se suceden tus vecinos. Aunque por sus características no pueda definirse como tal, ya estás en la calle principal; desde allí puedes ver la puerta de la iglesia, y justo en frente, el lugar donde vas a comprar un poco de conversación. Como cualquier mañana, pasaste por casa del ganadero, el caserío frente el cual los campesinos continúan con su interminable tarea, y por delante de casa del alcalde, que ostenta este cargo más por tradición que por vocación. Saludaste, como cada día, a todos ellos. Dejaste mensajes para aquellos que esperabas encontrar y no fue así, e incluso te detuviste a comentar banalidades con alguno; ir a la tienda se convierte en una excusa para poner al día los asuntos concernientes a lo que menos trascendencia tiene, pero que más a todos incumbe; se habla incluso de lo que ocurre un poco más lejos, aunque realmente no le afecte demasiado a nadie, con las nevadas que siempre caen en un lugar como éste, la guerra en Irak o la paz en Sudán.

Ahora piensa en la ciudad; en tu vida allí. Te cruzas sin mirar, te asomas sin mostrar ningún tipo de emoción. Posas tu ser en el vagón del metro con los auriculares rezumando autismo ante lo que te rodea, sumergiéndote en páginas que te transportan muy lejos de allí. Lo que sucede a dos metros de ti no te causa la menor impresión; no despierta en ti el más mínimo interés. Sin embargo te bombardean con campañas mundiales, con noticias que provienen del congreso de Kinshasha, que según ellos tanto va a influirte, respiras aromas del Caribe y escuchas música eslavo-índica. De camino al supermercado, donde los empleados siguen en la posición en la que los dejaste la semana pasada, te cruzas con más de una mirada conocida; son del barrio y puede que te preguntes que harán en sus vidas, cuanto querrán a sus hijos o a que equipo de fútbol siguen; a veces incluso te es sabido su horario de trabajo, así es: tenéis el mismo horario, sus bostezos te son contagiados por él y tu cansancio al volver se nota también en sus ojos. A pesar de ello, ha de pasar mucho tiempo para que les saludes.

La vida en la ciudad hace que nos empeñemos en ahorrar calor humano. Consideramos un desperdicio mostrar una sonrisa con quien a las ocho de la mañana topamos. Consideramos que saludar a alguien a quien conocemos, con quien compartimos más de lo que creemos, es desperdiciar nuestro tiempo, obligándonos por ello ya siempre más a saludar, quien sabe si incluso debido a ello nos obligemos a mantener una conversación de ascensor, que desde luego es lo último a lo que deseamos enfrentarnos.

En cambio permanecemos atónitos contemplando las imágenes que nos hablan de una hambruna de la que nunca vamos a saber nada de cierto; nos escandalizamos por la paliza que alguien recibió a cinco mil doscientos kilómetros de nuestra casa, de la cual nunca vamos a sentir ningún dolor; nos reímos de las bromas que un inglés hace sobre un alemán, sin haber conocido nunca un inglés o un alemán; pretendemos sufrir por algo a lo que no nos sentimos unidos por nada, por mucho que se empeñen en decirnos lo contrario. Sin embargo, no vamos a permitirnos de sufrir por lo que si nos sabemos responsables.

Nos detenemos a contemplar lo que ocurre muy lejos para evitar sentir que algo nos incumbe muy cerca de nosotros. Cuando algo ocurre a nuestro alrededor nos ponemos los cascos y seguimos leyendo algo que sabemos que no es cierto, que sabemos que alguien conduce y que no va a molestarnos; que podemos controlar simplemente dejando de leer; girando la cara o fingir que no vimos. Si hay alguien que nos necesita de camino a cualquier parte, no nos incumbe.

Por eso evitamos saludar, para evitar que nos importe, para evitar sentirnos responsables. Creemos que siempre hay alguien que lo debe ser por nosotros, así todos eludimos lo que es de todos, y nadie hace lo que debe hacerse, que es responsabilizarse.

Yo soy el primer culpable, a pesar de que esté convencido de que en los ascensores nacieron grandes amistades.

Slaughterhouse 3

0c

27/2/07

Las sensaciones que experimentamos por vez primera nos resultan extrañas por el hecho mismo de su novedad. Algunos reaccionamos con escepticismo frente a ellas; éstos, los más conservadores. Otros abrimos los sentidos para intentar captar toda su esencia; los más positivos. Los primeros siempre serán los menos receptivos a experiencias novedosas debido a que acostumbrarse a la novedad no es algo fácil, muchas veces puede incluso requerir años de aprendizaje, y eso a quien de carácter es más bien proteccionista siempre le va a resultar más difícil. Porque disfrutar también implica comprender, asimilar y profundizar en esas sensaciones; no es un acto meramente espiritual, más bien es mental, requiere un proceso reflexivo basado en la experiencia. Lamentablemente, aquellos que se quedan con la primera impresión de los impulsos novedosos, inexorablemente le van a ser restringidas las sensaciones que más riqueza nos aportan.

Me explico: podemos encontrar distintas clases de sensaciones, unas más simples, más fáciles de comprender, más usuales y también más genéricas, como pueden ser: la tristeza, la alegría, el enfado, la rabia o la indignación, las cuales podemos identificar rápidamente aunque puede que no sepamos exactamente de donde provienen. Por otro lado, experimentamos sensaciones más sutiles, complicadas de definir, quizá lejos de alcanzar, que son aquellas provocadas por composiciones complejas, motivo por el cual muchos las rechazan, sin imaginarse lo que detrás de ellas se esconde, sin tan siquiera intentar escarbar un poco para ver que hay más dentro, en sus entrañas.

Así sucede a muchos con el Jazz (en mayúscula, sí). Vas un día y te pones un disco de Miles Davis -por ser el más de lo más, el que todo el mundo conoce y adora, al que no hay quien valor tenga de despreciar-, sin ser consciente de lo que realmente estás haciendo. Termina el disco -eso si llegas al final- y piensas: bueno, no es para tanto; pasa algo por tus oídos, pero más bien de largo. Sabes que éso tiene que ser bueno, porque te lo dijeron, quizá porque intuyes algo, aunque no eres capaz de identificar nada concreto. Y ésta es una sensación que muchos no están dispuestos a afrontar, que muchos rechazan, por no comprender que para disfrutar de ella hay que recorrer un camino. Un camino, lo más bonito del cual es que no tiene fin.

Como el niño que aprende a hablar, a escribir y así va adquiriendo más conocimientos, el jazz, como tantos placeres que tenemos al alcance, no es sino otro aprendizaje más, durante el cual las sensaciones van enriqueciéndose progresivamente; así, nuestro primer disco de jazz va a resultar extraño, va a parecernos un conglomerado de sonidos a destiempo y sin un destino definido, pero a medida que nos sumerjamos en el universo de las notas, las variaciones, los instrumentos, la armonía de la música nos será desvelada poco a poco, y su esencia se mostrará ante nosotros como la luz que algún día intuimos y que por fin nos deslumbra.

"Una vez fui raptado y violado por el jazz,
un trauma del que nunca me voy a guarecer"


Si os dan papel pautado, escribid por el otro lado.

Juan Ramón Jiménez

anomalías habituales © 2009